Los libros están de adorno..


" Un tipo preguntó dónde podía conseguir libros “falsos”, esto es, sólo los lomos, sin páginas, para construir una biblioteca de decoración. Alguien le respondió que qué tristeza que considere que los libros sólo sirven de decoración; que nada suplanta un libro (fíjate, decía esta persona, que gracias a los libros se puede leer sin energía eléctrica, sólo con una vela y sin conexión a Internet); que mejor buscarse otro tipo de adornos. Otra persona, una mujer, le contestó que qué lastima que deba apelar a un trampantojo (del francés “trompe l'œil”: “engañar al ojo”); que una biblioteca sirve para indicar los conocimientos y gustos; que no es mera decoración; que mejor, sí, poner adornos.

El tipo que había hecho la pregunta se hizo eco de estas respuestas. Dijo que qué intolerancia, que qué fastidio, que la biblioteca era para un restaurante y que los libros no se iban a usar; que no quería comprar cientos de libros que no serían leídos, ni siquiera hojeados; que si ponía libros “de verdad” iban a deteriorarse y que prefería regalarlos a una institución educativa.

Otra forista le recomendó que consiguiera cajas con forma de libros, que las venden en las tiendas de manualidades; que no se disculpara, que la decoración es decoración: ilusión y creatividad. Que “es muy inteligente no dejar que algo tan sagrado como un libro se desperdicie en un estante de donde no se va a mover; lo único que se debe leer en un restaurante es el menú”. Otro tipo agregó que es muy buena idea ésta de los libros-caja, que él había hecho unas bibliotecas con lomos de libros (“color rojo oscuro o color vino con letras doradas”), que los puso bien alto, donde había que llenar un espacio vacío y donde nadie podría alcanzarlos a menos que se valiera de una escalera.

La conversación terminó allí. Desconozco si el señor armó su biblioteca en el restaurante o no.

De una manera u otra, todos los participantes de la discusión partían de la misma premisa: que el libro es un objeto sagrado. Y que por serlo, no se lo puede tratar como mero decorado, como un adorno, simple utilería de cartón pintado; y que por serlo, uno debe cuidar su destino, no puede ponerlo en un restaurante para que se estropee sino que debe donarlo a una institución educativa y en su lugar, en el restaurante donde sólo debe leerse el menú, dejar una réplica.

¡Mysterium, Tremendum, Fascinans!

Nuestra relación con los libros es así de irracional y así de paradójica."
Este carácter numinoso en nuestra experiencia cotidiana con los libros excede el uso decorativo del objeto, aunque allí encuentre su mejor ilustración. Todos hemos escuchado montones de aseveraciones respecto a cómo debe ser tratado un libro. Por ejemplo, ¿hay que subrayarlo y anotarlo? ¿Hay que mantenerlo impoluto y radiante? Hay quien dice que escribir sobre un libro es casi una vejación; hay quien dice que no hacerlo es una falta de respeto, índice de libro no leído. Entre una cosa y otra, todos sembramos y cosechamos nuestras propias mañas. Yo los anoto, subrayo, marco, pero siempre con lápiz negro con la punta recién afilada. Nunca, bajo ninguna circunstancia, con lapicera, lápiz de color o marcador. ¿Tiene alguna relación con el carácter sagrado que ha asumido el libro en nuestra sociedad supuestamente secular? Estoy convencido de que sí.

Otra discusión que he escuchado en consumados lectores de ficción es que un libro no puede dejarse por la mitad. Que si uno lo empieza a leer, tiene que terminarlo, por más engorroso o poco interesante que le resulte. Conozco personas, incluso, a las que esta premisa se les impuso en sus años escolares. De nuevo las mañas personales. Aunque con veinte años menos, puedo sostener con Stephen King: “Digamos que uno ya tiene más de cincuenta años, y en el mundo hay muchos libros. No puedo perder el tiempo con los que están mal escritos”.

Pero nada parece superar la reticencia a que el libro se convierta en un mero objeto decorativo. Resulta la peor afrenta contra el objeto sagrado. En común escuchar que en las mansiones acaudaladas se compran libros por metro cuadrado, para armar el rinconcito “cultural” de la casa. También se cuenta con horror que en los estudios de abogados adquieren libros por metro, mamotretos enormes con lomos finamente trabajados cuya única función es llenar la pared y certificar el trabajo letrado que allí se hace. También se lo ve en directorios de bancos y diversas empresas.

Aunque, se sabe, los peores de todos son los “nuevos ricos”, esas “burguesías repentinas” (como las llamó una socióloga local) obligadas a legitimar culturalmente su ascenso socioeconómico. Como Diego Maradona, cuando se ponía anteojitos para verse inteligente, sólo que mucho más terrible porque estas burguesías repentinas utilizan como medio de legitimización el objeto sagrado: metros y metros de libros que compran por bulto, como si fuesen tenderos del Once rematando sus chucherías de importación.

Y al buscar legitimidad mediante el libro, lo banalizan. Toman el objeto más sagrado que nuestra sociedad secular ha producido, y lo convierten en otra baratija de mercado: transforman el misterio en una cosa mundana."

Nerds All Star. Basuras y Escombros de la Industria Cultural

El escritor Umberto Eco pertenece a esa reducida clase de eruditos que son enciclopédicos, perspicaces y amenos. Posee una extensa biblioteca personal (con más de treinta mil libros), y divide a los visitantes en dos categorías: aquellos que reaccionan con un “¡Oh! Signore professore dottore Eco, ¡vaya biblioteca tiene usted! ¿Cuántos libros de éstos ha leído?”, y los demás –una minoría muy reducida-, que saben que una biblioteca privada no es un apéndice para estimular el ego, sino una herramienta para la investigación.

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