La peor involución * Por Gonzalo Himiob Santomé

 

Algunas bibliotecas de los Estados Unidos de Norteamérica, según noticia reciente, se han dado a la tarea de limitar las posibilidades de lectura, desde hace décadas, de algunas obras literarias. ¿Las razones? Éstas, se dice –y toda apreciación como ésta es siempre subjetiva- tienen contenidos que pueden resultar, según la obra de que se trate, “ofensivos”, sexistas, racistas o “políticamente incorrectos”. Según lo reseña la nota de la “Asociación de Bibliotecas Americanas” (ALA, por sus siglas en inglés), que recientemente acaba de celebrar –precisamente para oponerse a tal barbarie- la “Semana del Libro Prohibido”, desde 1982 más de un millar de libros diversos, entre los cuales se cuentan incluso textos que han sido considerados clásicos de la literatura mundial –como “El guardián en el centeno” de J.D. Salinger- han sido removidos o se ha intentado removerlos de algunas librerías y bibliotecas norteamericanas.


 

No son los americanos, sin embargo, los únicos que hacen esto. Desde la prohibición que lanzó el Islam contra “Los versos satánicos” (1988) de Salman Rushdie, que incluyó el decreto en 1989 y a cargo del Ayatolá Jomeini de una muy poco amistosa fatwa -que sigue vigente por cierto- en la que se ordenó ejecutar a todo el que tuviera algo que ver con la publicación del texto; hasta la existencia del “Index librorum prohibitorum et expurgatorum” que registró la Iglesia Católica desde 1559 hasta 1966 –si, tal cual, durante cuatro siglos-, no han sido pocas las veces en las que las estructuras del poder –sea económico, político, mediático o religioso- han tratado de evitar, con intolerante fundamentalismo, que la gente tenga acceso a ciertas ideas o a determinadas muestras culturales sólo porque algunos las consideran “contrarias a la Fe”, “inmorales” o “incorrectas” desde el punto de vista político.



 

Los Nazis, por ejemplo, hicieron de la quema de libros “prohibidos” todo un tétrico “show mediático” que lamentablemente se repitió como política de Estado –especialmente contra los textos considerados comunistas o contra los escritos por autores judíos- desde 1930 hasta 1945. Mucho antes de eso, infames han sido las quemas de libros de la China de Qin Shi Huang (212 AC), las de Diocleciano (que ordenó, en 292 DC la quema de los libros de alquimia contenidos en la Biblioteca de Alejandría); la quema de los manuscritos mayas –con la grave pérdida histórica que significó- ordenada por la inquisición en México; y la ordenada a los monjes egipcios por Atanasio –obispo de Alejandría- en 297 contra los textos considerados por él mismo como “inaceptables”. ¿Qué eso no trae consecuencias? La lista de los que “permitió” Atanasio, por ser “aceptables” y “canónicos” es la que contiene lo que ahora se conoce nada más y nada menos como el Nuevo Testamento. También se conoce que en Florencia, a finales del Siglo XV, en lo que se llamó “La hoguera de las vanidades”, se quemaron innumerables textos –e invaluables obras de arte- considerados y consideradas “inmorales”, bajo la dirección de Savonarola. En la antigua Rusia, bajo el mando de Stalin, toda elaboración científica o filosófica que no fuera acorde al materialismo histórico marxista-leninista era considerada “peligrosa”. Muchos escritores, científicos y filósofos fueron víctimas en aquellos lares de purgas y de tratos inhumanos e inenarrables, y algunos de ellos incluso fueron asesinados, llevados a campos de concentración o fueron formalmente repudiados. En Chile después del golpe de Estado de 1973, los militares requisaron y quemaron miles de textos políticos, siendo que sólo reconocieron -en 1987, como si eso les exculpase- que, bajo las órdenes de Pinochet habían ordenado en Valparaíso la quema de quince mil copias de “Las aventuras de Miguel Littín, clandestino en Chile” de Gabriel García Márquez.


 

Aunque de forma menos dramática, y en ocasiones un poco más sutil, nuestro país no ha sido ajeno a estos dislates. Ya desde la famosa publicación del “Libro Negro de la Dictadura” de Leonardo Ruíz Pineda, que registraba los abusos de la dictadura de Marcos Pérez Jiménez y que era tenido como un libro “peligroso”, hemos visto algunas veces cómo se ha pretendido cercenar la libertad de tener acceso a diferentes puntos de vista en suelo patrio. La escritora Ana Teresa Torres, en un trabajo recientemente publicado sobre la censura en Venezuela (“Libros prohibidos, ¿existe la censura en Venezuela”) destaca los casos, por ejemplo del artista Pedro Morales que estaba supuesto a representar a nuestro país con su obra “City Rooms” en la 50ma. Bienal de Venecia (2003) hasta que el Viceministro de Cultura –infructuosamente por demás- se lo prohibió; o el más dramático del escritor Israel Centeno, que por haber publicado en 2002 (Alfadil) su obra “El complot” –en la que se narra el hipotético y frustrado asesinato de un presidente- fue objeto de directas amenazas a cargo de grupos afectos al oficialismo. Ello, de por sí lamentable, no es sin embargo peor que otra forma de consolidación de la intolerancia que, no por más sutil, resulta menos real o preocupante: La autocensura.



 

Por experiencia propia puedo asegurar que en este momento son pocas las editoriales o las imprentas que se atreven a hacer ver la luz a textos que, de alguna manera, pudieran presentarse críticos al poder en Venezuela, aunque sean de los que narran la realidad en clave de ficción. Y no sólo eso, Cuando alguien se atreve a publicarlos nos encontramos a veces con que algunas librerías no los distribuyen. ¿Ejemplos? Los textos del profesor Agustín Blanco Muñoz sobre el General Francisco Usón o sobre el Capitán Otto Gebauer (“Habla el General” y “Yo lo vi llorar”, respectivamente, ambos de la Cátedra “Pío Tamayo” de la UCV). O al igual que los anteriores, el libro de Leocenis García “Cuando las piedras hablan” (Editorial “6to. Poder”, 2009) que se verá en muchas librerías, pero no en aquellas (como las que están en nuestros aeropuertos nacionales o locales) sobre las cuales el poder ejerce un evidente control. A los “Libros de El Nacional” no se les permite tampoco participar en ferias auspiciadas por el gobierno. Mi primera novela “Ausencias deja la noche”, pese a los comentarios positivos que recibió aún inédita –y ha ocurrido algo similar con la obra “La revancha del silencio” e nuestro gobierno- por Alfaguara, tuvo que ser “modificada” pues originalmente incluía el prólogo del muy “incómodo” Mario Vargas Llosa. Al final se aceptó el “negocio”, pero con el prólogo de otro autor, José Saramago, mucho menos crítico –y hasta afín a nuestro régimen- que el autor peruano. Algo parecido ocurrió también con el libro “El poder y el delirio”, de Enrique Krauze, que no fue aceptado para su publicación sino por la Editorial Alfa, dado su carácter igualmente crítico.


 

¿Es esta involutiva intolerancia a las ideas de los demás, la propia o la foránea, la que queremos legar a nuestros hijos?

*Publicado en el Diario "La Voz" el 14 de Noviembre de 2010

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