sábado, junio 06, 2009

Ética y libros. Lolita Bosch


A menudo pensamos que las editoriales deberían hacer acopio de una ética que no practicamos nosotros mismos y que, revisada con atención, resulta inútil. Pongamos un ejemplo. Me he enterado recientemente de que Carlos Salinas De Gortari tiene una agente literaria. Y no sólo eso. Sino que es la misma que la de Gabriel García Márquez y Mario Vargas Llosa. Además, he caído en la cuenta de que Carlos Salinas De Gortari comparte editorial con Carlos Ahumada y Julio Scherer.
Y aun así: yo podría leerlos a todos.
Me indigna que ciertas personas obtengan beneficios de ciertas acciones, sí. Y cuando pienso que las cosas son de este modo, protesto: ¡qué horror! Pero hay pocos libros que dejaría de comprar por una razón como este íntimo malestar que no tiene que ver con los libros publicados sino con otras cosas.
Pongamos un segundo ejemplo.
Recuerdo una polémica que surgió el año pasado en Francia, cuando un lector le interpuso una querella a una editorial para que el volumen de Tintín en América se eliminara de la colección de aventuras de Tintín y Milú. Agredía, aseguraba el ofendido lector, a la raza negra. Y a mí me pareció una sandez, igual que me lo parecería que alguien propusiera dejar de editar cierta literatura clásica cuyos valores, hoy, percibimos de un modo absolutamente opuesto. Sin llegar a temas más escandalosos: Lolita, de Vladimir Nabokov, o Mujercitas, de Louise May Alcott, dos libros en los cuales, más allá de nuestros gustos literarios, las mujeres nos parecen débiles, manipuladoras o sumisas. Y que aun así deberíamos poder leer con radical distancia.
Porque de otro modo, pueden sucedernos cosas así: Hace unos años, durante un curso de novela contemporánea que di en una universidad capitalina, recuerdo que un alumno me comentó que no le había gustado Madame Bovary, de Gustave Flaubert. ¿Por qué?, quise saber. Porque estoy en contra de la infidelidad, me dijo.
Y si esto sucede con la literatura de ficción, qué no pueden provocarnos las crónicas, las biografías y los reportajes.
De modo que hay que marcar una línea tajante. Porque nos molesta profundamente cuando el extremismo religioso amenaza a un escritor, pero también nos indigna que O. J. Simpson tenga derecho a publicar su historia y, en apariencia, salir ganando a pesar de lo que hizo.
Y es que lo que nos molestan son los adelantos, los beneficios, la impunidad editorial y el cinismo. Y nos sorprende saber que la agente literaria que tiene en sus manos la obra de Gabriel García Márquez pueda también sentarse a negociar con Carlos Salinas De Gortari. Pero éstas son razones éticas. No editoriales. Y los libros no son el resultado comercial de meras empresas sin escrúpulos, sino los responsables de mantener el legado de nuestra memoria.
De toda nuestra memoria.
Pongo un último ejemplo.
Para terminar de escribir esta columna, he llamado a un amigo editor y le he preguntado: ¿Tú te hubieras sentado con Augusto Pinochet a negociar un contrato? Por supuesto que sí, contesta. E inmediatamente me ha preguntado: ¿Tú no? Y no he sabido qué contestarle. De modo que le he dicho: Tu respuesta tiene trampa. Es una de esas preguntas del tipo: ¿Si usted se hubiera encontrado un día por la calle a Joseph Goebbels, se hubiese tomado una foto con él? Claro que no, me ha dicho mi amigo. La pregunta que deberías hacerte es: ¿Leerías, en una buena edición, las memorias de Augusto Pinochet o de Francisco Franco? Y mi respuesta no admite dudas.
Leería unas buenas memorias de Pinochet, del mismo modo que he leído las del arquitecto nazi Albert Speer o que he ido al cine a ver el documental sobre la vida del abogado asiático francés Jacques Vergès.
Y, por lo tanto, no debería escandalizarme que Salinas y Vargas Llosa compartan agente. Ni que Ahumada y Scherer compartan editor. Al contrario. Porque la única ética a la que están obligados los editores es, en verdad, la ética literaria: y eso es algo interno al texto, no social. Un requisito artístico que a menudo no cumplen. Y ése debería ser, y no otro, nuestro reclamo a las editoriales, ahora que el derecho de expresión comienza a ser un hecho.

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