jueves, abril 11, 2013

La hora del vampiro: De un lector a otro lector



Lo mejor de los bienes culturales es que no despiertan la avaricia de los funcionarios aduaneros. Por tal motivo, mantengo la sana costumbre de emplear mi cupo Cadivi de 400 dólares en la compra de ensayos y novelas en librerías del exterior.
Confieso que, con el paso del tiempo, he llegado a creer que patear las calles caraqueñas con un libro en la mano constituye el mejor de los talismanes. Es como si la presencia de la obra encuadernada te excluyese, afortunadamente, de la lista de potenciales víctimas de la delincuencia, siempre obsesionada por hacerse de celulares inteligentes, computadoras inteligentes, automóviles inteligentes; nunca de personas inteligentes.
Los mesones y estantes de nuestras librerías reflejan el aislamiento cultural que nos empobrece como país. Los autores, temas y propuestas gráficas que determinan el debate mundial no llegan a las manos de los lectores, quienes deben conformarse con libros firmados por estrellas de la farándula o con reportajes amarillistas sobre los casos más sonados de la crónica roja. No deja de ser revelador del espíritu de la época que uno de los títulos más vendidos verse sobre las muchas maneras de mandar a la gente al carajo…
El año pasado cerraron tres de mis librerías preferidas. Calculo que cerca de treinta puestos de trabajo fueron eliminados. En rigor, no hace falta quedarse desempleado para sentir en carne propia el empobrecimiento de la vida. Los lectores cuentan con menos opciones de formación intelectual; mientras que los libreros se han convertido en una raza sufrida, menguada por la impotencia de importar las principales novedades editoriales.
No faltará el obtuso nacionalista que subraye la conveniencia de proteger a la producción local; sin embargo, no pasa de ser un triste espejismo basar el ascenso de las letras venezolanas en el bloqueo de las plumas extranjeras, dado que nuestros escritores más reconocidos manifiestan en sus mejores líneas la influencia de múltiples autores y corrientes literarias. No podía ser de otra manera, en los tiempos de internet.
Llegan a mis manos, con cierto retardo, las conclusiones del Estudio del comportamiento lector, acceso al libro y lectura (2012) auspiciado por el Centro Nacional del Libro (Cenal), con el propósito de identificar las maneras que tiene la ciudadanía de relacionarse con la cultura escrita.
El estudio, hecho a partir de una muestra de 8.652 personas a nivel nacional, revela que 82,5 % de los venezolanos lee algún tipo de publicación. El medio escrito más popular es el periódico (68,7 %), seguido de los libros (50,2 %), las revistas (49,7 %), los soportes electrónicos (40,9 %) y los textos escolares (31,7 %). Al revisar estos datos, un bromista pudiese objetar que la gente del Cenal ha obviado en sus investigaciones a la mayor fuente de lectoría en la actualidad, a saber: la plataforma de chat y mensajería de texto de la telefonía celular, con su sintaxis descuidada y su amplio inventario de caritas.
Cuando analizamos el perfil sociodemográfico de los lectores nos damos cuenta de que las mujeres leen más que los hombres (casi un 11 %), y que las personas pertenecientes a la clase media, sea alta o baja, superan por mucho los índices de lectura de los individuos de los otros estratos sociales (una coincidencia insospechada: los muy pobres y los muy ricos tienen en común lo poco que leen). Entre las razones que estimulan el hábito de la lectura se mencionan: el interés intelectual por un tema (63,2 %), el gusto por la narrativa (61, 8 %), el deseo de estar informado (43,9 %) y la obtención de sabiduría para la vida (43,6 %).
Otra importante revelación del estudio del Cenal es que cerca de la mitad de los venezolanos no leen libros; un dato llamativo que contrasta con la ampliación de los catálogos editoriales de muchas empresas nacionales e internacionales (en especial con la publicación creciente de títulos de historia, de crónicas periodísticas y de reportajes políticos). Las cifras en este apartado de la consulta son: lectura de un libro al año (20 %), lectura de dos a cuatro libros al año (21 %), lectura de cinco a diez libros al año (6 %), lectura de once a diecinueve libros al año (1 %) y lectura de veinte o más libros al año (1 %).
Los autores preferidos por los venezolanos son: Rómulo Gallegos, Paulo Coelho, Gabriel García Márquez, Miguel Otero Silva, Miguel de Cervantes y los chilenos Pablo Neruda e Isabel Allende. Los textos más leídos son: La Biblia (9,9 %), Doña Bárbara (7,6 %),Cien años de soledad (3,6 %), La culpa es de la vaca (3,5 %), Don Quijote de la Mancha (2,9 %), El alquimista (1,3 %), Casas muertas(1,2 %), Harry Potter (1,2 %) y El principito (1,1 %).


En cuanto a los programas gubernamentales para la promoción de la lectura, el 18 % de los consultados reveló haber recibido donativos de libros por parte del Estado. De este grupo de personas, el 81 % dijo haber culminado la lectura de la obra regalada. Ninguno de los textos leídos pertenece al rubro de manuales de formación ideológica. El venezolano parece resistirse a cualquier intento de adoctrinamiento mediante medios escritos.
Vuelvo a mi escritorio. Abro el paquete de la encomienda enviada por una librería madrileña. Tomo en mis manos Las palabras moribundas, el último libro del periodista español Álex Grijelmo, acérrimo defensor de la lengua castellana, y leo con deleite la promesa de felicidad que me anuncia la contraportada: «Las palabras moribundas tienen un poder evocador que lleva a nuestra memoria el recuerdo de personas queridas que ya no están, épocas de nuestras vidas que ya pasaron, utensilios perdidos, tareas superadas, antiguas modas divertidas. Leyendo estos vocablos y recordando sus usos aparecerán de nuevo muchas imágenes que no sospechábamos tan lejanas; y tal vez lamentamos que sus ecos se estén perdiendo. Lo que pretende este libro es que esas palabras no mueran, y que al menos revivan en la memoria de miles de lectores».
Tan atinada reflexión, me hace recordar las palabras del portugués José Saramago: «Temo que con la palabra desaparezca, también, el sentimiento».
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martes, marzo 26, 2013

2da. Mentira: VENEZUELA ES UN PAIS LECTOR POR LAS POLITICAS CULTURALES DEL GOBIERNO.



La ausencia de investigaciones y análisis, con cierta prolongación en el tiempo de una manera diacrónica, sobre las ramas de actividades, los subsectores (tales como audiovisual, fonográfico, editorial, multimedia, entre otros) y sus cadenas productivas de manera que se puedan identificar obstáculos y oportunidades para el desarrollo de sus eslabones, organizaciones y agentes -en particular relativo a los creadores, productores, gestores e intermediarios- se debe, en buena parte, al menguado desarrollo de estadísticas e indicadores culturales en Venezuela que dificultan la evaluación pormenorizada del funcionamiento y actuación de los agentes que las componen. Esta exigencia de diagnósticos es más apremiante, sobre todo, cuando es necesario tener información no sólo de la oferta cultural sino de la demanda y el consumo cultural. Ciertamente en Venezuela -y sería deshonesto no reconocerlo- en algunas áreas culturales, como el libro y el cine, el apoyo del Gobierno ha sido sustancial para fomentar una oferta cultural tanto extensa como diversa. Sin embargo, dicha oferta no guarda una relación directamente proporcional con el consumo cultural de los venezolanos. Por lo demás, la consolidación de los estudios sobre consumo cultural ha
sido poco contundente, ya que no existe un ordenamiento sistemático y comparativo de las estadísticas culturales, ni algún organismo dedicado al estudio de este campo.




En este sentido, afirmar que en Venezuela "se leen cada vez más libros" y que "en los últimos 10 años ha crecido el gusto por la lectura", según el Estudio del Comportamiento Lector, Acceso al Libro y la Lectura en Venezuela 2012, del Centro Nacional del Libro (Cenal), si bien es una meta imprescindible para posicionar el Libro y la Lectura como sectores de apalancamiento para el desarrollo sostenible y sustentable del país, no es del todo cierto.
Para ser más precisos, desde 1997 cuando se publicó "El Consumo Cultural del Venezolano", en promedio el índice de lectura de libros de la población venezolana se encontraba alrededor de 48% con una medición de frecuencia de al menos una vez al mes hasta el año. En el 2003, según el estudio de Consumo Cultural realizado para el Convenio Andrés Bello (CAB) y publicado en 2004 bajo el título "La Dinámica de la cultura y su contribución al PIB" el treinta y siete por ciento (37%) de la población mayor de 18 años pertenecientes a todos los niveles socioeconómicos lee libros, periódicos o revistas, en su tiempo libre todos los días, por lo que se les puede considerar como lectores frecuentes. El cuarenta y uno por ciento (41%) es lector ocasional (lee casi todos los días o una vez por semana) y el quince por ciento (15%) se puede considerar no lector (es decir, que lee ocasionalmente, no lee nunca o casi nunca). De igual modo, deberíamos tomar la información obtenida en el 2007 del Proyecto de Investigación sobre Pobreza del Instituto de Investigaciones Económicas y Sociales de la Universidad Católica Andrés Bello que señala que el 48% de las personas tienen hábitos de lectura frecuente, entre los tipos de lectura se destacan los relacionados con entretenimiento, aquellos que tienen que ver con los estudios y novelas y cuentos. Podemos afirmar y para eso están los estudios que una primera comparación evidencia que el índice de lectura de libros es relativamente bajo en Venezuela, en términos de frecuencias. Reiteramos para evitar cualquier tipo de mala interpretación, estamos hablando de hábitos, gustos y preferencias culturales, es decir consumo cultural, y en ningún momento de oferta. Lo cierto del caso, es que acercándonos a una noción proveniente de distintas disciplinas podríamos definir el Consumo Cultural como: “un acto donde las clases y grupos compiten por la apropiación del producto social, que distingue simbólicamente, integra y comunica, objetiva los deseos y ritualiza su satisfacción”. Es el conjunto de procesos socioculturales en que se realizan la apropiación y los usos de los productos.
Msc. Carlos Enrique Guzmán Cárdenas.
Director del ININCO-UCV.
Coordinador de la Maestria en Gestión y Políticas Culturales 

https://www.facebook.com/innovarium/posts/10200445588597233

martes, enero 29, 2013

El Libro digital, una rareza en Venezuela -

El Libro digital, una rareza en Venezuela - Arte y Entretenimiento - EL UNIVERSAL


DANIEL FERMÍN |  EL UNIVERSAL
martes 29 de enero de 2013  12:00 AM
La Federación de Gremios de Editores de España anunció un informe a principios de enero: el año pasado, en el país europeo, se publicaron 20.079 libros en formato digital, que representa 13% más que en 2011. Mientras las obras digitales ganan espacio en los principales mercados editoriales del mundo (la feria de Frankfurt dedicó su última edición al tema), en Venezuela todavía se espera por su popularización. 

El sector del libro nacional aún no tiene un estudio sobre la oferta digital en el país (apenas existen algunos que hizo el Estado sobre el libro en papel). Se desconoce cuántas obras se editan en esa plataforma; o cuáles editoriales se dedican a publicar más allá del impreso. Apenas Biblioteca Ayacucho trabaja en la digitalización de algunos libros ya publicados; también Monte Ávila, que en su catálogo web tiene alrededor de 50 títulos para descargar. 

La institución estatal inició una propuesta que planea ampliar con el paso del tiempo: editar primero en digital mientras se espera por el proceso de impresión de textos inéditos. "Le planteamos a los autores que, por la cantidad de manuscritos que nos llegan al año, nos autoricen para lanzarlos primero a través de Internet. Pasa que los escritores siempre quieren su obra en papel", dijo el narrador Carlos Noguera (presidente de Monte Ávila), que tiene cuatro de sus libros disponibles en la red. 

El papel todavía es el formato preferido por la mayoría de autores y lectores en el mundo, a pesar de que el formato digital abarataría los costos de producción e impresión del libro (también la divulgación). "Aun sufrimos del romanticismo al papel, al objeto libro, no a su contenido. Podría asegurar que el lector académico, el estudiante, agradecería poder tener los libros en digital, por peso, movilidad, facilidad de búsqueda, metatextos. Y así librarse del acopio de fotocopias que invaden nuestros escritorios", indicó Roger Michelena, fundador de la editorial independiente FBLibros, que ya empezó a explorar el formato digital. 

La dificultad para adquirir las plataformas de lectura es otra de las limitantes que hacen que el libro digital aún no tenga el éxito de otros países. "Parte de nuestro problema son los costos de un lector de libros (kindler , Sony reader, o una tablet). Son importados y conocemos la lucha con Cadivi. A eso hay que sumarle que no hay muchos diseñadores para los varios formatos de libros electrónicos que existen. Cada uno exige el mismo cuido de un libro antes de ir a imprenta. No es montar un PDF y decir que tienes libros electrónicos", agregó el también librero, que vende a través de Amazon. 

Piratas cultos 

La piratería ya es un enemigo del libro digital en el mundo. En Venezuela sería la inseguridad (nadie va a estar con una tableta en la mano en el Metro de Caracas, por ejemplo). "El temor a la piratería no creo que deba existir en nuestro país. Por un lado, hay mecanismos de protección para un libro digital y, por el otro, la impresión no lo salva de la piratería", explicó Mariana Libertad Suárez, coordinadora de Equinoccio (la casa editorial de la Universidad Simón Bolívar). 

Un precio accesible en bolívares ayudaría, además, a evitar ediciones fraudulentas ("el PVP puede bajar hasta en un 60%", agregó la escritora). También popularizaría el formato ante el elevado costo del papel, que siempre aumenta. "Es cuestión de tiempo para que las ediciones digitales y las impresas comiencen a convivir. Este mismo año deben aparecer nuestros primeros títulos en formato digital", dijo Suárez, que cree que esa plataforma facilitaría la venta de ejemplares nacionales en el exterior. Muchas letras venezolanas esperan su digitalización. 


EL UNIVERSAL
martes 29 de enero de 2013  12:00 AM
• Monte Ávila ofrece una cláusula en el contrato a los autores para que autoricen la publicación en digital en su sitio web (www.monteavila.gob.ve). Carlos Noguera espera que al final de 2013 haya unos 200 títulos disponibles, en formato .PDF, para descargar. 

• FB Libros ya tiene algunos títulos digitales a la venta. "Tenemos libros en Amazon (en dólares) y, recientemente, El arte de ser humano en la empresa, de Raúl Baltar, está en digital con LIIBOOK, una empresa Argentina donde comenzamos a explorar este formato y la edición por demanda en varios países de America Latina", dijo Roger Michelena, fundador y director de la editorial. 

• La edición en digital también tiene sus costos. "No sólo en la producción de los libros. Si los vendes en tu editorial deberías tener una página donde comprarlo, lo que exige un carrito de compras, transacciones comerciales, impuestos. Y un personal dedicado a ello", agregó el librero y bibliotecario.

dfermin@eluniversal.com

miércoles, enero 23, 2013

Letralia 276 | Entrevistas | Massaua es su tercera novela. Arnoldo Rosas y su viaje de quinientas páginas a Eritrea | Jorge Gómez Jiménez



Massaua es su tercera novela
Arnoldo Rosas y su viaje de quinientas páginas a Eritrea
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Arnoldo Rosas
Arnoldo Rosas invirtió cuatro años en poner en papel una historia de su tierra que lo intrigaba desde niño.
Fotografía: Daniela Rosas Olavide.
El sábado 4 de agosto de 1934, en un barco que era “una ciudad, con luz eléctrica y todo”, partieron para Europa diecisiete buzos venezolanos, naturales de la isla de Margarita, que habían sido contratados por el sirio Salim Abouhamad para recolectar perlas en las costas de la India. Salieron con el ánimo festivo de quien se adentra en la aventura, pero el destino, en una de sus habituales jugarretas, les tenía deparado un cambio de rumbo, una estafa, una guerra y mil obstáculos antes de que pudieran regresar a la tierra donde habían dejado sus querencias.
Esta es la historia que cuenta Massaua, una novela del escritor venezolano Arnoldo Rosas publicada el año pasado por el sello FB Libros, que dirige el experimentado librero Roger Michelena, y en cuyo blog se puede leer el primer capítulo. El libro de casi quinientas páginas combina la novela histórica, el relato de aventuras y la crónica de viajes con un lenguaje que, sin abandonar por completo lo coloquial —abundoso en modismos margariteños—, conduce al lector por escenas rebosantes de humor, por los no pocos pasajes épicos a que son sometidos los personajes y hasta por un ininteligible manual de bolsillo para truco, enrevesado juego de cartas muy popular en la zona oriental de Venezuela.
En Massaua, Rosas recupera para el presente un episodio que se había difuminado tras los velos de la leyenda. Se vale para ello de un protagonista anónimo, un muchacho de 26 años que a lo largo de la historia será conocido sólo como “el roblero” —los habitantes de la población margariteña de Los Robles llevan sobre sus espaldas la incómoda fama de ladrones y tramposos—, y que abraza la expedición para “quitarse un despecho y hacerse millonario”.
Nacido en 1960 en la ciudad de Porlamar, polo comercial y turístico de la isla, Rosas ha obtenido menciones de honor en la Bienal Latinoamericana de Literatura “José Rafael Pocaterra” (2000) y en el VII Concurso Nacional de Cuentos Sacven (2009). Ha sido incluido en varias antologías y ha publicado los libros de cuentos Para enterrar el puerto (1985, 2012), Olvídate del tango (1992, 1999),La muerte no mata a nadie (2003) y la novela corta Igual (1990). Massaua es su tercera novela, trasNombre de mujer (2005) y Uno se acostumbra (2011). En Letralia es posible leer sus cuentos “La muerte no mata a nadie” y “Mar que ruge cayenas”.

Para conocer esta historia tuve que contármela yo mismo
—Massaua cuenta la historia de un grupo de buzos margariteños que son contratados por un sirio para buscar perlas en el mar Rojo, siendo luego abandonados a su suerte en la ciudad portuaria de Eritrea que le da título a la novela. ¿Cómo llegó a ti esta historia?
La aventura de los margariteños que fueron a buscar perlas en el mar Rojo, conjuntamente con la tragedia del ciclón del 33, era de mención frecuente en las conversaciones que tenían los mayores durante los apagones que sufría Porlamar en mi niñez. Pero sólo era un elemento referencial. Tú sabes: eso fue antes del vendaval, o cuando regresaron los muchachos del mar Rojo.
Niño al fin, esos comentarios me hacían imaginar escenas de película o de novela de Salgari, y cuando preguntaba tratando de encontrar más elementos para imaginar, las respuestas eran vagas, sin interés alguno por continuar el cuento. Así que, con el tiempo, en mí, la historia se fue diluyendo, casi que olvidando.
Hará unos siete años, revisando unos documentos en la casa de mis padres, me encontré con un texto de Jesús Manuel Subero que en página y media reseñaba de segunda mano la famosa aventura de los buscadores de perlas. Se me revivieron los recuerdos y me picó la curiosidad por saber más; busqué, pregunté, revisé bibliografía y no fue mucho más lo que obtuve. El nombre de los barcos, el nombre de los expedicionarios, los puertos que visitaron y que quedaron abandonados en un lugar donde se preparaban para la guerra entre Italia y Abisinia. Ah, y por supuesto, un montón de nuevas preguntas sin respuestas. Hasta que concluí que, si quería conocer realmente esa historia, no iba a tener más remedio que contármela yo mismo. Ahí comenzó mi viaje a Massaua.
—Entiendo que no conoces personalmente los escenarios donde transcurre la historia. ¿Cómo fue el proceso de investigación detrás de Massaua?
Me gusta decir que nunca estuve por allá en 1934. Y no es una pose. Las ciudades cambian —de estructura, de dinámica, hasta de nombre. Eso fue importante tenerlo en cuenta para ir con paso lento y tratar de identificar detalles para reconstruir los escenarios. Visitar todos esos sitios hoy, indistintamente a que eran muchos —casi medio mundo— y que podría ser muy costoso, más que una ayuda, hasta podía llegar a ser una trampa.
Porlamar, Los Robles, Pampatar, La Asunción, pueblos que desde niño conozco y revisito con frecuencia, o Caracas, donde estoy radicado desde hace por lo menos treinta años, no se parecen en nada a aquellos espacios que visitó el roblero. Por ejemplo: la estatua de la plaza Bolívar de Porlamar de hoy es una de cuerpo entero que estuvo en los patios de la Universidad Central de Venezuela cuando funcionaba en el actual Palacio de las Academias, y la que existía en 1934 era un busto que ahora está en la plaza de Los Robles; la sirena, uno de los símbolos de Porlamar, estaba ubicada en el mercado donde hoy está funcionando la Universidad Bolivariana, en la actualidad la vemos en la entrada a la ciudad por la calle Zamora, viniendo del aeropuerto; y, como esos, un millón de detalles. Multiplícalos por cada lugar visitado. El infinito.
Entonces, para sentir aquellos tiempos, conocer aquellas ciudades, barcos, países, paisajes, tuve que leer mucho, particularmente crónicas —que los cronistas saben recoger los pequeños detalles que uno necesita como narrador para hacer creíble una escena—, y también revisar periódicos de la época, releer novelas de aquel período, observar fotografías y mapas, ver documentales (sobre todo los italianos de propaganda fascista).
Con todo eso asimilado, pude reelaborar en mi interior ese mundo donde debieron moverse los personajes.
—¿Llegaste a conocer a alguien relacionado directamente con esta historia?
No. Recién ahora, a raíz de la publicación de Massaua, a algunos de sus descendientes.

El roblero es el roblero
—Escribir quinientas páginas sin decaer jamás en el ritmo narrativo supone una disciplina y un dominio del oficio. Háblame del tiempo que te tomó escribirla y de las rutinas a las que necesariamente tuviste que ceñirte.
Cuatro años me llevó escribir Massaua. Escribía e investigaba. Investigaba, borraba y reescribía. No a diario, que hay que trabajar y comer, pero casi. En cada receso de mi actividad laboral, durante los viajes de trabajo, en mis vacaciones o feriados aprovechaba de leer las crónicas, las novelas, tomaba apuntes, revisaba posibles lagunas, hacía esquemas, buscaba motivaciones para los diversos personajes, y así. Los primeros años fueron apasionantes, tenía la fiebre a millón, quería saber, explicarme, escribía como loco: pero el último año fue un martirio. Ya yo sabía todo lo que quería saber —había satisfecho mi motivación original—; lo que restaba era “carpintería”, oficio, la obligación de no dejar inconcluso un trabajo. Necesité toda la voluntad y disciplina que me inculcaron mis padres y la actividad laboral. Ahí sí fijé un horario de dos horas diarias —así fuese sólo para escribir un párrafo. En ese tiempo ya comencé a pulir, cortar, buscar imprecisiones, incongruencias, reducir todo lo que consideraba superfluo, y por fin la di por terminada. Aspiro a que el lector la disfrute como una aventura en la que va de copiloto, en la que es un personaje más.
—El protagonista de Massaua no tiene nombre: es identificado simplemente por su gentilicio, “el roblero”. Incluso cuando se le pregunta expresamente cómo se llama, otros personajes impiden que lo diga. Sin embargo, serán sus motivaciones y su personalidad las que den impulso a la novela. ¿Por qué lo dejaste como un personaje anónimo?
Hay dos razones.
Una literaria, propiamente dicha. Quería, y ojalá lo haya conseguido, que el roblero se hiciese entrañable al lector, que fuese su amigo. Entonces, para no sesgarlo, que los nombres, tú sabes, más en la ficción, crean prejuicios, le doy al lector la libertad de ponerle cara, cuerpo, forma y nombre al personaje principal.
La otra razón es paraliteraria, medio idiota tal vez, pero creo que jugó mucho a la hora de tomar la decisión. En Massaua, casi todos los personajes, si no todos, y muy particularmente los de Margarita, se corresponden a nombres reales, desempeñando funciones reales en esos años. Los Ávila Guerra eran empresarios con jabonería, ferretería, equipos de beisbol y empresas de perla; Jorge Haiek era el dueño de la farmacia Francesa y vicecónsul de Francia en Margarita; los hermanos Rosario eran intelectuales dueños de la tipografía El Sol; Víctor “Campanero” era el sacristán de la iglesia San Nicolás; La Capotera existía y era regentada por doña Eleuteria Bello; el taxista era el que era y se llamaba así; el niño que vende arepas, Rosauro Rosa Acosta, los hijos de Jesús Subero —Efraín y Jesús Manuel—, Nicanor Navarro, Felito Gómez, son o fueron cronistas y académicos del estado Nueva Esparta y tenían esas edades en aquel momento. Así, se va de largo. Entonces, alguien, más o menos conocedor, y curioso, de esos que nunca faltan, podía pensar que el roblero —si tenía nombre— también podía haber sido alguien relevante, y se podría poner a buscar y como, ¡de que vuelan, vuelan!, hasta podía conseguir a alguien llamado igual, de Los Robles, y con características similares; y, la verdad, me parecía de muy mal gusto que eso me llegase a pasar. Por ende, según fallo unánime e inapelable del TSJ, el roblero es el roblero, y roblero se quedó.
—La tienda de muñecos, el libro de cuentos de Julio Garmendia, acompaña al protagonista durante toda la historia, como un talismán. Incluso a mitad de novela aparece un personaje que parece extraído de uno de sus cuentos y, por si fuera poco, Garmendia en persona tiene un papel importante en la historia. ¿Puedes hablarnos de este homenaje?
En la vida real, Garmendia estuvo allí. Esa presencia me entusiasmó a hacer del roblero un lector apasionado y que La tienda de muñecos fuese un personaje más en la trama. Garmendia es un renovador de la narrativa venezolana, el primero que explotó los elementos fantásticos o hizo de lo fantástico algo natural, y me pareció muy pertinente que varios de los pasajes de Massaua tomaran parte del espíritu, del tono, de este narrador. Creo que eso enriqueció de muchas maneras mi relato. Además me dio pie para hacer un recorrido —un homenaje como bien dices— a los fundadores de la nueva narrativa venezolana, que en aquellos tiempos asomaban: Guillermo Meneses, Enrique Bernardo Núñez, Uslar Pietri, Otero Silva. Y también, aunque los menciono poco, en la poesía. No en balde el mejor amigo de la infancia del roblero es Luis Castro, un miembro importante, aunque poco conocido, de la Generación del 28.

La aventura de enseñar a un árabe a jugar truco
—¿Es Arnoldo Rosas un gran jugador de truco?
¡A ley juego y envido la falta! El truco es un juego fascinante. Con una serie de cantos, de niveles de apuestas, donde más que los naipes que te tocan priva la sicología, la integración con la pareja, el dominio escénico.
En oriente y en algunos lugares de los llanos, la mayoría jugamos desde muy muchachos, o, si no jugamos, estamos muy familiarizados con el juego. Pero quien no es de por allá, o se asoma por primera vez a una partida, queda perdido en el griterío, la faramalla, los conatos de pelea, la complejidad del valor de las piezas.
Entonces me pareció fabuloso usarlo en Massaua. Que los margariteños se empecinaran en enseñar a jugar truco a un joven árabe, sin conocer los idiomas, en inglés, con ayuda de un diccionario, era una aventura más grande que la otra que habían emprendido, y es el elemento que les permite descubrir una de las traiciones que perpetra el empresario contra ellos.
Pero, respondiéndote la pregunta, lo mío es el dominó.

Vuelta a Massaua
—Salim Abouhamad, el sirio que contrató a los buzos, fue un personaje real. Sus malas artes al parecer fueron tan legendarias que no sólo fueron recogidas por ti, sino que también aparecieron retratadas enCubagua, la novela publicada en 1931 por Enrique Bernardo Núñez. ¿Cómo reconstruiste a este personaje?
Primero investigué qué había por allí sobre el hombre. Nicanor Navarro tiene un libro titulado Los turcos en Margarita en cuya portada hay un retrato de este empresario y presenta varias crónicas sobre algunos juicios en los que estuvo involucrado. La referencia que haces de su presencia como personaje en la novela Cubagua es reseñada por Jesús Manuel Subero, quien también hace un par de comentarios sobre la fama de Abouhamad. Ángel Félix Gómez igualmente comenta sobre él en alguno de sus libros.
Después me puse en sus zapatos. Quería entender cómo y por qué había llegado a comportarse como se comportó, partiendo de la base de que no era una persona mala por naturaleza. Qué circunstancias, razonamientos, sentimientos pudieron presionarlo.
Luego pensé en varias personas que he conocido que hubiesen podido comportarse de esa manera.
De esos retazos hice la colcha.
—Es una delicia leer las descripciones que haces de las aventuras de los buzos en el mar, que incluyen una épica batalla contra una tormenta y la simpática demostración de pericia del “cabo de vida”, el hombre que recibe a través de un cable las indicaciones del buzo, que debe traducir para preservar su seguridad. ¿Tienes conocimientos de navegación o eso también formó parte de tu trabajo investigativo?
Investigación, básicamente.
—¿Apareció alguna vez el diario de Mercedes Alfonzo?
El diario es mencionado en las dos entrevistas que dieron los expedicionarios a su regreso, y una de las personas con las que he estado en contacto después de la publicación de Massaua, Flor Patiño, nieta de Mercedes Alfonzo, asegura que el diario existió y que lo leyó en su niñez, casa de sus abuelos. Aunque el roblero nunca lo vio, debo darle credibilidad a las fuentes.
Si existe aún, sería extraordinario que los poseedores lo donasen a la Fundación Museo Marino de Margarita, fundada y dirigida por el doctor Fernando Cervigón, donde hay una pequeña sección en honor a los buzos del mar Rojo.
—El roblero de tu novela es un decidido admirador del general Juan Vicente Gómez. A la muerte del dictador, el personaje avizora un futuro en el que, ya sin su protección, quedaríamos expuestos “a la lucha de poderes, a sórdidas intrigas” y, en fin, a una debacle social y económica similar a la que padecía la Massaua que el roblero conoció y que añoraba. ¿Crees que volvió entonces el roblero, en efecto, a Massaua?
Cada día más.

“Massaua”, de Arnoldo Rosas
Massaua
Arnoldo Rosas
Novela
FB Libros
Caracas, julio de 2012
ISBN: 978-980-7375-17-7
494 páginas
Con las manos vacías
La relación de un cabo de vida con el buzo es tan íntima como la del pícher con el quécher, como la de dos buenos compañeros de truco o dominó. Se conocen las señas, las expresiones, saben sin hablarse cuándo la mano viene bien, cuándo hay que dar una base por bolas, lanzar una recta, una curva pegada al cuerpo, gritar el truco, rehuir el envite, preparar la tranca, matar un doble seis.
A través de la guía, con ligeros tirones, el buzo le cuenta al cabo de vida todo la que va viviendo.
Por las expresiones de Goyo, supimos que Hilario descendía lento, con respiración acompasada, hasta tocar fondo, levantando nubosidades de arena que le entorpecieron la visión. Que permaneció estático unos segundos, mientras la corriente desenturbiaba el agua, para después, con paso firme, avanzar sereno por el fondo marino, directo a las rocas, los acantilados, donde deberían estar los ostrales.
Por los ojos achinados de Goyo, por el mordisco suave que se dio en el labio inferior, comprendimos que Hilario llegó al farallón, al cantil, que arrugó el ceño y dudó.
Un buche de aire hinchando los carrillos de Goyo nos hizo entender que Hilario oteaba de derecha a izquierda, aguzaba la vista al frente, se inclinaba hacia las bases de las paredes, tanteaba con el guante las irregularidades de las peñas, buscando indicios, señales que le indicaran por dónde proseguir.
Las aletas henchidas de la nariz de Goyo nos hablaron de los cardúmenes de peces coloridos que recorrieron próximos el cuerpo de Hilario, de la imagen sinuosa de una mantarraya a lo lejos, del movimiento de las algas en el lecho arenoso.
Con un par de ligeros parpadeos, Goyo nos adelantó que Hilario decidía avanzar bordeando el perfil de los riscos, llevándose por el flujo de la corriente, transitando minucioso por concavidades y rebordes; buscando los moluscos, los bivalvos, las veneras, los ostiones; hasta que se detuvo, dejó escapar un suspiro que le resonó en la escafandra, y miró a lo alto, hacia las burbujas que crecían según se alejaban de él, rumbo a una superficie cada vez más distante.
Las cejas arqueadas de Goyo, su boca constreñida como un capullo, alertaron que Hilario daba dos pasos hacia atrás y, con sensación de congoja, emprendía el camino de regreso, con las manos vacías.
Massaua, pp. 198-200.



Letralia 276 | Entrevistas | Massaua es su tercera novela. Arnoldo Rosas y su viaje de quinientas páginas a Eritrea | Jorge Gómez Jiménez

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