La librería, ese jardín de senderos...por Carlos López de Alba ( homenaje a Silvestre Macías)



El pasado martes falleció Silvestre Macías, quien fuera propietario de la ya mítica librería Jardín de Senderos. Silvestre fue un comprometido promotor de la lectura que lega una generación de editores, autores y lectores agradecidos con su amor por los libros.
Y es que la librería, junto a la biblioteca, es el espacio iniciático de todo lector. Ya sea por curiosidad u obligación, la primera vez que se llega a una se presenta un momento único para la vida de un lector potencial: o termina seducido ante el olor a tinta y papel, y el poder de la letra y la imagen impresas, o se repliega ante la falta de orientación para suscitar el encuentro con ese libro que habrá de redimensionar lo cotidiano a través de la palabra.
Dentro del ciclo de vida del libro, la librería y el librero tienen un valor fundamental. Una buena mancuerna entre este trinomio hace posible que un libro tenga vigencia, transmita ideas, conocimiento y estimule creatividad y talento en el lector. Por ello el librero, el buen librero, como lo fue Silvestre, es aquel que conoce su catálogo, el que compra por curiosidad y vende por satisfacción.


Con el tiempo, las pequeñas librerías se han convertido en lugares cada vez más raros para las nuevas generaciones al carecer de oferta de películas, boletos para conciertos, el bestseller en turno o libros de texto. En cambio, tienen actividades literarias, revistas de arte, libros universitarios, ediciones únicas y hasta ejemplares firmados; por lo general son negocios familiares donde no sólo se identifica cada ejemplar de sus estantes, también conocen a sus autores, editores y a sus clientes.
De todos los libreros que he conocido, no hay alguno que no haya deseado crecer y hacer rentable su librería, el problema radica en que involuntariamente están sometidos a las complicaciones de la poca utilidad debido a la competencia desleal entre algunos editores y distribuidores y, principalmente, de las grandes cadenas de libros.

El libro no está en la canasta básica, por lo tanto si está caro y además no se promueve entonces no se leerá. De modo que los pocos lectores con iniciativa dependen de los saldos en los supermercados o en las grandes librerías, lo que los convierte en lo que Zaid llama “pepenadores” de libros. En el mejor de los casos, habrá que darse una vuelta por una librería pequeña y buscar al librero, seguro nos llevará hacia el ejemplar que necesitamos, como lo hizo Silvestre, sin duda, un excelente librero.
http://impreso.milenio.com/node/8898105
Roger Michelena
FBLibros
0424 1192089
@libreros


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