lunes, marzo 30, 2009

La destrucción de la lectura .Por Rodrigo Blanco Calderón



La desolación es un sentimiento que nos empuja siempre hacia adelante, hacia la anticipación angustiosa de una próxima tragedia. Se trata, me parece, de un mecanismo de defensa. Una forma de poner entre paréntesis el presente para obtener la extraña tranquilidad que brinda el saber que las cosas siempre pueden empeorar.


Esta reacción, que he detectado en mí y en los demás, es la que se ha vuelto natural al momento de enfrentar un nuevo ataque del Presidente Chávez al sistema democrático, o los simultáneos proyectos de destrucción que adelanta el Gobierno en su afán totalitario de concentrar cada vez más poder. Las consecuencias de esta reacción se pagan al instante: restamos importancia al presente mientras hacemos un ilusorio acopio de fuerzas para el día del Juicio Final del chavismo. Un día que, tal y como lo demuestra el caso de Cuba, puede tardar 50 o más años en llegar.

Me puse a pensar en estas cosas al leer el estremecedor reportaje “La destrucción de la cultura”, firmado por la periodista Laura Helena Castillo y publicado en El Nacional el día 29 de marzo de 2009. Allí, con rabia y dolor, me enteré de que entre 2007 y 2008, bajo la infausta gestión de Diosdado Cabello, 62.262 libros pertenecientes a las bibliotecas del estado Miranda fueron vendidos como pulpa de papel. Con el cambio de administración, se detectó el “irregular proceso de descarte de libros” y sólo ahora comienza a hacerse el inventario de la destrucción. Algunos de los libros que se vendieron como pulpa de papel, casualmente, fueron ejemplares incunables de las obras de Rómulo Gallegos y Rómulo Betancourt. Por nombrar sólo una parte de los textos que fueron sacrificados para dar espacio en esas bibliotecas a la obscena cantidad de material sobre la “revolución bolivariana” que se ha impreso en los últimos diez años.


Sería un gesto de ingenuidad y optimismo sospechar que alguien como Diosdado Cabello ordenó personalmente el descarte de estos libros. Pensar y luego actuar no es lo que ha caracterizado a los gobernantes chavistas. Eso sería endilgarle al gran magnate de la Revolución una pasión por la lectura y un conocimiento de su poder subversivo que resulta completamente inverosímil. Lo que sí es lógico es preguntarse por qué Fernando Báez, que fue el Director de la Biblioteca Nacional entre abril y diciembre de 2008, no hizo nada al respecto. Sobre todo si recordamos que Báez es un especialista en la materia. Al menos si asumimos como suyos los libros que ha firmado: Historia universal de la destrucción de libros, Historia de la antigua biblioteca de Alejandría o La destrucción cultural de Irak.

Por el incisivo y valiente texto de Laura Helena Castillo me entero de que Báez no estaba enterado de nada. ¿Será que debemos esperar a que un todero intelectual iraquí venga a denunciar el bibliocausto ocurrido en el estado Miranda?


Lo cierto es que destrucción avisada no sorprende a lector avezado. Y si lo sorprende es por descuidado, o por miedoso, o por estar tan desolado con lo que pasa cada día en nuestro país que no quiere saber lo que sucede en este preciso instante, sino sólo lo que va a suceder en un imprevisto futuro que quizás lo agarre en una ciudad del primer mundo. Digo esto porque en junio de 2008 ya el gobierno chavista dio un adelanto, acuñó una estampa bolivariana, de lo que en materia de bibliotecas estaba sucediendo. Me refiero a la utilización de los espacios del Celarg (Centro de Estudios Latinoamericanos Rómulo Gallegos) como sede sabatina de las bodegas móviles de Mercal (Mercado de Alimentos).


Si dejamos sin mayores protestas que el Celarg, una de las tribunas culturales más altas de América hispana, se transformara en mercado público, ¿por qué alarmarnos ante el hecho de que hayan vendido las Obras completas de Rómulo Gallegos, publicadas en 1959 por la prestigiosa editorial Aguilar, por su peso en kilos en el mercado de reciclaje de papel?


Si algo nos ha enseñado la revolución bolivariana es que la vida política de Venezuela ha asumido la figura de una amarga, amarguísima, ironía. La medida de nuestra decadencia se revela cuando la ironía se revierte sobre quien la detecta, mientras el objeto de ella permanece inmune. Es como si Sócrates, el primer irónico de la Historia, se hubiera envenado, no con la cicuta impuesta, sino con aquella que segrega la verdad en su forma más cruda. La ironía ha sido derrotada por el cinismo. Y a larga lista de cínicos que hoy detentan el poder, encabezados por José Vicente Rangel y Jorge Rodríguez, se suma ahora Fernando Báez. Ante la insistencia de la periodista por establecer responsabilidades, Báez se desentiende con esta declaración: “No tengo los informes a la mano, nunca se me reportó nada parecido. El tema me interesa mucho y lo anoté dentro de mis apuntes”.


Es decir, que a la destrucción de libros, según Báez, se puede responder con nuevos libros (que contienen, como es de esperar, otra ideología, otra versión de la historia). Mientras Báez vampiriza el cadáver de los 62 mil libros destruidos para la confección de su posible nueva entrega, puede que resulte aleccionador acudir a la Biblia pagana de la literatura y a su mayor evangelista: Jorge Luis Borges. Y no me refiero a Historia universal de la infamia, de donde Báez toma el título para su libro, estableciendo además, como demostraron los hechos, una conexión más profunda. Me refiero al ensayo “La muralla y los libros” donde Borges se interesa por el emperador Shih Huang Ti, ejecutor de “dos vastas operaciones”: la construcción de la casi infinita muralla china y la quema sistemática de todos los libros anteriores a él.


A Borges le fascinó que ambas empresas tan contradictorias (la edificación de una muralla para mantener a raya a los bárbaros y la bárbara quema de tres mil años de historia) fueran planeadas por un mismo hombre y bajo la premisa de unos mismos ideales. El objetivo de su breve ensayo es, precisamente, encontrar las razones que motivaron al antiguo emperador.



En el caso de lo sucedido con las bibliotecas del estado Miranda, en vista de que Borges murió hace más de 20 años, sólo quedan dos cosas por hacer. La primera de ellas, la más urgente, realizar varias jornadas de recolección y donación de libros para paliar precariamente una pérdida que sabemos irreparable. La segunda es preguntarnos, en todo el sentido metafísico de la expresión: ¿y dónde está la muralla? ¿Dónde está la obra moderna que justifique tanta barbarie? ¿Dónde está la guerra contra el imperio que a su vez explique (pues literatura y vida son términos que se complementan) los más de 150 mil asesinatos que han ocurrido en Venezuela en los últimos 10 años?


El gobierno chavista es una comiquita cruel, una payasada trágica que ha vaciado de sentido la palabra revolución y, lo que nunca creímos que también nos iba a pesar, la palabra dictadura. Si todo nuestro patrimonio humano y cultural va a ser arrasado que por lo menos exista una razón más fuerte que la desidia. Contra esa tiranía de la indiferencia, que se introduce en el alma de las personas, no hay resistencia posible. Y sólo ahora lo entiendo: tampoco hay necesidad de ninguna muralla.

ReLectura
Publicar un comentario

LinkWithin

Related Posts with Thumbnails