El miedo a los lectores...Ana García Bergua


Mucha gente tiene ahora un blog y muchos periódicos y revistas en línea traen un espacio para que los lectores opinen. Una que es curiosa ya no sólo lee los artículos, sino también la larguísima columna al calce con comentarios que a veces son muy sorprendentes. Por lo general, tras algunos mensajes dirigidos al autor, vienen los de lectores que más bien aprovechan para escribirse entre ellos y en público, por ejemplo: “Chicoyeyé87: ¡eres un estúpido! Lo que (aquí viene el nombre del autor) quiso decir es que….” Y luego siguen largas explicaciones a las que Chicoyeyé89 contesta con otras similares –“Lo que pasa es que Bobbyreynosa56 tiene un cargo en la Concanaco y por eso dice lo que dice”, por ejemplo–, si no es que antes no interviene un tercero: “Cómo pueden ser tan brutos Chicoyeyé87 y Bobbyreynosa56 y no darse cuenta de que...” etcétera.

He visto blogs en los que la discusión se convierte en algo rarísimo, que ya no tiene nada que ver con el autor, olvidado como un triste pretexto para discusiones más bien personales: “¡Alexdinamo46! No creas que te puedes esconder debajo de ese nombrecito; no se me olvida lo que hiciste en 1978 en la Escuela de Química…” Habrá incluso quien agarre de pretexto el artículo para ligarse a otro seudónimo –“Vampirella: usted debe ser una mujer arrolladora e interesante, no como Bobbyreynosa56 que…” Y el interés de quien lea esa larga correspondencia termina desviándose por el afán de averiguar quién carambas es Alexdinamo46, qué se traen Chicoyeyé87 y Bobbyreynosa 56, si Vampirella será, en efecto, una mujer (quizá es un sesentón pasadito de peso) y, en general, quiénes son todas esas personas sentadas frente a computadoras, opinando sobre toda clase de cosas y muchas veces peleándose entre sí con una ortografía que frecuentemente refleja el triste estado de la educación en este país.
Personas como tú y yo, me responderá alguien (ya me estoy imaginando que alguien opina aquí alguna cosa), y es verdad: no me voy a fingir inocente, pues tampoco me he podido aguantar de entrar al ruedo virtual y a veces escribo un comentario o un saludo en los artículos o los blogs ajenos –confieso que uso mi nombre más por vergüenza de desnudar con un seudónimo de fantasía mi verdadero yo, que por otra cosa–, aunque nunca me he peleado con nadie y procuro atenerme al tema de que trata el autor.

El autor original, hay que aclarar, el de hasta arriba de la gran serpiente de opiniones y respuestas, pues aquí la idea de autoría se empieza a diluir: ¿a quién leen los que leen?, ¿al autor, a Alexdinamo56, a Cenicienta27, a huitlacoche28?; ¿dónde acaban los autores y dónde empiezan los lectores?, ¿qué nombre nos nombra mejor, el que aparece en el acta de nacimiento o el seudónimo que en plan de delirio se inventa la gente, como sexyrabbit102 o héroenacional25?
Se habla de cómo ha cambiado la idea del libro con internet, incluso la idea de la literatura o del texto. Pero también han cambiado, creo yo, los lectores.

Esa imagen de aquel lector silencioso, mon semblable, mon frère, un poco cómplice, al que uno cree, en la fantasía, estarle narrando historias cuando escribe, se ha ido desmoronando con los foros de lectores convertidos en autores, buenos y también, muchas veces, malos. Muchas veces miro aquellas columnas de saludos, alabanzas, asentimientos, sesudos desacuerdos y francas diatribas, y pienso en una especie de mosaico polifónico que, en mis delirios, corre el riesgo de ahogarse a sí mismo y confieso que me da un poco de miedo.

Miedo a un lector con mil ojos y mil caras, del que yo también soy parte cuando leo a otro o cuando leo a los lectores. Ese miedo, ¿será narcisismo, simple autoritarismo escritural, ganas de que me lean a mí y sólo a mí y no a esos dos que abajo se están peleando tan sabroso? Quizá es, simplemente, falta de costumbre: el misterioso Lector, aquel Lector un poco en la sombra que antes éramos todos nosotros, de repente responde y muchas veces lo hace por impulso.
Quizá ahí está la diferencia entre aquel lector callado que podemos ser todos –ése que rumia sus lecturas durante días, meses, incluso años, antes de dar una opinión volátil– y este impulsivo que opina de buenas a primeras: la atención, el tiempo de pensar en lo que se ha leído, la lectura asimilada y después enriquecida con preguntas. No la lectura que más bien es pretexto para una escritura compulsiva, un poco loca aunque, eso sí, muy divertida.
Ana García Bergua estudió Letras Francesas y teatro en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). En 1992, recibió una beca del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes. Ana García Bergua viene de una familia con experiencia en la literatura. Su padre, Emilio García Riera, era un crítico de cine. Su hermano, Jordi García Bergua, era un escritor halagüeño. Alicia García Bergua, su hermana, es una poeta con varios títulos publicados. Dos libros de ella están asociados con a las muertes de su hermano y su padre. Jordi se suicidó antes de la publicación de su primera novela en 1993, El Umbral. En 1994, ganó “la mención honorifica en el certamen internacional de primera novela ‘Ciudad de Santiago’ celebrado en Chile” (Otamendi). Desde 2001, García Bergua ha sido parte del Sistema Nacional de Creadores de Arte del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes. En 2004, Ana García Bergua escribió su novela, Rosas Negras, después de la muerte de su padre.
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