Kindle, más crudo que cocido...por Tomás Granados Salinas




Resulta difícil imaginar que la rueda, o al menos su forma, fue descubierta mediante aproximaciones sucesivas. No hubo, antes de concluir que el círculo es la figura más conveniente, una rueda hexagonal, seguida de otra con el doble de lados, reemplazada a su vez por una rueda con cien o mil caras, hasta llegar a la redondez del polígono infinito, y tampoco podríamos pensar que alguien ensayó con diversas elipses antes de deducir que la adecuada es aquella cuyos ejes mayor y menor son iguales. No: la rueda, como Atenea, nació siendo adulta. Entre los demás inventos que comparten esta condición se hallan las ocurrencias del orfebre maguntino Johannes Gutenberg, quien supo aprovechar una prensa destinada a la extracción de aceite o al exprimido de uvas y adaptar las técnicas numismáticas para acuñar no monedas sino tipos móviles. Comprensiblemente, los primeros impresores buscaron que sus productos se asemejaran a los que pretendían sustituir y por eso buena parte de los incunables tempranos copian el diseño de los manuscritos, desde la forma de los caracteres hasta la disposición de las columnas en la página. Pero la pericia de Gutenberg hizo que incluso sus trabajos iniciales –las despampanantes Biblias de 42 y de 36 líneas– tuvieran tal calidad que parecen engendradas por un artesano en pleno dominio de un oficio al menos centenario. Como la rueda, la imprenta manual saltó al ruedo en plena madurez.
Hoy estamos siendo testigos de un cambio que podría ser tan profundo como el iniciado por las letras de plomo y antimonio. Desde hace por lo menos una década hemos escuchado que está por llegar un artefacto que destronará al libro como soporte principal de la palabra impresa y en ese lapso han abundado las elegías por un modo, supuestamente caduco, de practicar la lectura, así como los gestos triunfalistas de quienes creen que los sistemas de comunicación en que conviven imágenes, videos y palabras (sojuzgadas estas a las dos primeras, como si hicieran cumplir una condena al rey depuesto) son un inobjetable signo de progreso.



Tan dilatada anunciación tiene una de sus muestras más recientes, y para algunos definitiva, en el Kindle, un dispositivo de lectura concebido por Amazon, el coloso de las ventas en línea, si bien el artefacto propuesto por la japonesa Sony también quiere colgarse la medalla por haber sustituido al libro de papel y, en los hechos, el teléfono móvil diseñado por Apple está apropiándose, casi sin proponérselo, de los anchos e ignotos parajes de la lectura digital. Kindle es un verbo inglés que, hasta hace un par de años, significaba tan sólo “encender” un fuego o una lámpara, o “despertar” un interés, una pasión, un sentimiento, pero pronto, gracias a la plasticidad léxica –entre envidiable y aterradora– de esa lengua, se usará para describir el tránsito de un libro, un periódico o una revista desde el plasma virtual de internet hasta un blanco aparatito, apenas menor que un volumen media carta, cuyo peso no llega a los trescientos gramos y cuya memoria ronda los ciento ochenta megabytes, con el cual se pueden comprar, descargar, leer, escuchar y anotar libros; no es fortuito el orden en que enumero sus funciones, pues en verdad señala lo que a mi juicio es esta máquina: una eficiente conexión a la máquina registradora de Amazon. Porque el Kindle es, antes que un aparato que favorezca la lectura, un punto de venta individualizado.



Hace mucho tiempo que Amazon dejó de ser sólo una librería. Ese cambio de naturaleza no se debe tanto a haber diversificado su oferta –que va desde toda clase de cachivaches electrónicos hasta alimentos orgánicos para vegetarianos radicales– sino al papel que se ha asignado a sí misma la empresa de Jeff Bezos en el mundo del libro. Además de ser el principal canal de ventas para la industria editorial estadounidense, crea u ocupa cada vez más espacios en ese entorno: impide (mediante la supresión del botón de compra) la circulación de obras producidas por proveedores indóciles, obliga a los autores que editan sus propias obras a usar su servicio de impresión bajo demanda, quiere imponer el formato Mobipocket como el estándar para los libros electrónicos descargables a celulares, controla desde hace medio año la extraordinaria red AbeBooks (que aglutina a cerca de catorce mil libreros de segunda mano en todo el mundo, con una oferta que supera los ciento diez millones de títulos), vende por debajo del costo cuando quiere exprimir a la competencia (por lo que no ganó un solo dólar tras el lanzamiento de la última parte de Harry Potter, a pesar de haber vendido más de 1.6 millones de ejemplares antes de que la obra estuviera disponible). Al igual que Google, que ya cree haber allanado el camino legal a su propósito, entre borgesiano y dantesco, de escanear todos los libros producidos por la humanidad, Amazon es ejemplo de la grandilocuencia del poder tecnológico asentado sobre profundos cimientos económicos. Ambas compañías aspiran no a ser el principal actor en la escena del libro digital, sino el único. (Tal vez por eso hace unas cuantas semanas Google dio un firme espaldarazo a Sony al poner a disposición de los usuarios de su Reader medio millón de obras caídas ya en el dominio público, cifra que contrasta con los doscientos cincuenta mil títulos disponibles hoy para quienes compran en Amazon.)

Kindle sin duda resuelve algunos de los problemas con que se enfrenta todo lector. Es un amplio anaquel portátil en el que podríamos, dice su fabricante, acomodar unas doscientas obras, con lo que se consigue una compresión portentosa, pues esa cantidad de volúmenes, de acuerdo con estimaciones de la Cámara Nacional de la Industria Editorial Mexicana, pesaría cerca de setenta kilos y ocuparía no menos de siete cajas. Y como tiene algo de teléfono celular permite que nuestra impaciencia sea bien servida, ya que aquello que deseemos leer –y por supuesto ¡que esté disponible en el impredecible surtido de la librería!– puede llegar a nuestras pupilas en unos cuantos segundos; una de las frases con que Amazon promueve el Kindle describe no sólo al aparato sino a su usuario modelo: “¿Se te acabó el libro en el aeropuerto? Baja la secuela mientras abordas el avión.” Se trata sin duda de una maquinita fácil de usar que no necesita interactuar con una computadora, pues no hay software que instalarle y las descargas de libros son directas, a través de una antena, y cuenta con un diccionario para resolver dudas de manera instantánea, así como con dos presuntos méritos que sólo pueden ser considerados así desde el desamor al diseño gráfico y desde el desdén a los derechos de autor. La primitiva pantalla, construida con “tinta electrónica”, una tecnología que tal vez llegue a ser revolucionaria pero que todavía está en pañales (¿la hemos de llamar por ello incunable?), compone al vuelo la tipografía de cada página, produciendo dos desagradables consecuencias: por un lado, un veloz pero notorio “parpadeo”, durante el cual toda la pantalla se ennegrece, y, por otro, la aniquilación artera del diseño editorial, pues la elección de las fuentes, la determinación del ancho de columna y el sutilísimo arte de la justificación y el sangrado de los párrafos recaen en un algoritmo que acaso es un prodigio de eficiencia –basta que el usuario opte por un “puntaje” para que todo el libro se reacomode en un santiamén– pero al que nadie enseñó por qué Gutenberg tuvo que tallar casi trescientos caracteres para un solo alfabeto, qué función cumple la interlínea o cómo se acoplan pares de letras como la A y la V mayúsculas para no producir huecos blancos entre ellas. Encima, y tal como ha ocurrido con el correo electrónico, que, al prescindir de la escritura a mano, ha uniformado a los usuarios bajo unos cuantos formatos preestablecidos, todos los libros que aloja el Kindle carecen de personalidad gráfica: son clones de un mal concebido original.


Presentado como uno de sus mayores atractivos, el nuevo Kindle puede leer en voz alta los textos que ha memorizado. Tan interesante habilidad está siendo combatida con voz aún más audible por el Authors Guild, que considera un abuso de Amazon la explotación de un derecho que los escritores de ningún modo le cedieron; por el momento, la empresa ha limitado la capacidad de su creación para recitar, mientras llega a un acuerdo con los quejosos, pero muestra una vez más su disposición a ocupar todo espacio vacío en el comercio de la propiedad intelectual.
Los amantes de los libros, supongo que como los amantes en general, se dividen en dos grandes grupos: aquí están los que no mancillan su ejemplar más que con la mirada y allá los que se apropian de lo leído, incrustando su ex libris o, más prosaicos, dialogando con el texto mediante notas al margen o algún sistema que permita luego una eficiente relectura. La informática debería ser el paraíso de estos últimos, pues facilita la intervención del lector en la obra, pero Kindle parece no haberse enterado. Sí, pueden agregarse comentarios y señaladores, pero con un mecanismo tan torpe que, por contraste, la libreta y el lápiz parecen obra de un visionario.
Ni falta hace confesar que soy un lector arcaizante, de esos que aprecian la inmóvil danza de la tipografía y disfrutan viendo cómo la porción izquierda del libro abierto va engordando con cada hoja que pasa y cómo el contacto físico va dejando huellas en mí y en la obra misma: frases subrayadas, páginas con una esquinita doblada, separadores improvisados (lo mismo un comprobante de compra que una florecita rescatada por mi hija) que se olvidan luego entre las hojas, manchas de café u otra bebida que a menudo dan cuenta del momento en que uno estuvo precisamente ahí. Pero he de reconocer asimismo que tiendo a exprimir el mayor jugo posible a los artefactos informáticos, desde los asistentes digitales para uso personal hasta la panoplia de que dispone quien practica el teletrabajo, por lo que mi acercamiento al Kindle recorrió un amplio arco de sensaciones, desde el trivial gusto de comprarlo desde mi teléfono celular, con unos cuantos clics, hasta la decepción con que estoy redactando este texto, en la que sobrevive sin embargo una gota de esperanza, pues confío en que los herederos de este poco agraciado prototipo serán auténticos rivales del libro impreso, capaces de emular sus virtudes y de mitigar sus defectos. El Kindle no es ese aparato. Y no lo será pronto, a juzgar por las mejorías casi exclusivamente cosméticas de la versión 2.0 respecto de la 1.0. Puedo aceptar el pronóstico de los entusiastas de esta clase de artefactos, que parecen convencidos de que alguna vez los lectores tendrán acceso a un dispositivo portátil, ligero, no emisor sino reflector de luz, dotado de una nutrida y multicolor biblioteca, con diccionarios y otras herramientas de consulta, barato, con acceso (no por fuerza instantáneo) a un vasto y económico banco literario, capaz de alojar la infinita variabilidad de las formas tipográficas. Pero eso es ya materia de la ciencia ficción, no del futuro previsible. A poco más de un año de haber llegado al mercado y ya con una primera rehechura, está claro que Kindle no es más que un boceto puesto a la venta, algo más crudo que cocido. Alguna vez la rueda de los libros digitales será redonda; el Kindle no es más que un esbozo, digamos que una rueda de forma triangular, que hace falta superar pronto para que el avance sea en lo sucesivo mucho más suave. ~

por Tomás Granados Salinas
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