domingo, enero 25, 2009

Los libreros y sus bibliotecas personales ...Juan Ignacio Rodríguez



Sergio Parra: Metales Pesados

Nada o casi nada de libros nuevos. Sergio Parra es un busquilla de narrativa, de las ediciones castellanas de esa literatura que muestra personajes decadentes en mundos sórdidos y, en general, obras con un cariz biográfico. En su biblioteca viven John Wain, John Hawkes, Richard Yates, Tennessee Williams. "No hay nada que no tenga que ver con mi mundo, la clase media, el desencanto, la condición humana; busco escritores que miran su vida, la enfermedad, la ciudad", explica Parra.

Lleva en su chaqueta una pequeña libreta negra donde anota lo que le urge conseguir. Allí se lee, por ejemplo: "John Rechy, La ciudad de la noche". Tiene cosas que muy pocos poseen, como la biografía de Céline (su autor preferido) que hizo Maurice Bardéche. También se descubre Selected Poems de Seamus Heaney, con una dedicatoria del autor fechada en 1992, tres años antes de ganar el Nobel de literatura.

Los libros están repartidos en su departamento, la mayoría en una estantería a los pies de su cama, otros sobre el escritorio, en una mesa de centro y en una vitrina donde tiene la poesía. Los ordena por afecto: si ama más uno está en un lado, si el cariño es menor, en otro; así de simple.

Uno de esos amados es un regalo de Roberto Bolaño, la edición venezolana de Los detectives salvajes, la misma que ganó el premio Rómulo Gallegos. Iban a comer empanadas y en el ascensor Bolaño se lo pasa. Es lo único que tiene de él en su hogar, no porque no le guste, sino porque ningún otro tendría el valor de ése: "Cada vez que lo veo me recuerda a Roberto, lo poco e intensamente que nos conocimos", confiesa.

Para abastecer su necesidad, Parra recorre librerías de textos usados, sobre todo en el extranjero (México, Argentina), y algo en Chile; también les encarga obras a amigos. Tras una de esas búsquedas se llevó una agradable sorpresa: compró Los amores singulares, de Roger Peyrefitte, y una vez en su casa, al revisarlo, descubrió en la primera página la firma de José Donoso, fechada en 1975. El libro había sido de él.

Joan Usano: Takk

"Soy fanático de las bibliotecas". Joan Usano es catalán y le llama la atención que en Chile, por lo que él ha visto, la gente no tenga la librería en el comedor de sus casas. Sus libros sí están allí... y en el living y en los dormitorios.

De los dos mil setecientos volúmenes que posee, mil quinientos se encuentran en España, embalados por su madre en cajas. Cuando llegó a Chile hace nueve años, empezó desde cero, salvo por unos veinte títulos que viajaron con él.

Aunque predomina la narrativa y el ensayo histórico y social, Joan se define como un lector heterodoxo que se interesa también por la ciencia, el arte y la arquitectura. ¿Cómo ordena sus libros? La respuesta es simple: "Ya sabes, en casa de herrero, cuchillo de palo".

Aunque no tiene textos especialmente valiosos, se da sus gustos; como la obra completa de Miguel Ángel editada por Taschen -"un capricho mío"-, o la de Miguel Hernández y la casi completa de Javier Marías, su autor predilecto a los veinte años.

No le importan las primeras ediciones o las firmas -"me trae sin cuidado"-, sin embargo algo tiene: la primera edición de El caballo de copas de Fernando Alegría y dedicatorias de Javier Marías y Gonzalo Rojas.

Joan Usano no busca títulos particulares, los libros le llegan, se los encuentra. Uno de los últimos descubrimientos fueron unas pequeñas ediciones de George Steiner del Fondo de Cultura Económica: La idea de Europa y Diez posibles razones para la tristeza del pensamiento.

Para Joan no hay más templos sagrados que las librerías y bibliotecas: "Soy de la tradición de pensamiento que viene de Nietzsche, de los ateos, que creen que todo es una creación del hombre. ¿Y quién resume mejor eso? Los libros, es lo que trasciende, lo más importante", afirma convencido.

Ángelo Villavecchia: Ulises

Antes de su biblioteca actual, Ángelo Villavecchia tuvo otras, incluso cuando niño; casi todo se perdió por los cambios de hogar (incluido un período de vida en Ecuador y otro en Italia), y porque, hoy, se encarga de seleccionar lo que mantiene: el resto lo desecha, regala o presta. "Es una biblioteca que se va destruyendo y construyendo a cada rato", dice.

Su biblioteca actual se levanta en un espacio de tres por cuatro metros dedicado sólo a ello, que se completa con un sillón, un escritorio y un banquillo. No sabe cuántos libros tiene, sólo confiesa que son más de los que debiese y menos de los que quisiera.

La mayor parte de los textos los adquiere a través de la librería -muchos viajan desde el trabajo a su casa y viceversa-. La otra fuente son los viajes. En uno de ellos descubrió una de las joyitas que tiene: una edición de 1800 de La Divina Comedia en tres volúmenes que compró en Milán.

Aunque sus gustos cambian, Ángelo tiene algunos autores "querídisimos", como Franz Kafka y Günter Grass o "sus" rusos: Chéjov, Tolstoi, Dostoievsky y Turgueniev.

Si bien en la época de sus estudios de filosofía predominaba esa temática, hoy en su biblioteca se encuentra de todo: poesía, ensayo, literatura. No se ocupa en el coleccionismo, pero ahora que hay "un poquito más de poder adquisitivo" se ha vuelto más exquisito con la calidad de las ediciones. De todos modos, no es lo más importante: "No recuerdo un momento en mi vida en que no haya leído (...) En mi casa siempre ha habido y va a haber una biblioteca; cómo sean las ediciones, eso ya depende del momento en que estás", afirma.

Juan Aldea: Feria Chilena

Cuando Juan Aldea tenía 18 o 20 años, su gran ilusión era ser escritor; quería transmitirle a la sociedad pensamientos que -creía él- podían servirle. Pero se dio cuenta de que no tenía talento y tomó una decisión: "Voy a entrar a una actividad que pueda difundir el pensamiento de otros". Hoy, según afirma, trabaja con 70 mil títulos y vende 15 millones de dólares al año: preside la Feria Chilena del Libro.

El impulso ha sido también la vergüenza... la "vergüenza de no saber las cosas", confiesa. Hoy ese conocimiento lo pone a prueba con ¿Qué sé yo?, de María del Carmen Rodríguez. También se ocupa en textos que le enseñen una "filosofía de vida". Le gustó mucho El hombre en busca de sentido, de Viktor Frankl, o El factor confianza, de Stephen Covey: "Un libro que me hizo ver que los valores tradicionales, como la lealtad, no sirven si no existe la confianza", revela. Hoy está terminando Aún no ha sido todo dicho, de Cristián Warnken, un libro que para Aldea es "francamente emocionante".

Fuera de esa filosofía para la vida, las lecturas que más le atraen son las de política contingente y de megatendencias (para saber, por ejemplo, qué pasará con el libro en 15 años más). También de marketing y otros que lo ayudan con su negocio: "Me satisface ver que pienso lo mismo que el gurú de una materia, me doy cuenta de que estoy bien, de que no estoy equivocado". Y hay dos autores a los que se "devora" cada vez que publican: Milan Kundera y Sándor Marai.

En general, vuelve a las lecturas de los clásicos: Maquiavelo o El Arte de la guerra (que también aplica a su empresa), son dos casos. Como desafío personal quiere leer el Ulises, de James Joyce, y entre sus próximas lecturas está Gomorra, de Roberto Saviano, y El resto es silencio, de Carla Guelfelbein. Aunque no tiene incunables, sí puede lucir obras firmadas por Pablo Neruda, Jorge Edwards y Mario Vargas Llosa.

La biblioteca de Juan Aldea se alimenta de muchas de las muestras que le envían y de lo que le hacen llegar los jefes de la cadena de librerías (les tiene encargados los temas que le interesan). ¿Libros usados? Por ningún motivo, es una cuestión de higiene: "No sé si por formación o deformación mental, pienso en qué manos han estado, por qué baños han pasado, qué enfermedades... es como un billete usado", piensa.

Arturo Infante: Catalonia

Arturo Infante divide su vida entre su parcela y su trabajo en Santiago. Lo mismo pasa con su biblioteca; una parte está en su casa y la otra en su oficina, un espacio de cuatro por siete metros donde inmediatamente se destaca la pared ocupada por una estantería con los respectivos volúmenes.

Aunque en un primer momento parecen predominar libros útiles para su profesión (diccionarios, gramáticas, manuales), en el librero comienza a aparecer Adiós a todo eso, de Robert Graves -"me gustó mucho cuando lo leí"-; Los monederos falsos, de André Guide; los dos tomos de La guerra civil española, de Hugh Thomas -un libro "muy especial"-, y El libro del desasosiego, de Fernando Pessoa, un autor que Infante considera de cabecera y que -opina- es de esos que pueden tomarse en cualquier página.

Como tiene que leer mucho por necesidad profesional, cada vez son menos las lecturas por placer. De hecho, aún no decide qué se llevará para este verano; su preocupación es terminar de leer -antes de irse de vacaciones- lo que su labor de editor le impone. De todos modos, entre trabajo y trabajo se da el tiempo para tenderse en el bergere que tiene en su oficina -y que se transforma en cama- para ojear algo por puro gusto: "Como quien hace la cimarra, una transgresión que uno hace consigo mismo", dice.

Si bien hay algunos nuevos, casi todos sus volúmenes son viejos: la primera edición castellana de Gran Sertón: Veredas, de Joao Guimaraes, o una de 1976 de la Divina Comedia, de Dante Alighieri, entre otros.

Lee de todo: ensayo, novelas y poesía. Le gustan los cuentos: "Es como tomarse un helado, una degustación... un cuentito de Borges, Cortázar, Collier, Poe". Lo que está de moda lo pasa, salvo si se lo recomiendan. Una obra que descubrió tarde fue la de Gabriela Mistral, a quien -ahora- le gusta mucho volver a leer.

Infante es un partidario de las bibliotecas: "Lo rico de la biblioteca es que está viva, tienes una inquietud y te salta el libro; reivindico tenerla". La suya, en su oficina, incluye una vitrina justo frente a la mesa ovalada que está a un lado de su escritorio: "Trabajar con los libros debe ser el oficio más entretenido", apunta.
EL MERCURIO
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