domingo, febrero 01, 2009

Leer, entre otras cosas, es llevar en la mente bibliotecas íntimas de palabras ...Rosa Beltrán


Leer, entre otras cosas, es llevar en la mente bibliotecas íntimas de palabras que no significan nada fuera de la escritura; expresiones que fueron creadas para ese mundo paralelo y por tanto bocadillos que nadie ha usado ni usará en su vida cotidiana. “Cáspita”, “recórcholis”, “repámpanos”, situadas hoy a millones de años luz, destacan como estrellas muertas antes de nacer. Se trata de creaciones inventadas en los cómics con el fin de evitar los vocablos “altisonantes” que paradójicamente sí conocemos y que cambiamos por expresiones que nadie utiliza ni sabemos qué significan. Una serie interesante de palabras que no usamos tiene que ver con ese romanticismo trasnochado típico de novela rosa o cómic de lágrimas que ubica al que lo lee en la tierra de Nunca Jamás. ¿O hay alguien que se haya visto en la necesidad de decir (o haya oído a otro pedirle) “hazme tuya”? Otra línea es heredera del modernismo: no conozco a nadie que haya sentido un “frenesí”; nadie que vea su boca o la boca de otro color “carmesí” ni alguien que pida expresamente algo de “tisú”.

Hay todo un lenguaje que proviene de las series de TV dobladas en Miami que es terreno fértil para guionistas y traductores que, una vez sacado del manual y puesto en papel es vuelto al lugar de donde vino para convertirlo de nuevo en terra incógnita.

Si es cierto que como dice Kafka uno lee para hacer preguntas, la primera que tendríamos que hacernos es: ¿cómo podemos dar por sentado que lo que leemos es verdadero si está dicho con un lenguaje que nadie ha usado ni usará pero sin el cual parecerían empobrecerse los saberes creando un hoyo negro en la literatura? ¿Cuál es la lógica detrás de una frase como “no se ha realizado como mujer”? Misterio. ¿Cómo situamos en nuestra mente a personajes como el “ujier” o el “mozo de cuerda”? Lo maravilloso es que lo que importa es la transmisión de ese enigma y no que lo entendamos y por tanto, quizá la experiencia más grande de la lectura no esté en compartir un significado sino un enigma. Si el mundo tiene coherencia, dijo el autor de la Metamorfosis, esa coherencia es algo que nunca comprenderemos. El Codex Seraphinianus (cuya introducción escribió Italo Calvino), formado por palabras y dibujos inventados, debe leerse sin la ayuda de un idioma conocido, con el significado que quiera darle el lector. Es un ejercicio extremo y casi único del sistema para el cual, recuerda Manguel, no existe un código compartido. Hay otros sistemas que lo comparten de formas más que insólitas. ¿Por qué estamos dispuestos a creer en las “aventuras románticas” de un auto o en el nacimiento epifánico de un limpiador de pisos, en las “travesuras” de un rollo de papel de baño o en la transmutación de una crema para el cuerpo en una alberca de leche y finalmente en la piel de una mujer, ergo, en carne? Porque es un hecho que leemos estas imágenes igual que ciertas frases haciendo como si de verdad creyéramos en ellas, como si de verdad significaran. Y las comprendemos porque hemos decidido creer en la personificación de los objetos, en que una mujer debe hacer ciertas cosas para “realizarse”, en que sexar es pertenecerle a alguien. Es decir: las frases nos son inteligibles porque nos hemos vuelto eruditos en estas cuestiones.

¡Cáspita!

rosabeltran_a@yahoo.com

Rosa Beltrán
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