jueves, abril 11, 2013

La hora del vampiro: De un lector a otro lector



Lo mejor de los bienes culturales es que no despiertan la avaricia de los funcionarios aduaneros. Por tal motivo, mantengo la sana costumbre de emplear mi cupo Cadivi de 400 dólares en la compra de ensayos y novelas en librerías del exterior.
Confieso que, con el paso del tiempo, he llegado a creer que patear las calles caraqueñas con un libro en la mano constituye el mejor de los talismanes. Es como si la presencia de la obra encuadernada te excluyese, afortunadamente, de la lista de potenciales víctimas de la delincuencia, siempre obsesionada por hacerse de celulares inteligentes, computadoras inteligentes, automóviles inteligentes; nunca de personas inteligentes.
Los mesones y estantes de nuestras librerías reflejan el aislamiento cultural que nos empobrece como país. Los autores, temas y propuestas gráficas que determinan el debate mundial no llegan a las manos de los lectores, quienes deben conformarse con libros firmados por estrellas de la farándula o con reportajes amarillistas sobre los casos más sonados de la crónica roja. No deja de ser revelador del espíritu de la época que uno de los títulos más vendidos verse sobre las muchas maneras de mandar a la gente al carajo…
El año pasado cerraron tres de mis librerías preferidas. Calculo que cerca de treinta puestos de trabajo fueron eliminados. En rigor, no hace falta quedarse desempleado para sentir en carne propia el empobrecimiento de la vida. Los lectores cuentan con menos opciones de formación intelectual; mientras que los libreros se han convertido en una raza sufrida, menguada por la impotencia de importar las principales novedades editoriales.
No faltará el obtuso nacionalista que subraye la conveniencia de proteger a la producción local; sin embargo, no pasa de ser un triste espejismo basar el ascenso de las letras venezolanas en el bloqueo de las plumas extranjeras, dado que nuestros escritores más reconocidos manifiestan en sus mejores líneas la influencia de múltiples autores y corrientes literarias. No podía ser de otra manera, en los tiempos de internet.
Llegan a mis manos, con cierto retardo, las conclusiones del Estudio del comportamiento lector, acceso al libro y lectura (2012) auspiciado por el Centro Nacional del Libro (Cenal), con el propósito de identificar las maneras que tiene la ciudadanía de relacionarse con la cultura escrita.
El estudio, hecho a partir de una muestra de 8.652 personas a nivel nacional, revela que 82,5 % de los venezolanos lee algún tipo de publicación. El medio escrito más popular es el periódico (68,7 %), seguido de los libros (50,2 %), las revistas (49,7 %), los soportes electrónicos (40,9 %) y los textos escolares (31,7 %). Al revisar estos datos, un bromista pudiese objetar que la gente del Cenal ha obviado en sus investigaciones a la mayor fuente de lectoría en la actualidad, a saber: la plataforma de chat y mensajería de texto de la telefonía celular, con su sintaxis descuidada y su amplio inventario de caritas.
Cuando analizamos el perfil sociodemográfico de los lectores nos damos cuenta de que las mujeres leen más que los hombres (casi un 11 %), y que las personas pertenecientes a la clase media, sea alta o baja, superan por mucho los índices de lectura de los individuos de los otros estratos sociales (una coincidencia insospechada: los muy pobres y los muy ricos tienen en común lo poco que leen). Entre las razones que estimulan el hábito de la lectura se mencionan: el interés intelectual por un tema (63,2 %), el gusto por la narrativa (61, 8 %), el deseo de estar informado (43,9 %) y la obtención de sabiduría para la vida (43,6 %).
Otra importante revelación del estudio del Cenal es que cerca de la mitad de los venezolanos no leen libros; un dato llamativo que contrasta con la ampliación de los catálogos editoriales de muchas empresas nacionales e internacionales (en especial con la publicación creciente de títulos de historia, de crónicas periodísticas y de reportajes políticos). Las cifras en este apartado de la consulta son: lectura de un libro al año (20 %), lectura de dos a cuatro libros al año (21 %), lectura de cinco a diez libros al año (6 %), lectura de once a diecinueve libros al año (1 %) y lectura de veinte o más libros al año (1 %).
Los autores preferidos por los venezolanos son: Rómulo Gallegos, Paulo Coelho, Gabriel García Márquez, Miguel Otero Silva, Miguel de Cervantes y los chilenos Pablo Neruda e Isabel Allende. Los textos más leídos son: La Biblia (9,9 %), Doña Bárbara (7,6 %),Cien años de soledad (3,6 %), La culpa es de la vaca (3,5 %), Don Quijote de la Mancha (2,9 %), El alquimista (1,3 %), Casas muertas(1,2 %), Harry Potter (1,2 %) y El principito (1,1 %).


En cuanto a los programas gubernamentales para la promoción de la lectura, el 18 % de los consultados reveló haber recibido donativos de libros por parte del Estado. De este grupo de personas, el 81 % dijo haber culminado la lectura de la obra regalada. Ninguno de los textos leídos pertenece al rubro de manuales de formación ideológica. El venezolano parece resistirse a cualquier intento de adoctrinamiento mediante medios escritos.
Vuelvo a mi escritorio. Abro el paquete de la encomienda enviada por una librería madrileña. Tomo en mis manos Las palabras moribundas, el último libro del periodista español Álex Grijelmo, acérrimo defensor de la lengua castellana, y leo con deleite la promesa de felicidad que me anuncia la contraportada: «Las palabras moribundas tienen un poder evocador que lleva a nuestra memoria el recuerdo de personas queridas que ya no están, épocas de nuestras vidas que ya pasaron, utensilios perdidos, tareas superadas, antiguas modas divertidas. Leyendo estos vocablos y recordando sus usos aparecerán de nuevo muchas imágenes que no sospechábamos tan lejanas; y tal vez lamentamos que sus ecos se estén perdiendo. Lo que pretende este libro es que esas palabras no mueran, y que al menos revivan en la memoria de miles de lectores».
Tan atinada reflexión, me hace recordar las palabras del portugués José Saramago: «Temo que con la palabra desaparezca, también, el sentimiento».
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