viernes, enero 09, 2009

"No.... Esos autores no se publican en Cuba..."

¿Guillermo Cabrera Infante? El librero de la Plaza de Armas, en el centro de La Habana, mueve la cabeza nervioso, con los ojos chispeantes: "No. Entienda: Esos autores no se publican en Cuba...". ¿Pedro Juan Gutiérrez? "Ese tampoco. Está fuera", y el sexagenario y sagaz vendedor entreabre una sonrisa. Confrontado con la permanencia de Gutiérrez en la capital cubana, completa el argumento. "Él es un disidente, piensa diferente del gobierno, usted no lo encuentra en las librerías. Ni aquí, vea".

Lo que hay en la cuadrangular feria de libros es un mar tranquilo de Che Guevara, Fidel Castro, revolución y Ernest Hemingway, además de los toques de santería y mitología. Dos de los más electrizantes autores cubanos contemporáneos están fuera de los anaqueles. Con un detector de malicia, el librero sigue: "Aunque Cabrera, después de muerto... Todavía se encuentra, pero es difícil. Tengo otro aquí, preste atención: Leonardo Padura Fuentes". Ofrece el libro Adiós Hemingway & La cola de la Serpiente. "Mire, son narrativas policiacas, pero solamente en la superficie. ¿Notó? Van más allá, van más allá...", insinúa.

Los pensamientos menos reglados todavía piden a Cabrera Infante, rememoran sus dentelladas históricas en la yugular de los revolucionarios de 1959. Se siente la evocación del poeta Federico García Lorca, en la puerta del Hotel Inglaterra, paralizado con la lluvia caribeña y las "cataratas del cielo".

Cabrera: el calor de sus libelos, los juegos verbales, el manejo irónico de los sustantivos. El exiliado y sus obsesiones. El autor de Tres tigres tristes, Mea Cuba y La Habana para un Infante Difunto, sepultado en el exilio en Londres, en 2005, sigue contorciéndose en la narrativa que venga una ciudad perdida, arruinada y vaciada en sus 40 años de ausencia. Difunta desde que partió de Cuba, definitivamente, en 1965. Vino a enterrar a la madre y a renunciar a las funciones diplomáticas en Europa. Terminó preso. La última prisión.

Revolucionario de primera hora, rompió con Fidel Castro después de los primeros gestos de censura a la creación artística. Un cerco a la libertad de pensamiento que su rival Gabriel García Márquez calificó, en un reportaje de 1975, como una "valorización desmedida" de la importancia del artista en el mundo. Una condescendencia fantástica con el régimen cubano, merecedora de zapatazos de Cabrera, que detectó en el Nobel colombiano, el "candor que se confunde con cinismo".

Claudio Leal
La Habana, Cuba
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