Siempre he olfateado los libros, al igual que los cuadernos, con un gesto instintivo, primario, animal....

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Siempre he olfateado los libros, al igual que los cuadernos, con un gesto instintivo, primario, animal. Creo además que el olfato es el más potente de los sentidos. En todo caso, el que posee mayor poder evocador. Sirve para comprender, más que el gusto, si un guiso en cocción ha llegado a su punto (…) En cuanto al olor de los libros, los olores son extraordinariamente variados. Las páginas brillantes, con las reproducciones de cuadros o fotografías, huelen a ácido, como los bocadillos envueltos en celofán que se venden en las estaciones; las páginas muy delgadas de papel biblia de los Meridiani huelen a lencería seca y planchada. Las páginas de los libros viejos huelen a polvos de tocador comprimidos, a polvos de talco; huelen a frasco de cristal vacío que durante un tiempo contuvo un perfume de magnolia o de nardo. (Pags. 91-92)
 «Continúo leyendo en todas partes: en la cama, en el tren, en el autobús, en el coche, en las salas de espera de médicos, abogados, laboratorios clínicos y estaciones, sentada en los bancos. Tendida en la cama, de regreso de la librería; los libros recién comprados junto a mí. Los huelo, los toco, releo la contraportada, cojo uno de ellos, luego otro, otro más; me encuentro en ese bienestar que sigue a la adquisición y precede a la inmersión en una historia. Ahí están: mis libros, un botín que me colma de simple alegría.»
Giulia Alberico

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