miércoles, julio 28, 2010

Bibliófilos: ¿de qué depende el valor de un libro?




La oferta y la demanda es un elemento que influye ampliamente. Si bien no asegura la calidad del contenido, como cualquier objeto de mercado, el libro se determina por estos parámetros.
Existen tantas respuestas como personas, o incluso más. Pero se pueden ver algunas tendencias: existe gente que busca en el libro una identificación con sí misma, sus ideas, o la sociedad en la que vive. Puede que estos libros le retrotraigan a su niñez, su juventud, sus familias o sus ciudades. Otros buscarán libros que tengan relación con su trabajo, o con los hobbies que practican, mientras que algunos preferirán aquellos que los lleven a lugares que visitaron, o en los que jamás estuvieron pero a los que les gustaría llegar. Un género que últimamente ha concitado mucha atención es el de las biografías, en el que se busca conocer la historia de aquellas personas a las cuales los lectores admiran o admiraron. En definitiva, los libros son como un cristal del espíritu humano: "dime que estás leyendo y te diré quién eres", sería el ajuste de la clásica frase que podríamos hacer. Y formar una pequeña biblioteca personal, es una tarea muy íntima y creativa.
Pensando en los fríos términos de "mercado" u "oferta y demanda", comienzan a entrar en juego las características particulares de cada libro. Muchas editoriales suelen sacar dos tipos de ediciones del mismo libro: la original y la de bolsillo. Las primeras suelen ser más grandes, poseen hojas mas gruesas, letras más amplias, y tapas mejor diseñadas, mientras que las segundas son todo lo contrario, pero mucho más económicas. Luego, influye mucho la edición: las primeras tiradas suelen ser las más caras, ya que son más difíciles de conseguir. Otras veces influye el hecho de que el libro haya sido poseído por alguna persona muy importante (por ej. Galileo, García Lorca, Borges). Y sin dudas una de las cosas que más valor le dará, es el hecho de que esté firmado por su autor.
Para otro experto, son otros los factores que inciden en el valor de los libros. En primer lugar, señala la historia del libro, "en la que se incluyen su buen ranking de ventas, su precio, y la opinión de los libreros sobre la seriedad de su contenido". En segundo lugar, ubica la experiencia propia, y la intuición para reconocer un libro con mucho valor, "muchas veces esos libros están escondidos, a un bajo precio, y son muy pocos los que reparan en su alto valor".
Existe un gran número de factores. El biógrafo John Carter dijo alguna vez: "Luego del interés por la belleza o importancia del libro, lo cual siempre fue un parámetro importante, las dos consideraciones más substanciales son probablemente la rareza de la edición y el estado de la copia".
Para otros, por último, lo más importante en el valor del libro es la oferta y la demanda. "Hay muchos factores que inciden en estas variables, pero todo quedará resumido a una cuestión: el precio de tapa". Entre los factores que afectan a esta cuestión, se encuentran "los años que tiene, las ediciones limitadas, el estado, y la firma del autor, pero nada de ello es garantía de su valor: sólo se determina por cuántos hay en el mercado y cuántas personas desearían comprarlo".
Si el libro es viejo? ¿automáticamente tiene más valor?
Esto es totalmente erróneo. Salvo que el libro haya sido impreso antes del 1500, la antigüedad del libro no influye por sí sola en su valor. Recuerden que muchas familias suelen guardar los libros por generaciones, y tirarlos se considera un pecado, por lo que no es muy difícil encontrar libros antiguos. Además, el libro fue inventado para durar por muchos años, por lo que la mayoría de los libros pueden durar mucho tiempo, y de hecho los libros viejos (impresos luego de la invención de la máquina de papel en 1930) duran incluso mucho más que los actuales.
Es por esta razón que por algunos libros de más de 500 años se pagan 100 dólares o menos, ya que su contenido no le interesa a nadie. Los que contienen sermones o discursos clericales son un ejemplo común de esto.

Y de la misma forma, existen libros que tienen sólo cinco o diez años de antigüedad, y cuestan más de mil dólares. ¿Por qué? Muy simple, porque fueron editados en ediciones muy reducidas, o resultaron ser mucho más populares de lo que cualquiera hubiera imaginado, o ambos casos juntos. Imagínense cuanto puede costar un ejemplar del libro The Christmas box (La caja de Navidad) del que sólo se imprimieron 20 lujosos ejemplares, que fueron repartidos entre los amigos y parientes del escritor.
Mirando atrás, el libro parece ser uno de los objetos de arte de mayor importancia en la época medieval y renacentista, que ha sobrevivido hasta nuestros días. Un manuscrito puede llegar a valer el precio de un auto nuevo, y la próxima vez que se venda la Biblia de Gutenberg (1454–55), ésta podrá costar el precio de un par de jets de última generación. Los libros en general son baratos. Existen billones y billones de ellos. Y muchos de ellos se editan en sólo una edición, por el hecho de que sus autores no fueron en su momento lo suficiente populares, o no se contó con el dinero suficiente para reimprimirlo, pero su contenido es muy valioso.
Hay muchos libreros que guardan libros del siglo 15 debajo de sus escritorios. Todos los días reciben gente que vienen a ofrecerles este tipo de libros muy viejos a un precio elevado. Entonces, ellos responden: ¿Ve esos libros?¡Se los vendo todos por unos cinco dólares!
Pero de los millones de libros que existen en el mundo sólo una muy pequeña proporción ?no más del uno por ciento– son totalmente indeseados. ¿Por qué? Por que siempre habrá alguien, en algún lugar, que querrá ese libro.
Para muchos expertos, la antigüedad es uno de los aspectos menos importantes en el valor de un libro. Por cierto, un libro impreso antes de 1500 tiene mucho valor, sea cual fuere. Pero muchos libros impresos en el siglo 17 ó 18 son muy difíciles de vender (salvo que hablemos de precios inferiores a los 20 dólares). El valor de un libro reside fundamentalmente en los ojos del potencial comprador. Un librero dijo una vez que cuando algún otro librero lo llama por un libro muy raro, le cuesta dar el precio, pues no puede precisar si el comprador también es "raro".
Caso contrario, una simple copia de un libro recientemente editado puede tener mucho valor, especialmente si perteneció a una prominente asociación, si fue firmado, tiene anotaciones en sus márgenes de un importante autor, o si está asociado con alguien de suma importancia. Si, por ejemplo, Albert Einstein hubiera estado leyendo una simple novela de detectives poco antes de morir (y esto estuviera fehacientemente documentado), esa copia tendría un valor importantísimo.
¿Cuál es la diferencia entre un libro raro, escaso, antiguo, y usado?
El término "raro" suele ser utilizado de forma muy ligera en la actualidad, por lo que ha perdido el significado apropiado y se ha convertido en una especie de sinónimo de "costoso", o de "viejo". Y, aún más, hay personas que pagan cifras relativamente elevadas por ejemplar "raro" sólo porque era de los años 20, y a pesar de que cualquier persona podía comprar otras 10 copias de ese libro esa misma tarde.
El término "escaso" no se utiliza tanto como raro, y quizá por ello conserva su significado apropiado: cuando un librero dice que un libro es "escaso", está diciendo que no hay muchas copias disponibles.
En cambio, la palabra "antiguo" nunca es utilizada por los libreros. Si usted ve un negocio en el cual le ofrecen "libros antiguos", puede estar seguro de que en esa librería no saben nada de libros.
Pero no deja de resaltar la importancia de separar este término de la palabra "anticuario". Esta palabra, que se refiere a las casas de venta de objetos viejos, tiene una larga historia, y muy interesante. Se vienen a la mente los libros que pertenecieron a dos o más generaciones anteriores, cuyos contenidos difieren mucho de los actuales, en referencia a las historias, las artes, la ciencia, etc. Es un término agradable, con un cierto glamour.
Cuando se habla de "usados", se suele hablar de libros de "segunda mano". Esto no es valorativo, sino que es un término neutral que en el mejor de los casos se utiliza para denominar a un libro que está muy cuidado, aunque se nota que ha sido leído; y en el peor, para hacer referencia a un libro que sólo se compraría si no existiesen más copias del original.
Si un libro es realmente escaso, no permanecerá a la venta durante mucho tiempo. Incluso muchas guías de precios de Internet dan valores falsos, y por seguir esos precios muchos libreros se pierden de realizar buenos negocios. Por ello mismo, muchos recomiendan tener mucho cuidado con el e–commerce.
No existe, entonces, un "diccionario de librería" que defina estas palabras, sino que sólo la experiencia del librero puede hablar de ello. Pero con base en eso hay quienes armaron este "diccionario":
Raro: pocos ejemplares del libro pero muchos compradores. Suele tratarse de un libro de buena calidad, y de una primera edición rara, o de una edición clásica, con mucho valor histórico.
Escaso: no significa que posea muchos compradores potenciales. Puede tratarse de un trabajo de poca importancia de un autor famoso, un tratado histórico interesante, o algo asociado a una persona o acontecimiento famoso.
Antiguo: esto vendría a ser "viejo". Este término no se suele utilizar mucho en las librerías, ya que remite a esas pilas de libros que estorban y nadie quiere. Algunos de estos libros parecen a primera vista muy interesantes, pero no lo son cuando se les examina de cerca y se ve bien cuáles son sus materiales.
Usado: esto se puede dividir en libros que actualmente se imprimen, y libros que están fuera de impresión y por ende no se pueden conseguir. En este último caso sólo se puede obtener un ejemplar en una librería de usados, y es justamente por eso que poseen un precio alto. Si por el contrario, aún se puede comprar, suele valer la mitad del precio de tapa de los nuevos.
Cuánto incide el estado de un libro
La incidencia del estado de un libro suele ser inversamente proporcional a su "rareza". Si un libro es muy difícil de conseguir, los compradores no suelen fijarse mucho en su estado. Sin embargo, si pudiesen conseguir 10 iguales esta misma tarde, serán muy puntillosos para elegir el que mejor se conserve.
Algunos libros tienen valor sólo por su estado: muchos decoradores compran libros sólo por su estado, a entre 10 y 20 dólares el volumen. También están los que se interesan por la historia de la edición, y suelen por lo tanto fijarse más en el estado del libro que en su contenido.
Si un libro está en buenas condiciones (es decir, sin rayas en el lomo, raspones en la cubierta, marcas adentro, etc.), puede valer el doble de lo que vale uno en estado normal. Existen algunas personas muy detallistas que buscan hasta con un "tercer ojo" cualquier defecto que pueda portar un libro. Esta gente finge ser coleccionista, pero en realidad no lo son: un coleccionista sabría que un buen libro que pueda completar su colección, puede servirle mucho, por lo menos hasta que pueda hallar una copia mejor. Por ello, existen también coleccionistas que por fijarse sólo en el estado, desechan libros que tienen un valor único, aun cuando no estén en perfecta conservación.

domingo, julio 25, 2010

Las librerías en la actualidad

by 
ANDRÉS BORBÓN
 on 25 JULY, 2010
in 
las-librerias-en-la-actualidad
Esta maravillosa caricatura de Daryl Cagle retrata muy bien lo que está sucediendo en algunos lugares donde las librerías que tienen servicio de cafetería (cada vez son más) son usadas para todo menos para leer, o para buscar libros
, y en los Estados Unidos basta tener un Kindle para conseguir una copia en segundos de casi cualquier obra, algo de lo que carecemos los lectores hispanos dado que podemos comprar un Kindle pero el catálogo de eBooks en nuestro idioma es ridículamente escaso tanto en Amazon como en las tiendas online que los venden y termina uno leyendo en inglés obras que originalmente fueron publicadas en español.
Sé que todo esto representa un ataque frontal contra los libros hechos con papel, pero hay mucho dinero en juego: ¿Cuánto cuesta hacer una copia de un libro en papel? Bastante, me temo. ¿Y cuánto cuesta hacer una copia de un libro electrónico? Prácticamente nada.
Hay que ser idiota para no ver las ventajas de los eBooks para las editoriales. Si bien los precios de los libros electrónicos son un poco más bajos que en papel, la ganancia es enorme, y no se requiere más que un sistema de distribución en línea, algo que se monta en un par de semanas. Además, no hay necesidad de tener stock alguno, y el catálogo de obras puede ser miles de veces mayor al que se tiene actualmente. Se acabarían los libros agotados, la búsqueda interminable de un título, más parecido a una peregrinación que a un acto que proporcione placer.
Ojalá que la cerrazón de la editoriales en español termine pronto y podamos disfrutar de un buen surtido de libros electrónicos en nuestro idioma pues con su actitud sólo están consiguiendo una cosa: Favorecer la piratería.
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domingo, julio 18, 2010

“leer de muchos modos, según lo pida el texto y el ánimo lector”, Gabriel Zaid

Palabras de Ivan Dieguez..Presidente de la Camara Venezolana del Libro

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Roger Michelena
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jueves, julio 08, 2010

El futuro de las librerías , Sobre tendencias, marketing y las nuevas tecnologías José Antonio Vázquez




El cambio en las librerías
Mientras preparaba este reportaje sobre “el futuro de las librerías” -los cambios a los que es más que probable tengan que adaptarse-, han aparecido noticias similares y artículos sobre el mismo tema casi a diario. En realidad, llevamos todo el año con referencias sobre la desaparición o el cierre de librerías, desde los Estados Unidos, Australia, Londres o España. Las razones pueden ser muy diferentes según el tipo de librería del que estemos hablando: la actual crisis, estrategia comercial, pocas ventas, etc. En ningún caso podemos asegurar –y menos en nuestro país- que a día de hoy una librería cierre por la aparición del libro digital –más bien al contrario, al menos en la Red-, a pesar de la irrupción de Amazon y sus superventas navideñas de libros gratis –valga la paradoja-. Todavía. 
Muchas declaraciones a favor y en contra del libro digital o del libro de papel no aportan demasiado por obvias, por reiterativas, por caprichosas y en ocasiones por falta de lógica. Tanto a favor de un formato como del otro. Cada uno tiene sus ventajas e inconvenientes con respecto al otro, y serán las generaciones futuras las que terminarán pronunciándose. De manera que decir que los dos formatos convivirán durante mucho tiempo –lo cual es cierto- ya no es añadir mucho. Ni aunque lo diga Umberto Eco en una defensa abierta, legítima y lógica en su experiencia –el papel es lo que conocemos- del libro impreso cuando declara que si tuviera que dejar un mensaje a la humanidad lo haría en un libro de papel, puesto que se sabe que los archivos digitales corren el riesgo de desparecer o deteriorarse por su volatilidad. ¿El papel no? 
Sea como fuere, lo importante son los libros y cómo podamos acceder a ellos, dónde comprarlos y de qué manera. El lector no puede hacer más que comprar y leer, también comentar y desear, pero son los agentes comerciales de la cadena de valor del libro los que verdaderamente tienen en las manos cuidar de su negocio debido a los cambios tecnológicos y de hábitos de lectura (y aprendizaje, no nos olvidemos, porque será fundamental). En este caso hablamos de las librerías.
Se oye llover. ¿Viene la tormenta?
Son días también de predicciones sobre el futuro de todo lo que tiene que ver con el sector. No es mi papel, sólo intentaré aplicar la lógica y sacar algunas conclusiones. No habrá “10 predicciones sobre el futuro de las librerías”. Ya se han hecho muchas reflexiones, dado muchas opiniones, algunas más acertadas, otras más arriesgadas, pero lo cierto es que existe un punto de encuentro común: las librerías van a tener que adaptarse de un modo u otro a los cambios que va a traer el libro digital. Puede parecer un punto en común que de tan lógico parezca peregrino, pero si tenemos en cuenta que según el informe sobre “El libro y las nuevas tecnologías. El libro electrónico” (Servicio de Estudios y Documentación. Dirección General del Libro, Archivos y Bibliotecas. Ministerio de Cultura, septiembre 2009) todavía sólo el 36,6% de las librerías tienen web propia, entonces ya no nos parece tan absurdo resaltar lo que para muchos es una evidente necesidad, incluso mucho antes del temido libro electrónico.
Borders, Barnes & Noble, Shakespeare and Co. y Crisol –definitivo- han tenido un mismo fin, pero lo único que les une en ese fin es que sus síntomas de declive venían de lejos, de antes del ebook, el ereader, el iPhone y cualesquiera de los fabricantes a los que se les señale como “enemigos” posibles. Ni siquiera hablamos todavía de librerías pequeñas, de barrio. Mientras unos focalizan las causas de sus cierres en cambios estructurales importantes, precisamente dirigidos al nuevo formato digital (Barnes & Noble y su lector Nook), otros sencillamente ven como sus ventas disminuyen porque cada vez dependen más de un solo título, y Amazon es perfecto para ese tipo de ventas. En España muchas librerías también dependen de Zafón, Brown, Largson, para salir adelante, y son El Corte Inglés (y sus variantes) o Carrefour quienes sirven felices la cantidad necesaria de esos títulos (pero también las papelerías que sólo venden tres libros, esos tres libros). En Francia no siempre dependen tanto de ese pico de ventas de bestsellers, y muchas editoriales, como librerías especializadas, viven del goteo de sus títulos de fondo. Cada caso y lugar tiene su explicación.
Cadenas y grandes superficies y agentes nuevos
Hace un mes, la Asociación de libreros estadounidenses (American Booksellers Association) publicó una carta abierta al Departamento de Justicia para pedir alguna regulación que impida que Amazon, Target o Wal-Mart vendan libros, sobre todo bestsellers, a menos de 10 dólares. Hablamos todavía de libros en papel. Esto supone hoy muchas más pérdidas que la aparición del libro electrónico. En España al menos tenemos el precio fijo, pero en papel. En digital es otra cosa, porque el precio dependerá de qué tipo de libro hablemos, si tiene valor añadido, vídeo, hipervínculos, música, actualizaciones, etc., y fijar un precio en un formato con tantas posibilidades es casi imposible. Quizá eso sólo fuera posible con un formato estándar, el texto tal cual volcado al formato digital, sin ningún tipo de interconexión o hipervínculo.
El problema viene de lejos: las grandes superficies acaparan mucho mercado, sobre todo el de los superventas. La solución -también lógica- que se viene dando desde entonces y de manera reiterada, aun antes de la aparición del ebook, es que las librerías pequeñas deben especializarse, bien sea por temática, género, formato, etc. Ya en el Liber del 2005, Francisco Martínez, presidente de la Agrupación de Distribuidores de Libros y Ediciones, resumía que las librerías medianas debían tratar de evitar ser una réplica en pequeño de la gran superficie, con los bestsellers bien destacados, para pasar a ofrecer esos “libros inencontrables”. A diario comprobamos que es una posición difícil para los libreros y que no todos siguen ese consejo. Es lógico que las pequeñas y medianas quieran su cupo de ventas de Largson y Zafón; aunque sin diferenciación, sin defender tanto un escaparate como un espacio propios, esta actitud tiene algo de suicida. Quienes sólo leen el “libro del año” acudirán a Amazon o a la gran superficie. También es cierto que hoy algunas librerías ya apuestan sólo por los cuentos, otras por el bolsillo, por la fotografía, la novela negra, erótica, y así se van abriendo opciones para encontrar un lugar y oferta concreta y diferente. Para la entrada en juego de lo digital las soluciones que se dan son similares  a las que ya se daban ante la competencia con las grandes cadenas.
Imagen: Web ebooks Casa del Libro
Es posible que Amazon ponga su vista en España y se implante aquí mismo, más allá del Kindle como embajador de la plataforma. La FNAC sigue siendo prudente -en sus declaraciones- y dicen estar “a la expectativa para ver cómo se organiza el asunto de los contenidos”. Opinan que los ereaders todavía “están en una etapa de lanzamiento, por lo que -piensan- de momento no serán producto de una gran penetración o demanda”. Esto a pesar de que en FNAC Francia tienen su propia plataforma digital en su web. Presumo que aquí no tardarán en abrir su pestaña en la web para los ebooks, aunque lo cierto es que las ventas de libros electrónicos en Francia estas navidades no han sido tan altas como se esperaba. El Corte Inglés ya vende libros electrónicos a través de Publidisa; para ello tienen su propio apartado en la web. La Casa del Libro también lo hace con Publidisa, más bien a través de Publidisa, porque si se quiere entrar desde su web es más que complicado. Además, La Casa del Libro ha abierto librerías “físicas” en los dos últimos años. Google Edition dejó de ser un rumor desde hace tiempo, y sólo falta que las editoriales que quieran lleguen a algún acuerdo con ellos para poder descargar libros digitalizados por Google, de dominio público (todavía pendiente la cuestión de los derechos) o de las editoriales adscritas a su programa. De nuevo, todavía no hablamos de calidad y enriquecimiento o valor añadido al texto.
Desde librerías La Central me dicen que “están estudiando las maneras de proponer el nuevo formato digital a los clientes de la manera más práctica posible”. Este servicio pasa, entre otras cosas –afirman-, por una reestructuración de la página web. “Las condiciones, al menos las económicas, dependerán al igual que ahora de los editores”. De momento, sus planteamientos están en desarrollo y no tienen fecha definida para la comercialización de los libros digitales. 
Pero, además de todos estos espacios conocidos, están surgiendo nuevos agentes: Publidisa, que ya hemos nombrado como plataforma de dos grandes cadenas, Amabook, del grupo Urano, Leer-e, y las muy recientes Abac -del grupo Eroski junto a Abacus, Vicens Vives, Ferrán Soriano y Cultura 03- y Lector.com. En Cataluña han sido los primeros en tomarse lo digital en serio y Edi.cat va sumando sellos a sus plataformas.  Incluso –atención-, Telefonica y Vodafone ya dedican una plataforma para los libros digitales en formato móvil.
Imagen: Página web de Lector.com
Los movimientos de las editoriales en este sentido van a ser muy importantes. Santillana, el Grupo Planeta, y Random-House esperan poder tener lista en primavera una nueva plataforma de distribución y venta online de ebooks (y se espera que pronto se unan a esta iniciativa otras editoriales relevantes que todavía dudan entre vender con las librerías de siempre o la unión de editoriales en una plataforma independiente, sin contar con los libreros para la venta del formato digital: el proyecto de Abac). Para ellos, como para la Editorial Roca, va a seguir siendo importante tener en cuenta al pequeño y mediano librero, quienes venderán los libros a través de sus webs (suponemos que las que, por fin, las tengan listas y en condiciones mínimas). Así se lo hicieron saber a CEGAL en su última reunión con los editores a propósito del libro digital. En la reciente Feria del libro de Guadalajara de México las conclusiones han sido similares: no dejar al librero desamparado y que éstos sigan siendo el canal de venta del libro, sea en el formato que sea. Luis Francisco Rodríguez, director ejecutivo de Publidisa, y José Manuel Oliveros, encargado de Marketing de Trevenque han sido los artífices de este convenio.
    
Excusas más o menos técnicas
Como vemos, mientras unos se preparan, otros titubean. Y si todavía algunas de las grandes librerías dudan o parece que por ahora ni se lo plantean, a pesar de que editoriales como Planeta y Mondadori ya han manifestado abiertamente su futuro digital, ¿qué pueden hacer el resto de las librerías? Las de siempre, como las llamamos. Se aduce desde librerías y algunas editoriales que no hay demanda de ebooks –todavía-, que los aparatos son caros –todavía-, y aún están por evolucionar todo lo que deberían o podrían. Que hay lagunas importantes como la cuestión de los derechos y porcentajes. Cierto. Que la cuestión de los formatos y el DRM plantea todavía más dudas (cierto, pronto hablaremos de este asunto en Dosdoce). 
Aunque algunas de estas razones son suficientes para pensar bien el cómo y porqué de la adaptación a lo digital, ninguna es lo suficientemente fuerte para ralentizar demasiado la transformación, y suenan un tanto a excusa. ¿Por qué? Para empezar, es posible que en uno o dos generaciones, con la entrada de los ordenadores portátiles en las escuelas, ya no existan estudiantes que hayan trabajado en clase con papel, y los libros impresos serán para ellos algo tan vintage como el walkman y el vinilo, aunque no me gustan demasiado las analogías del sector discográfico con el editorial, pero digital oblige. Puede ser una exageración, es cierto, pero la exageración sólo quiere ubicar a aquellos que se aferran al papel para que repasen los cambios que han sufrido en su cotidianeidad con respecto a la vida de sus padres, no ya de sus abuelos. Y aunque pensemos –y sabemos- que el libro tal y como lo conocemos tiene un componente especial, de valor intrínseco, además de vehículo de cultura, transmisión de lenguaje, pensamiento humano, etc., (argumentos relativos según el que coge un libro, pues el que sólo lee el bestseller del año no le interesan tanto estos valores como  poder pasar un buen rato con un libro “de esos que no puedes dejar de leer”; además, las editoriales de hoy –no todas, pero casi-, como muy bien recuerda Jason Epstein, necesitan alguno de estos bestseller para sobrevivir) no por ello, y a pesar de las peticiones a contracorriente de autores como Silva en el último FICOD para la creación de un protectorado del libro de papel -o del  propio librero-, van a ser eternos o, al menos, de uso común para las generaciones que estudien, trabajen y se manejen casi exclusivamente con lo digital. 
Entiéndase que no me posiciono, sólo trato de ver algunas cosas como irremediablemente empiezan a ser, no como me gustaría que fueran. No hay semana que no haga repaso a las librerías de viejo y “de nuevo”, no hay viaje en que no dedique tiempo a rastrear papel amarillento por todas las esquinas, pero eso no me puede impedir ver que nuestros sucesores se manejarán de forma diferente. No me pongo de ejemplo, no me gusta, entro en la anécdota para evitar las suspicacias que de uno y otro lado se dan cuando se expone este panorama. No soy un vehemente apasionado e interesado de las nuevas tecnologías ni me paga ninguna plataforma digital para convencer a nadie ni me enloquecen todavía los ereaders tanto como para abandonar de por vida el papel (imposible, y no es necesario el romanticismo en esto, es sólo una cuestión generacional). 
Seguimos. Los aparatos son caros. Del mismo modo, ¿cuánto costaba un móvil hace diez años y por cuánto te lo regalan ahora? Eso no ha impedido que, a pesar de los precios, la gente se fuera adaptando a sus necesidades, porque, a final, la tecnología sólo es cuestión de necesidades. Y si un aparato al principio sólo se usa para trabajar, luego entra paulatinamente en nuestras vidas para ser algo no sé si en verdad necesario, pero sí que facilite la vida y pueda ser útil o cómodo. Depende de cada persona. Se puede ser un geek a la espera de la última novedad tecnológica o esperar un ereader a medida. Esto tampoco puede ser excusa para hacerse el remolón con el negocio, el que sea de la cadena de valor del sector editorial. Pasados los años, más allá de los muchos años que se quieran calcular de convivencia entre el papel y el ebook, todo el mundo tendrá un soporte con garantías mínimas de usabilidad que por fin se ajusten a toda lo necesidad y que hagan parecer fósiles al Kindle e incluso a la por llegar Tablet de Apple. ¿Alguien esperó a que se inventara el DVD y se negó en rotundo a comprar un vídeo, no digo ya sistema 2000, sino VHS o Beta? La cuestión es ir probando, manejarse, sin dejarse arrastrar por las reinvenciones anuales de un mismo invento, por supuesto. Las cosas que duren y funcionen –salvo avería irreparable- lo que uno considere, no lo que el mercado dicte. Se puede evitar o combatir la obsolescencia. Una vez más, parece que detenerse a argumentar esto es detenerse en lo obvio y por tanto está de más, pero no se puede pasar por alto si continúa siendo un argumento para esquivar lo evidente: los cambios -y las transiciones- obligados que trae el formato digital del libro de la mano de Internet.
Los derechos y porcentajes son cuestiones que les conciernen a las editoriales y a los escritores, pero eso no va a detener la producción de ebooks o diversos formatos digitales de novelas, textos, ensayos; sencillamente porque ya existen. El que ya los tiene, ya los puede vender. Mientras, se definen nuevas versiones de propiedad intelectual y porcentajes que se ajusten a los nuevos modelos de producción y a las ventas. Y para los más reticentes siempre estarán los autores de dominio público: alguna editorial tendrá que aprovechar lo digital para proponer nuevas y mejores traducciones, valores añadidos, etc., de autores clásicos, inagotables como son. No todo va a ser Gutenberg o Google Books.
Futuro librero

En cualquier estudio el mayor indicador en contra del ebook es sencillamente el “gusto por el papel”. Un argumento que deviene débil frente a los cambios generacionales. Cuando este arraigo al papel cambie, cambiará lógicamente esta orientación. Sobre todo, como hemos adelantado, cuando para las siguientes generaciones, a partir de la escuela, hayan crecido casi únicamente con contenidos en Red, en la nube. Quizá en estas siguientes generaciones habrá casos que no quieran deshacerse del todo de lo impreso, pero de cualquier modo exigirán también contenido digital. Las librerías no pueden hacer otra cosa que poner la mirada en las futuras necesidades. Como en el ejemplo del lector, es una cuestión de decisión propia. Habrá libreros que les interese seguir en activo y harán todo lo posible por actualizarse o mantenerse, para lo cual se transformarán de manera gradual según los cambios que se produzcan. Habrá otros que no les interesará el nuevo modelo de librería por no ser tal y como lo han entendido toda la vida y dejarán que su negocio se despida con su carrera de libreros. 
Al preguntar a libreros conocidos sobre estos asuntos las respuestas siempre han sido más bien evasivas, a la espera. Otros lo tienen muy claro y entienden exclusivamente la librería como la hemos conocemos hasta día de hoy, y lo que venga después del libro impreso ya no consideran que sea el mismo negocio; un ejemplo claro y sincero de esto ha sido el de la librería de referencia de la sierra norte de Madrid, Arias Montano. En cualquier caso, y si pensamos como algunos –libreros incluidos- que la librería según la hemos conocido y disfrutado tiene los años contados, todavía quedan otros tantos para adaptarse y regenerarse, para lo cual toda transición es necesaria.
En una interesante conversación con Michèle Chevallier, Directora de CEGAL, me explicaba cómo no les ha quedado otro remedio que poner todos sus sentidos en cada uno de los movimientos del sector, a pesar de lo impreciso de algunos de ellos. Sin atreverse a pronosticar, en CEGAL creen que, hasta que los jóvenes del entorno digital sean los lectores del mañana, todavía existen generaciones “de papel” a las que no se las puede olvidar. Su condición y apuesta es que el libro, sea como sea, pero también a través de las librerías. Eso sí, deben ofrecer unas garantías mínimas, estar aún mejor preparadas y saber orientar al lector de siempre y al nuevo lector. Adaptarse al público, en definitiva. Para lograr esta adaptación con las nuevas tecnologías, esperan poder contar con ayudas del Ministerio. Quieren ser actores y no espectadores, por eso últimamente están tan activos, al menos en sus opiniones y demandas. 
A mi parecer, lo más interesente que Michèle Chevallier comentaba –una cuestión que todavía pasa inexplicablemente por alto, apenas se menciona sino es también para sacrificarla antes de tiempo- es la posible incorporación de las máquinas de impresión bajo demanda (es decir, la Espresso Book Machina) en las librerías. Siempre he pensado que es una herramienta ideal para la transición del papel a lo digital, y que el servicio que esta máquina, sobre todo de mano de las librerías -en esto sí que ganan-, puede hacer a los lectores es inestimable. De nuevo, su alto coste puede echar atrás la idea, pero las librerías pueden compartir costes –igual que pueden compartir plataforma digital, en Francia ya están en esto; junto a grandes editoriales  como Gallimard, Hachette y Flammarion, aunque no parece que estos editores vayan a contar con los libreros para su plataforma conjunta-, ya que el pedido se puede hacer desde casa y dirigirse luego a la librería o local que tenga la máquina. Las librerías Blackwell´s de Londres no esperaron mucho para hacerse con ella, como la Harvard Book Store, en Massachussets.
Imagen: Página web de On Demand Books, fabricantes de la Espresso Book Machina
Como sea, los libreros que quieran continuar en el negocio van a tener que hacer algo más que colocar libros en las estanterías y esperar para venderlos. Según el sistema de indicadores de gestión económica de la librería en España 2008, un alto porcentaje de ellas –no dice cuántas- ya se dedica a alguna actividad complementaria a la venta de libros: distribución, edición o impresión. La cadena estadounidense Borders ha ideado centros digitales en sus tiendas donde los lectores se relacionan con otros clientes mientras descargan sus libros. Con los nuevos tiempos, ya en la red, la incorporación a redes sociales –algunas ya lo hacen- y una buena plataforma con sistema de recomendaciones es un paso obligado. (La Red ha resucitado a “libreros de viejo” en muchos casos.) Y continuar siendo asesores, porque la llegada de distintos formatos con diferentes valores añadidos, algunos casi al gusto de cada lector (y más allá de lector), necesitará a alguien que les recomiende o describa uno u otro formato, incluso su funcionamiento. Continuar con la idea de la especialización e ir transformando paulatinamente el local en un centro de información de ámbito cultural, un poco más allá del libro. 
A medida que pasen los años, la parte virtual del negocio va ir adquiriendo mucha más trascendencia. Y es ahí donde cada librería va a tener que destacar para que sus lectores les elijan a ellos antes que “irse” a comprar a las tres de siempre. Una buena página web con todo tipo de aplicaciones integradas, un blog para valorar, reunir y comentar el día a día de los libros, la experiencia lectora según formatos y valores enriquecidos, enlaces y clics siempre a mano para no perder oportunidades (Amazon sigue siendo la librería que lidera las compras compulsivas –y compulsivo no quiere decir sin criterio- a golpe de “clic” tras recomendación). Lapresencia en redes sociales, insistimos, no es baladí, siempre y cuando sepan hacer uso de ellas y no se limiten –como lo hacen algunas, como muchas editoriales- a la promoción sin sustancia, “hablando solos”, sin entender lo que es una red social, sin interacción con el usuario y posible lector y “recomendador” (un tema éste para tratar más despacio). Con las redes se pueden crear todo tipo de comunidades de lectura, de afición, de recomendaciones, etc. Claro que esto lleva trabajo y tiempo, pero no existe negocio que no exija cambios y adaptaciones, y menos hoy.
Todo esto como un ejercicio de transición, y como tal conviene que las librerías vayan haciendo adeptos, animando e informando a sus lectores y clientes y que éstos no sientan que los cambios van a traer el fin de su librería favorita sino nuevas oportunidades y valores añadidos que la hagan más atractiva. Ser precisamente los libreros los que les expliquen los nuevos formatos y evoluciones, les enseñen a manejarse en lo digital, porque todavía hay muchos lectores que no han oído hablar del ebook y variantes. Si son los libreros maestros de lectores, no deben temer entonces que éstos hagan el clic en la web de una gran cadena, en lugar de hacerlo en su librería o acercarse a saludar y comprar (papel o digital) a la tienda. Así se crea la fidelidad, y no con la desconfianza en lo que viene. Mientras, insistimos, aprovechar la red y redes para captar nuevos clientes y fieles seguidores, “amigos” en red. Hablamos siempre de aquellos libreros que opten por seguir con su oficio. Otros, decíamos, preferirán ver cómo su negocio de siempre se va convirtiendo con el paso de los años en un lugar exclusivo, en una especie de delicatessen para gourmets de la lectura impresa antes de cerrar definitivamente sus puertas. Será otra opción tan atractiva y legítima como la adaptación. Legítima siempre y cuando sea una opción voluntaria y no fruto de la dejadez o el enfurruñamiento mientras no se hace nada por actualizarse. 
Se trata de apostar todavía por la sociabilidad, y eso no se consigue únicamente con el café-librería. Muchas personas se sienten cómodas en las librerías simplemente estando en ellas porque allí ven lo que necesitan y el librero sabrá decirles si tiene este título o aquel otro, no porque vayan a hacer amigos. Hay clientes de todo tipo, pero clientes. Todo dueño de una librería va a tener que saber cómo conservarlos en la tienda, y en la Red (y, en general, tener más paciencia de la que muchas veces ya tienen). Personalmente no creo en las librerías santuario, sino en las diferentes y bien abastecidas. Y en la buena educación de los libreros. Por cierto, en la red también existen unas reglas de cortesía mínima.
El fin de los cambios


Todas estas sugerencias, y no tanto previsiones, hablaban del momento de transición, de la adaptación obligada si no se quiere o prefiere perecer en breve. Aún así será duro. Pero también hay que ser realistas. Lo insustituible del papel (su romanticismo y simbología, el fetiche) lo seguirá siendo para los que hemos crecido con él, los que no lo han hecho es posible que no vean funcionalidad ni emoción en 
algo que no reconocen de suyo, sino algo mucho más que sustituible. Y es muy probable que ese día llegue, no sé en cuántos años o décadas. Habrá que estar atentos a la evolución de los sistemas educativos en todo el mundo, ésa será la clave. En todo el mundo, porque es muy probable que mientras en algunos países el ordenador sea de uso común en las escuelas, a otros no les quedará más remedio que estudiar con los libros de papel que ya nadie use. Paradójicamente es posible que estos últimos sean los que devuelvan el valor a lo impreso para nuestra memoria. 
Lo cierto es que no podemos imponer nuestra experiencia, por mucho que nos duela ver cómo las cosas que nos son familiares se desvanecen ante las nuevas, para nosotros muchas veces más feas, llamativas y sin ese encanto o aura que nos parece que tienen. Enfrentarse a la fuerza llevados por el instinto al final será igual de inútil. Declaraciones como las que aparecieron el 14 de diciembre en Le Monde bajo el título “Les Librairies dans la tourmente”, firmado por Christian Thorel, Jean-Marie Sevestre y Matthieu de Montchalin, libreros y  vicepresidentes del SLF (Syndicat de la librairie française), afirmando que “el hombre del mañana no será un esclavo de la pantalla, sino  un ciudadano que paseará por las calles de nuestras ciudades y cuyos dedos seguirán pasando las páginas de nuestros libros”, me parecen un tanto afectadas y algo faltas de de lógica. Incluso aunque a muchos nos resulte extraño que algún día pueda que no existan los libros de papel. Es entonces cuando no soy capaz de ver la función de la librería como la veo hoy, ni con todas las transiciones posibles. Ya no serán o serán otra cosa, incluso quizá se llamen de otra manera. 
Personalmente, si nos ponemos así, si pensamos en la obsolescencia de todo cuanto existe, y si tuviera que dejarle un mensaje a la humanidad -o a los libreros y lectores del futuro, pues no aspiro a tanto-, por si acaso, el mensaje lo dejaría tallado en piedra.

José Antonio Vázquez
Desde 2004 dosdoce.com es un observatorio que analiza las nuevas tecnologías en el sector cultural →

martes, julio 06, 2010

Las putas y los editores


No es broma ni acertijo del tipo ¿en qué se parece una puta y un editor? Todo contrario, antes imaginé que nuestro oficio se parece al de los meseros y no faltó quien se molestara, no tanto con los meseros, sino conmigo. Visto lo cual, prefiero entonces esta comparación más venerable. Enseñamos y damos placer, sin discriminar a nadie, y recibimos, en algún momento, dinero por hacerlo. ¿No podría ser más obvio? Annie Sprinkle es muchas cosas, pero ante todo, mujer inteligente y provocadora. Es una suerte de Camile Paglia del performance, o Camile Paglia es una suerte de Annie Sprinkle de la academia. Leo con interés a ambas, aunque muchos las detestan, como a las putas.

Las cuarenta razones por las cuales las putas son mis heroínas [y los editores no tanto], por Annie Sprinkle [y su servidor].

1. Las putas tienes la destreza de compartir las partes de su cuerpo más privadas y sensibles con totales extraños.
Los editores son diestros en sacar a la luz los deseos, pensamientos, conocimientos y temores más profundos, más deseados y más temidos de todos nosotros.

2. Las putas pueden llegar a lugares donde otros no pueden.
Los editores buscan quien lea.

3. Las putas desafían los prejuicios sexuales.
Los editores desafían los prejuicios.


4. Las putas son juguetonas.
Los editores se arriesgan.

5. Las putas son resistentes.
Los editores resisten casi todo.

6. Las putas hacen su trabajo dando placer.
Los editores hacen su trabajo dando deseos, pensamientos, conocimientos y temores

7. Las putas son creativas.
Los editores son creativos.

8. Las putas son aventureras y les gusta vivir peligrosamente.
Los editores son aventureros, pero no les gusta mucho el peligro.

9. Las putas enseñan a ser mejor amante.
Los editores publican guías sobre lo que sea.

10. Las putas son multiculturales y multigénero.
Los editores son multiculturales, casi ninguno multigénero.

12. Las putas se divierten.
Los editores se divierten, algunos con sus autores, otros a costa de ellos.

13. Ls putas usan ropa cachonda.
Los editores se visten aburridamente.

14. Las putas tienen paciencia y tolerancia hacia personas que otros no pueden soportar.
Los editores tienen paciencia y tolerancia hacia personas que otros no pueden soportar: ________.

15. Las putas hacen menos solitarios a los solitarios.
Los editores acompañan a los solitarios.

16. Las putas son independientes.
Los editores son independientes.

17. Las putas enseñan a tener sexo seguro.
Los editores apoyan el sexo seguro.

18. Las putas son una tradición.
Los editores son una tradición, al menos desde hace cinco siglos.

19. Las putas son maravillosas.
Los editores maravillan.

20. Las putas tienen sentido del humor.
Los editores tienen sentido del humor, cuando les falta el sentido de la realidad.

21. Las putas liberan la tensión y el estrés de millones de personas.
Los editores adquieren esa tensión y estrés, pues alguien debe equilibrar al mundo.

22. Las putas curan.
Los editores curan y enferman al mismo tiempo.

23. Las putas sobreviven frente a los peores prejuicios.
Los editores sobreviven frente a todo, hasta los prejuicios.

24. Las putas ganan dinero.
Los editores no, o al menos eso dicen.

25. Las putas siempre tienen trabajo.
Los editores siempre tienen trabajo, aunque casi nunca lo hacen.

26. Las putas son sexis y eróticas.
Mejor no digo nada.

27. Las putas poseen talentos especiales que los demás no tienen. No todos tienen lo necesario para ser puta.
No todos tienen lo necesario para editar.

28. Las putas son interesantes, con muchas historias de vida intrigantes.
Los editores cuentan lo que sea con tal de publicar algún libro.

29. Las putas pasan mucho tiempo acostadas.
Los editores no de manera especial.

30. Las putas ayudan a explorar los propios deseos sexuales.
Los editores ayudan a explorar los propios deseos y los propios temores y lo ajenos...

31. Las putas exploran sus propios deseos sexuales.
Los editores no de manera necesaria.

32. Las putas no temen el sexo.
Los editores no siempre.

33. Las putas mandan.
Los editores son mandados por el gusto y el placer.

34. Las putas brillan.
Los editores refulgen.

35. Las putas son entretenidas.
Los editores entretienen.

36. Las putas tienen los huevos para usar pelucas enormes.
Los editores ni calvos usan pelucas grandes.

37. Las putas no sienten vergüenza por desnudarse.
Los editores quién sabe.

38. Las putas ayudan a los minusválidos.
Los editores no siempre.

39. Las putas tienen sus propios horarios.
Los editores a veces.

40. Las putas se revelan contra las leyes absurdas, patriarcales y antisexuales contra su profesión y pelean por le derecho legal a recibir un pago por su trabajo valioso.
Los editores lo hacían.

Claro, hablo de los editores de cepa, no los dominados por el mercado.

Porque bien visto, es más interesante ser como una puta que como un banquero, aunque ambos traten con el dinero.

domingo, julio 04, 2010

Apuntes para las memorias de un ladrón de libros...Por Rodrigo Fresán


UNO Hubo un tiempo en que no pasaba día en que yo no robara un libro. No era que me faltara dinero; pero no hay dinero suficiente para poseer todos los libros que uno necesita leer o, simplemente, mirar, sostener, acariciar, saber que se los tiene, que son nuestros porque ya no son de ellos.

DOS
 Y, sí, había algo de Robin Hood en eso de robar libros en las librerías de Buenos Aires, la ciudad en la que nací y aprendí a leer.

Insisto, ya lo dije: yo era hijo de padres de clase media-alta. Cultos y reconocidos en sus respectivos oficios. Padres que me regalaban libros para mis cumpleaños y no dudaban en darme dinero para comprar libros. Pero, claro, dentro de un esquema à la Bosque de Sherwood, mi biblioteca era tan pequeña y humilde si se la comparaba con los ricos y abundantes estantes de las librerías.

Y el otro día leí que “el robar libros es la forma más egoísta del robo”.

No estoy de acuerdo.

Robar libros es, en realidad, una forma deportiva de la literatura. Cuando escribimos o leemos estamos sentados o acostados, casi inmóviles. Cuando robamos libros, en cambio, el músculo de nuestro cerebro actúa en perfecta comunión con los músculos de nuestro cuerpo. Cuando se roban libros, uno piensa y actúa y, de algún modo, uno lee y escribe.

Cuando se roban libros, uno es persona y personaje.


TRES
 Y abundan los casos de ladrones de libros de ficción yendo desde Las aventuras de Augie March de Saul Bellow a Los detectives salvajes de Roberto Bolaño. Y he perdido la cuenta de los lectores malditos que se roban el Necronomicon y sucumben a su lectura en los horrores de H. P. Lovecraft. Existen, también, variedades del asunto más sofisticadas, como la que practicó Joe Orton cuando sacaba libros de las bibliotecas públicas, alteraba portadas y blurbs y los devolvía cambiados para siempre.

Y aun así, todas estas hazañas de personajes o personas siempre se nos antojan pálidas e inferiores a las nuestras. Porque es imposible que otros –aunque estén mejor escritos y descritos– sientan la intransferible intensidad de lo que siente uno en los momentos previos a robar un libro, en el instante preciso en que lo roba, en el extático minuto después, cuando uno descubre, una vez más, que ha salido de allí y se ha salido con la suya sin ser descubierto.

CUATRO
 La edad dorada de mi carrera como ladrón de libros tuvo lugar entre los años 1980 y 1985. No existían todavía los controles electrónicos ni los listados informatizados. Todo era unplugged artesanal, verdaderamente artístico.

Y –no me pregunten cómo, no tengo explicación– luego de entrar a la inminente escena del crimen y de seleccionar a mi inmediata víctima, yo sentía casi físicamente cómo era envuelto por una suerte de aura o de halo que me volvía invisible para los empleados de la librería. Algo fuera de este mundo que me capacitaba para hacer lo que quisiera, para llevarme lo que más deseaba. No importaba el tamaño del libro o su valor. Ese libro estaba allí para ser mío, para ser raptado por el más amoroso de los captores, para salir de allí y entrar a mi habitación. Para que sólo lo tocaran mis manos.

En algún momento –por acto reflejo o mecanismo de defensa, uno tiende a reglamentar a los milagros con la esperanza de así poder convocarlos a voluntad– me dije que yo era un elegido, sí, pero que no debía malgastar o degradar mi don robando libros que no me fueran a servir o que no me resultaran indispensables para convertirme en el escritor que yo quería ser.

Y, por supuesto, enseguida me dije a mí mismo que todo libro me era indispensable y, por lo tanto, digno del honor de ser robado.


CINCO
 Así, fui acumulando hazañas que hoy recuerdo con la melancolía y admiración que se dedica a ciertas estampas y postales de nuestra juventud.

Así, robé a la vista de todos un voluminoso hardcover de la biografía de James Joyce firmada por Richard Ellmann.

Y así, una mañana perfecta de invierno, desafié a quien por entonces era un buen amigo y rival, a otro consumado ladrón de libros, al reto definitivo.

El y yo nos situamos en uno de los extremos de la Avenida Corrientes de Buenos Aires, famosa por la cantidad de librerías que albergaba y que, creo, escribo esto tan lejos de allí, sigue albergando. Y nos propusimos –cada uno de nosotros situados en una de las márgenes de la avenida, escogida previamente luego de arrojar una moneda al aire– robar los siete volúmenes de En busca del tiempo perdido, de Marcel Proust. En orden de publicación.

Debo decir que yo lo conseguí y él no y que nuestra amistad nunca volvió a ser la misma.

SEIS
 Con el tiempo, claro, fui desarrollando ciertas técnicas más sofisticadas que el simple y físico ocultamiento bajo el abrigo. La que mejor resultado me dio era la de escoger el libro a robar, irme a un rincón poco frecuentado de la librería, dedicármelo a mí mismo y luego acercarme a cualquiera de los empleados, mostrarle el libro que alguien me había “regalado”, preguntarles si tenían otro ejemplar, averiguar el precio, suspirar un “Es muy caro; mejor le presto el mío” y salir de allí con mi copia de las Collected Stories de Francis Scott Fitzgerald (la categoría Collected o Complete es tan robable) súbitamente legalizado y de mi propiedad. A veces, cuando el libro a robar era de un autor próximo y vivo, yo no dudaba en autodedicármelo con palabras emocionadas y agradecidas.


SIETE
 Y, por supuesto, hubo más de una ocasión en que algo salía mal, en que la protección del escudo dorado se desvanecía a último momento y uno se veía obligado a correr, calle abajo, perseguido por algún librero.

Recuerdo que yo huía con La naranja mecánica en el bolsillo interior de mi chaqueta, y doblé una esquina, y arrojé un billete sobre un mostrador, y entré a un cine donde se proyectaba Los cazadores del arca perdida.

Ya la había visto varias veces, me la sabía de memoria, ya había comenzado esa sesión; pero había algo justiciero y poético en la idea de que un consumado ladrón de tesoros arqueológicos diera refugio a un joven ladrón de libros, pensé entonces, pienso ahora.

OCHO
 Ahora, en perspectiva, nada me cuesta considerar a ese episodio Burgess/Spielberg como el principio del fin.

Continué robando libros por un tiempo. Pero ya no experimentaba el mismo placer de antes. Me sentía más inseguro. Sin ganas.

Al poco tiempo publiqué mi primera colección de cuentos y así llegó ese momento epifánico en el que –en una feria del libro, en uno de esos virtuales estadios olímpicos para ladrones de libros– contemplé cómo un joven robaba uno de mis libros y, después, me lo ofrecía para que se lo dedicara. “Para X, quien me ha regalado la inmensa felicidad de ver cómo se robaba para leer el libro que yo escribí”, puse en la primera página.

El joven leyó la dedicatoria y me sonrió con una mezcla de orgullo y vergüenza. Más orgullo que vergüenza.

Supe entonces que yo ya había pasado, sin pasaje de vuelta, al otro lado del asunto. Y que –como el drugo Alex al final de La naranja mecánica– yo, completa, desgraciada e irreversiblemente, “estaba curado”.

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Algunas cuestiones sobre el futuro de la compra de libros. Una visión desde la librería

Naturalmente, una librería debe ser rentable si desea perdurar en el tiempo. A su evidente función social y cultural debe acompañarle el éxito en la gestión empresarial.
Pocas veces se llega a la rentabilidad por los gustos particulares del librero, salvo que coincidan con los del cliente, cosa poco frecuente, por lo que hay que alejarse de modelos personalistas y realizar un corto viaje astral que nos permita contemplar la librería no como un viaje exclusivo de realización personal, sino como lo que es, un negocio. Un negocio maravilloso, si se quiere, pero al fin y al cabo una actividad mercantil sujeta al devenir y a los avatares de la actividad económica.
Nos encontramos, pues, que la librería, como empresa que es, debe aceptar, acatar y seguir los principios de organización y funcionamiento de cualquier otra empresa.
Hay múltiples aspectos fundamentales en cualquier negocio comercial, pero, sin duda, todos ellos pivotan en torno a dos principales: la compra y la venta. Hoy se me ha ocurrido hablar sobre el futuro de los procesos de compra, quizá algún día me anime con los de venta.
La compra
Para poder vender hemos de comprar y en este ámbito es fundamental la selección del producto y su precio.
En este sentido, la buena selección de los títulos que se van a tener expuestos y en stock va a representar uno de los principales pilares del negocio aunque no el único. Hasta no hace muchos años las principales librerías no se complicaban y directamente los compraban todos; eso sí, con derecho a devolución. En la actualidad, con setenta mil novedades al año y casi cuatrocientos mil títulos en catálogo, el proceso de adquisición se ha complicado mucho y es necesario hacer una selección de los títulos que se expondrán en la librería, lo cual representa un pequeño/gran desastre para muchos editores para los que la "colocación de la novedad" es vital para poder subsistir.
Ante tal presión editorial, las librerías se encuentran con el problema, por una parte, del espacio -los libros publicados en un solo año ocupan más de veinte kilómetros de estanterías-; más el eterno, y hoy más que nunca: el financiero.
Recibir, fichar y devolver han sido durante un tiempo los principales pasos de la frenética carrera con la que los libreros han intentado contrarrestar la fiebre editora. Por otra parte, los grandes grupos editoriales, que para eso lo son, han optimizado su capacidad de penetración en las librerías con el desarrollo de distribuidores más eficientes, que han construido auténticas autopistas de entrada en las librerías, y que bajo el título de "servicio de novedades" han inundado las mesas y abarrotado las estanterías, no sólo cuantitativamente sino cualitativamente, pues incluso han aumentado el tamaño de los libros para conseguir una mayor presencia y visibilidad. Mientras, las editoriales más pequeñas, para acceder a las mesas y góndolas de las librerías, han seguido utilizando caminos de herradura, lo que a la postre les ha hecho perder posición, visibilidad y presencia.
Nos encontramos hoy con una queja constante y real por parte de muchos editores: se están volviendo invisibles y sus libros ya no se encuentran en muchas librerías. ¿Qué se podría hacer?
Entre los libreros hay quien piensa que lo que hay que hacer es comercializar únicamente los libros que se venden y quitarse como sea, de encima, los que no rotan. También hay quienes piensan que sobran unos miles de editores, unas decenas de miles de novedades y unas centenas de distribuidores. ¡Hay que seguir el modelo alemán: con tres o cuatro distribuidores sobra!, piensan muchos.
Los números, que son sospechosos siempre y nada tienen que ver con la nobleza de las letras, dicen cosas bastante interesantes. El estudio de Comercio Interior del Libro en España 2008 arroja, entre otros, los datos siguientes: el 80% de las editoriales son pequeñas. Éstas publican casi el 60% de los libros que se editan y representan el 33% de lo que se factura. Es decir, podríamos renunciar al 70% del trabajo perdiendo un 33% del negocio.
Es evidente, o al menos así me lo parece, que una buena gestión de compras y stocks puede tener mucho más que ver con la rentabilidad de la librería en estos momentos, que una buena política de ventas.
Parece que la moraleja de lo anterior pasa por profesionalizar la gestión de almacén, la selección de novedades y reposiciones. En estos momentos de ciencia y tecnología, qué mejor que sean los programas de gestión los que optimicen los procesos de acopio y abastecimiento.
Separar el trigo de la paja, lo que se vende de lo que no se vende. Ese es el quid de la cuestión.
Hay muchos tipos de librerías, exactamente igual que de editoriales, y todas tienen sus peculiaridades y diferencias. Hay librerías grandes, medianas, pequeñas, especializadas, abiertas al público, de venta por catálogo, por Internet, agrupadas en cadenas, etc., etc., etc. Muchas de ellas utilizan programas informáticos para la gestión del punto de venta y para la gestión del almacén. Algunos de estos programas son de gran complejidad y tienen la posibilidad de conectarse a plataformas para intercambiar información con otras librerías.
Desde hace años las cadenas de librerías generalistas, así como algunas librerías generales de gran tamaño, vienen practicando una política de compras que pasa por el establecimiento de un primer nivel de compra que denominan "surtido común", que hace referencia a los libros de alta rotación (o presumiblemente de alta rotación). Estos son adquiridos desde la central o departamento de compras, quedando el resto de los libros para un segundo nivel que es atendido por los responsables de sección o de la librería, caso de tratarse de una cadena.
Cuando los libros de una editorial forman parte del denominado "surtido común" podrán acceder a la librería con cierta facilidad; los demás deberán ser aprobados por cada uno de los gerentes o responsables de sección si ésta existe. Es habitual que cada gerente o jefe de sección tenga asignado un presupuesto anual y no pueda rebasarlo.
Desde hace unos años, las asociaciones de libreros están desarrollando herramientas de gestión con las que esperan dotar a las librerías y, entre otras muchas cosas, que permitan conocer datos de gran interés sobre un determinado título. Estos sistemas pretenden equiparar el nivel de información de las librerías, con el que poseen las cadenas y grandes grupos: saber en cuántas librerías está presente físicamente un determinado título, conocer cuántas unidades se venden diaria o semanalmente, etc. Indudablemente, esta herramienta -que hoy ya está disponible y está siendo utilizada por más de cien librerías- ayuda a afinar la puntería a la hora de realizar compras y hacer reposiciones.
Será factible listar los "n" libros que más rotan y disponer realmente de aquellos que se venden más. Por fin una herramienta que nos seleccionará, entre los casi cuatrocientos mil títulos en catálogo, los quince mil que deben estar en nuestras estanterías; los quinientos para las mesas, los cien del escaparate y los veinticinco de compra por impulso para la zona de cajas.
¡Por fin en las librerías estarán los libros que se venden!
Tras una larga travesía, los libreros independientes dispondrán de herramientas a la altura de las grandes cadenas.
Naturalmente ese perfeccionamiento de la selección dejará fuera de la librería a una serie de libros: los de baja rotación. Parece que llegan tiempos complicados para el pequeño editor de fondo difícil.
No obstante, en ocasiones todas estas maravillosas posibilidades tienen su cruz, el anverso de la moneda. Imaginemos que en una localidad de 300.000 habitantes existe una librería general grande, independiente, y justo enfrente se le sitúa una librería igual de grande, pero propiedad de una cadena. Hasta hoy, las posibilidades de defensa de la librería independiente pasaban por:
a) Tener libros que la "cadena" no tiene.
b) Atender los pedidos de forma más rápida y eficaz que la cadena.
c) Factores de venta (atención al cliente, precio, marca, escaparatismo, circulación, actividades/animación, superficie, café/restaurante, catálogos, especialización, segmentación,web, redes sociales...)
 Al buscar la eficiencia en el inventario, en buena medida nos hemos acercado al mismo criterio de compra y selección de una "cadena o gran superficie". Si dejamos a un lado factores de venta como precio, marca y atención al cliente... la diferencia estará por una parte en la superficie de venta, a más superficie más inventario, oferta y diversidad, y, por otra, la respuesta rápida y eficaz a los pedidos de tienda.
¿Qué ocurriría en un marco en el que únicamente existieran tres o cuatro distribuidores, situación que muchos libreros demandan como panacea, y en el que nuestro programa de gestión aconsejara trabajar únicamente los libros que se venden? ¿Qué ocurriría si el tan criticado y fragmentado canal de distribución se homogeneizara y quedara reducido a unos cuantos grandes grupos?
Pues la situación sería clara, las librerías dispondríamos de las mismas herramientas de compra que las "cadenas": misma diversidad de libros, misma rapidez en atender los pedidos, mismo precio... Y la diferencia se debería marcar en las herramientas de venta: marca, atención al cliente, promociones, capacidad financiera y volumen global o local de compra...
¿Qué tienen en común modelos de distribución minorista tan dispares como Amazon, Zara o Wall-Mart, entre otras? En sus inicios y primeras fases de desarrollo no tuvieron competencia o ésta era muy débil en sus áreas de actuación. Pudieron capitalizarse mientras desarrollaban su modelo de negocio muy próximo a la gente de su entorno. Amazon en el novedoso Internet y con los difíciles libros de fondo, Wall-Mart en las pequeñas localidades de las montañas de Arkansas y Zara en una mal comunicada Galicia.
Existe, pues, la posibilidad no de centrarse, pero sí de no descuidar la presencia de editoriales que representan nuestro signo de distinción, nuestra capacidad de diferencia con respecto a aquellos que eligieron el modelo de "vender sólo lo que se vende".
Si al optimizar nuestros sistemas de gestión nos convertimos en lo mismo que nuestra competencia, los lectores y compradores terminarán abandonándonos por las grandes cadenas.
Esta es posiblemente la realidad de las librerías independientes. Su suerte está unida a la de pequeños y medianos editores y distribuidores. La desaparición de cualquiera de los tres agentes pondría en una situación dramática a cualquiera de los otros dos.
Jesús Manuel Pinto Varela
Librería Jurídica Intercodex
Editorial Reus
por Jesús Manuel Pinto Varela
Trama & TEXTURAS nº 11, Mayo 2010

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