domingo, marzo 29, 2009

Cuando los libros son una ladilla (a propósito del reciclaje del gobierno) por Ricardo Ramirez



Mis amigos saben que fui librero y los más cercanos saben que, aunque no ejerza ahora, lo sigo siendo. Durante los últimos cinco años visité innumerables casas, mansiones, apartamentos, maleteros, en donde diversas personas buscaban salir de ellos. Las razones fueron múltiples. Las principales: se marchaban del país, nos mudamos a un apartamento más pequeño (los muchachos ya crecieron y se fueron), nuestros hijos no leen y qué hacemos con tanto libro a estas alturas y, claro está, necesito dinero. Todas son válidas (incluída la muy triste de mis hijos no leen) y buscaba asesorarlos en cuanto a qué valor tienen en el mercado, cuales podrían vender más rápido, cuales consignar (modalidad que la librería en donde trabajaba permitía), cuales donar y, por supuesto, cuales se recomendaba conservar. Nada fácil la última: conservar. Con suerte, ya estas personas había hecho una preselección de algunos libros. Generalmente no era así. Privilegiaban otras cosas. Por mis manos pasaron fotografías, cartas, declaraciones de amor, cartas de renuncia, documentos de divorcio, etc almacenados en los libros. Anotaciones, subrayados, apuntes en cada uno de ellos, muchos de gran valía. El hecho resaltante era que cada quince días aproximadamente o más, pasaban por mis manos y mis ojos la vida de muchísimas personas, sus hábitos, sus viajes, sus diversas ciudades en donde vivieron y padecieron. Si hay algo con lo identificaba mi trabajo ante esto, era con la palabra responsabilidad. Tenía una responsabilidad con quienes habían tocado, llorado, rabiado, sonreído, con estos libros. Porque, al final, un libro es uno de los mejores testimonios de aquello que hemos sido.



Esta semana escuché la noticia de los libros vendidos como pulpa de papel. Hoy, con El Nacional en mano, lo he podido comprobar. 62.262 libros. Y faltan algunos más por auditar. Esto, al parecer, solo en Miranda. Indica el artículo de Laura Helena Castillo que obras que quizás no tenían muchos ejemplares en las bibliotecas fueron entregados. Si habían tres se vendían dos y se quedaban con uno. ¿para qué más?, supongo que se preguntaron los inteligentes encargados de esta oscura labor. Y así, hemos caído en el foso. ¿Qué es el foso?: ese lugar en donde los gobiernos muestran su confirmada vocación de totalitarios, de esperpentos de la historia. Gobiernos, de izquierda y de derecha, que se creen con la potestad de borrar el pasado, de rehacerlo al antojo de quien ejerze el poder y además, como bicoca, de decirle a uno "qué es lo que deberías leer". Es decir, es el momento en que el gobierno se convierte en un librero sádico, con tendencias destructoras, para quien sólo lo que el recomienda es digno de leerse. Olvídense de la libertad de escoger. Eso es para los desorientados, los ególatras, y los capitalistas salvajes.
Siempre es la misma historia: yo tengo la razón y quien está en contra de ella, debe desaparecer. Y eso incluye los libros. Larga historia hay alrededor de esto. La Inquisición, Lutero, Hitler, Stalin y todo su aparato, la Cuba de Fidel, es decir, todos los fundamentalismos.



Paso la página de la prensa de hoy y me encuentro con una entrevista realizada al mequetrefe que se hace llamar director (reciente) del Instituto Autónomo Biblioteca Nacional (organismo que ya ha sufrido los embates de los vendedores con la repartición de varios libros importantes de la Nación y el resguardo obligatorio de La Piedrita). A este huelefrito no se le ocurre decir otra cosa sino que "...el problema de la ideología no es un asunto ni proselitista ni partidista, se trata de la concepción de un Estado, un sistema. La mayor parte de los libros que están en las bibliotecas tiene una ideología capitalista dominante. Los libros de autoayuda incitan al individualismo, a que tu crecimiento personal no tenga nada que ver con el crecimiento del otro. Los libros de historia de hace muchos años ven a la historia desde la dominación. Son libros de ideología capitalista".Uno lee las estupideces de dinosaurio intelectual que este caballero escupe y le dan ganas de vomitar. Porque al final, como siempre en la historia del hombre, en la historia de aquel que quiere pensar por si mismo, el gran muro es el Poder. El otro, del que habla este señor es el Poder. No la sociedad, no la polis a la que pertenecemos y en donde vivimos. Al final, todo el que piense distinto al Poder totalitario, debe ver los libros quemarse desde una esquinita y tratar de mantener en la memoria aquello que leyó. Como la viuda de Mandelstam. Como lo han hecho los judíos cada cierto tiempo. Y eso, no podemos permitirlo.



Un libro lleva sobre su lomo mucho más que su contenido. Se hace por la lectura, acontece, existe, gracias a que es leído. Estar en un estante solamente lo hace un objeto más. Fue hecho por el hombre para ser manoseado, recorrido, disfrutado por los ojos e incluso, por el tacto, la calidad del papel, el olor de libro nuevo, el aroma a cuero, a pega que puede desprenderse. Aunque cada día nos acercamos más al libro digital (somos los últimos de una Revolución Industrial cada día más superada por la Revolución Tecnológica) los libros están para quedarse. La creación de la imprenta no significó la destrucción de pergaminos. La edición industrializada no significó la desaparición del libro bien editado, bien cuidado. Son documentos, hechuras del hombre, patrimonio de la memoria colectiva de todos. Los libros no son pedazos de papel y cartón, cosidos o pegados. Son materia viva llena de memoria gracias a las imágenes y las palabras. Son objetos mágicos con los que hacemos sortilegios para no morirnos de verguenza en la decadencia humana. Son instrumentos de cambio y herramientas para la libertad.
No entender esto es caer en la barbarie. Saberlo y aún así, acometerlo (como hacen estas sanguijuelas) es revolcarse en el lodazal de la idiotez y la ignorancia. Como sólo el Poder, más aún en nombre de Revoluciones, ha sabido hacer, y por lo visto, aún hace.
Los libros, no son una ladilla de la que desprenderse. Son una de las señales inequívocas de nuestro sentido de la libertad , colectiva y individual.

Profesor USB VE/UCV VE Cursando maestría en Literatura Comparada UCV/VE
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