sábado, octubre 16, 2010

Decálogo del corrector de estilo



  1. Somos correctores, NO coautores. Es uno de los principios fundamentales de la corrección. Nuestra labor es ser un intermediario entre el autor y el lector. Se trata de construir puentes entre ellos. No abusemos de nuestro papel al corregir. Distingamos forma de contenido.
  2. Ahorrar desgastes. Más de una vez nos toparemos con autores intocables o quisquillosos con su texto. A final de cuentas, la corrección es una lucha de egos. Respetemos y propongamos.
  3. Corrección sí. Estilo, no. Detrás de cada texto hay un autor con su respectivo bagaje informativo y, por tanto, su estilo. Mientras más claro tengamos el respeto a ello nos ahorraremos conflictos.
  4. El autor es quien da la cara por el texto. Los autores responden por sus escritos. Debemos auxiliar que sus opiniones y expresiones queden sentadas. Después de todo, es su crédito.
  5. Defender sólo lo defendible. Hay conceptos que no pueden sustituirse por sinónimos, sin importar la cantidad de veces que se incluya. Defendamos nuestro trabajo y tengamos prudencia cuando haga falta.
  6. La comunicación con el autor es importante. Quién mejor que el autor para explicar su visión al escribir una idea. La retroalimentación beneficia a la persona para la cual ambos trabajan: el lector.
  7. Diferenciar los tipos de corrección. Una corrección para una revista institucional es diferente que para una publicación periodística. Hay que adecuarse a las condiciones sin perder los principios de nuestro trabajo.
  8. Nunca suponer que todo está bien. El corrector NO es Dios. También puede equivocarse. Por ello, debemos apoyarnos en diccionarios y enciclopedias. No olvidemos cuidar dedazos y espacios dobles.
  9. No porque no nos guste signifique que esté mal. Lo que diga un autor o su estilo para escribir es independiente de nuestra labor de corrección.
  10. No corregir por corregir. Hay textos que ya de origen van escritos correctamente. No entre en discusiones de si es diferente en vez de distinto.

martes, octubre 12, 2010

Sugerencias para elegir a un buen impresor Por Juan Gutenberg




El trabajo de impresión es básico para una buena edición. De tal manera, que el cuidado y empeño aplicado durante todo el proceso puede ser en vano al contratar un servicio de impresión poco profesional.


Para evitarte un trabajo deficiente, considera:
  • Conoce su trabajo. Pídele muestras de las impresiones que efectúa.
  • Trayectoria. Pregunta sobre el nombre de las publicaciones que ha elaborado.
  • Proceso de impresión. Para tener un parámetro de su profesionalismo y compromiso solicítale te explique el proceso de impresión.
  • Delimitar responsabilidades. Es importante que revises y autorices las pruebas antes de hacer cualquier impresión.
  • Conoce su equipo. Es básico conocer las instalaciones, la maquinaría del impresor y a sus colaboradores que trabajaran tu publicación. 
  • Empatía. Es importante guiarte por tu sexto sentido con el prestador de servicio.

lunes, octubre 11, 2010

miércoles, octubre 06, 2010

Esos libros que nos encantan


HAY en nosotros algo que nos atrapa y que tiene difícil explicación. Hablo de los libros que se han leído y te acompañan siempre. Qué decir de los que han sido releídos, subrayados y anotados en sus márgenes hasta el punto de que uno se sonroja cuando te lo piden prestado. Nunca se sabe si el que lo abre busca más tus notas que el libro en sí mismo. 
 

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martes, octubre 05, 2010

El oficio de editar y algunas pistas para los autores Mario Muchnik


Cada editor, según su línea editorial, recibe un número variable de manuscritos. Algunos reciben cientos por mes, otros decenas y otros alguno que otro. Yo he recibido, a lo largo de los años, un promedio de tres o cuatro manuscritos por semana, no más. Y cuando digo "manuscritos" me refiero a manuscritos no solicitados, de esos que llegan por correo o por mensajero, habitualmente acompañados por una carta del autor con la que éste pretende ganarse la buena voluntad del editor como lector. Craso error, desde luego, porque estas cartas, llenas de elogios al editor, quedaban en mi caso sin leer hasta una vez tomada una decisión con respecto a la obra.




Mi método siempre fue el mismo. Solía abrir el manuscrito en su primera página y leer en voz alta las primeras líneas. Luego iba a la última página y leía, siempre en voz alta, las últimas líneas. Finalmente abría al azar aproximadamente en la mitad, y leía unas líneas. Si este muestreo no provocaba mi hilaridad o mi indignación -algo muy habitual, hilaridad o indignación regocijadamente compartidas por mi secretaria-, volvía a la primera página y la leía entera. Luego a la última. Luego a la mitad del libro.
El manuscrito que lograba superar este somero, arbitrario y seguramente injusto procedimiento, era apartado y mi secretaria me lo mandaba a casa por mensajero, junto con los otros cinco o seis que habían logrado despertar un interés de la misma índole.
En mi casa, por las tardes, el procedimiento era exactamente el mismo pero el muestreo ya no era el de un total de tres páginas sino el de cinco o seis del principio, cinco o seis del final y cinco o seis del medio. Tal vez uno o dos manuscritos sobrevivieran a esta criba. Éstos, apartados, eran mi lectura de los siguientes días. Los demás volvían a la oficina y de ahí a sus autores.


La lectura de los manuscritos así seleccionados comenzaba, ahora con un lápiz en la mano, después de una pausa para un café y una serie de meditaciones acerca de la gramática, la sintaxis, las vocaciones equivocadas y el sentido de la vida en general. Y los peligros de escribir y los, aún mayores, de editar.
¿Cuáles eran mis criterios? En primer lugar que el autor supiera escribir. Hay muchos autores cultos que no saben escribir. Y no me refiero únicamente a ese oído musical imprescindible para que la prosa "cante", como puede cantar a veces la poesía. Me refiero sencillamente al saber usar los verbos, saber conjugar; al saber deletrear y acentuar las palabras; al tener una noción de la función de los puntos y las comas; en una palabra, al haber aprendido alguna vez lo que se enseña en las escuelas primarias. Es sorprendente hasta qué punto escritores de ley presentan manuscritos que, juzgados sólo por reglas gramaticales, serían rechazados por maestros de instrucción básica.




En segundo lugar, el contenido de la primera página. Siempre dije: una novela debe comenzar en la página 1. Es igualmente sorprendente la cantidad de autores que se sienten en la obligación de explicar la novela antes de entrar de lleno en ella. Y aunque en una novela como José y sus hermanos Thomas Mann inflija al lector unas cien páginas de filosofía antes de poner en marcha la acción, no perdamos la perspectiva y el sentido de la medida: Thomas Mann, como Lev Tolstói, era capaz de transformar cien páginas de filosofía en novela mediante el arte consumado de su prosa. Otros autores no lo son.


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