Libreros, especie en peligro...



Es difícil contar como verídico algo como lo que sigue, sin humillar a un prójimo anónimo pero existente, sin parecer pedante y sin sonar nostálgico (o, peor, reaccionario): en las últimas semanas pregunté en alguna que otra librería de la ciudad, de esas que pertenecen a las consabidas cadenas multinacionales y que venden también discos compactos y películas, si tenían algo de Samuel Beckett. Me refería (como debería saberse) a uno de los narradores y dramaturgos más célebres del siglo XX, que además de activista clandestino de la Resistencia antinazi y asistente de James Joyce, fue Premio Nobel de Literatura en 1969. Los voluntariosos chicos que me atendieron se vieron obligados a pedirme que les deletreara el apellido, pero no como quién dice "¿cómo era que se escribía Beckett?", sino como quien dice "¿Bécquer?" porque cree recordar que, de ese, de ese sí recuerda -o sospecha recordar- de quién se trata. De Godot en el ángulo obscuro...

Si el comentario y la crítica de libros son géneros en desuso, uno no debería sorprenderse de que la profesión de librero también se encuentre en vías de extinción. El librero aún no del todo extinto -lector compulsivo y profesional a la vez- es una subespecie del crítico literario, o mejor: una mezcla de crítico con editor. Pero su oficio es mucho más riesgoso que el de éstos: no sólo debe convencernos de que a su juicio un libro es bueno para que lo compremos y lo leamos. Debe hacerlo de tal modo que -como un novio, un criminal o un cartero- volvamos, volvamos indefectiblemente, y volvamos por más (y, por tanto, debe evitar que volvamos con reclamos en lugar de satisfacciones).

El librero debe saber recomendar no sólo lo que le guste o quiera vender, sino lo que su cliente necesite o esté buscando: es no sólo un experto en libros sino, a la vez, en lectores. Pero al mismo tiempo, los buenos libreros saben negociar paulatina y taimadamente con las ignorancias y los candores de sus clientes menos sofisticados: son, a su manera, formadores del gusto y también, con menos pretensiones, de lo que antes se llamaba "cultura general" de las personas. Recomendar lo que necesite su cliente significa, para un buen librero, saber que hay libros que las editoriales necesitan vender pero nadie necesita leer. Por eso, por supuesto, para mí es evidente que el librero es un enemigo del mercado editorial globalizado, un mercado que apenas necesita lectores y acaricia en sueños la pesadilla imposible de un mundo repleto de compradores de libros pero vacío de lectores (un mundo de consumidores de libros idénticos al personaje que componía el pistolero Charlton Heston en The Naked Jungle, doblada como Cuando ruge la marabunta: un despiadado propietario colonialista que para terminar de decorar la residencia campestre desde donde dominaba plantaciones y servidumbres sudamericanas, había mandado comprar varias decenas de kilos de libros que, por supuesto, jamás leería).

El librero es una especie en extinción por muchas razones, pero una de ellas es sin dudas que a los accionistas de las grandes editoriales (que son apenas parte, además, de emporios de negocios de lo más diversos) les viene como anillo al dedo que los libreros se extingan. Se los reemplaza por publicistas como a los reseñistas de libros por listas de los títulos más vendidos.

Quienes encontramos en la lectura una perturbadora e irreprimible forma de la dicha, solemos ser deudores de más de un librero. Y no sólo por lo que nos dieron de leer, sino también por todo lo que -con buenas razones- evitaron que leyésemos. En mi caso, tengo en la ciudad acreedores ilustres en ese gremio: Perla Zagalski, Jorge Muiña, Jorge Boreán, entre los principales. Si alguien de entre quienes lean esta nota tiene menos de, digamos, 35 años de edad y puede agregar un nombre a esa terna, acaso no todo esté perdido. Puede que algunos de los chicos voluntariosos que atienden en las cadenas estén no aprendiendo a despachar ventas, como parece, sino a identificar y recomendar libros, a distinguir entre Jane Austen y Paul Auster, entre Beckett y Bécquer.


Miguel Dalmaroni



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