domingo, enero 18, 2009

La autobiografía lectora de Michèle Petit ...Juan Domingo Argüelles


"Desde hace algunos años me resulta difícil congeniar –más por ellas que por mí– con las personas que sólo saben leer en los libros y no hallan ninguna lectura atractiva y apasionada en la existencia misma. Mis conceptos sobre la lectura, ni místicos ni misioneros, les parecen inaceptables. Es gente que, por principio, confunde pasión libresca con intolerancia, cree que todo lo valioso de la vida está únicamente en los libros y no alcanza a comprender que los mejores libros, y aun los peores, están hechos precisamente de vida.

A pesar de todo, entiendo a estas personas (que se sorprenden o se incomodan y a veces incluso se irritan con mis opiniones acerca del libro y la lectura), porque durante mucho tiempo yo fui como ellas y creí que la única vida que valía la pena vivirse sólo podía encontrarse en las páginas de los libros. Aun sin yo proponérmelo era un pedante, y un dogmático de la cultura libresca, al que hoy veo, a la distancia, con algo de pena, cierto grado de arrepentimiento y un poco de indulgencia."
"...

No leer, nada más, para acumular lecturas (así sean lecturas de grandes obras y de importantes autores), sino leer para que cada experiencia de lectura nos devuelva lo mejor de la existencia y nos haga sentir que la vida es maravillosa (aun con todos sus dolores, desdichas e inconvenientes) no sólo porque hay libros, sino porque esos libros no nos exigen apergaminarnos y encerrarnos en lo simplemente libresco; antes por el contrario nos prestan alas y libertad para salir a la fresca intemperie.

Idealmente, la mucha lectura de libros debería enseñarnos su verdadera utilidad que no es, por supuesto, la soberbia intelectual, sino la mayor capacidad de comprender y, con ello, de respetar las diferencias; en una palabra, ser más tolerantes con los que no son como nosotros. Lo que ocurre es que muchas personas están convencidas de que leer libros (y, sobre todo, leer muchos y “buenos libros”) les da supremacía no sólo intelectual, sino también moral frente a los demás mortales. Los libros no les han servido para atenuar, sino más bien para inflamar, esas extrañas ínfulas. Insólita y cruel paradoja de lectores instruidos y, se supone, racionales y sensibles: no comprenden y, por tanto, no respetan ni toleran, sino que vilipendian, al analfabeto y al que “no lee”. Los insultos, todos, que aplican a los “no lectores”, son sinónimos de bestia: asno, burro, jumento, animal y muchísimos otros aún menos “cordiales”. Ser lector no equivale a ser inteligente. ¿Cómo explicarnos esta sinrazón?"


Leer es, generalmente, un acto de soledad que sólo nos reivindica como especie si conseguimos que esa soledad se vuelva comunión con los otros y con el mundo que está más allá de las páginas de los libros. Esto es lo que vengo diciendo y escribiendo desde hace varios años, y es lo que no siempre comprenden los fundamentalistas librescos (como aquel que yo fui) que creen que lo más importante es lo que está en los libros y no lo que está en la vida (en nuestro pensamiento, en nuestro espíritu), con libros o sin libros. Para que el acto de leer un libro sea provechoso, esa lectura tiene que regresarnos con más ímpetu a la amplitud y vastedad de la existencia, y no enclaustrarnos en la estéril erudición o en el simple saber libresco, por muy profundo que éste sea.

No es que los libros no valgan la pena. Nunca he dicho ni escrito nada semejante ni lo diré jamás. (El gran problema de la lectura es que mucha gente lee sin leer y por ello entiende sólo lo que quiere entender: no lo que está en los libros, sino lo que ya está fijo, petrificado, en el búnker mental de sus “certezas”.) Lo que sí digo es que la vida siempre será mucho más rica y mucho más plena que los millones de libros que hay en el mundo, y que puede ser extraordinaria si le añadimos la experiencia afortunada de los libros, cuidando de no quedarnos, para siempre, enterrados y ciegos (como los topos), en las tibias y cómodas profundidades de la celulosa."

Tuvieron que pasar muchos años y varios cientos de libros para que yo alcanzara a saber que lo mejor que pueden hacer los libros por nosotros no es acumular obesidad impresa, sino animar y potenciar nuestra existencia, tornándola más ligera, menos pretenciosa y mucho menos arrogante y autoritaria."

Leyendo y releyendo Una infancia en el país de los libros, de Michèle Petit, en más de un momento me acordé de lo que sostiene Alessandro Baricco en uno de los ensayos más provocativos e inteligentes de su libro Tótem (“Queridos jóvenes, es mejor no leer”, 2003): quienes leemos y escribimos casi siempre provenimos de una herida no cicatrizada o de una derrota no siempre bien resuelta; quienes leemos y escribimos no estamos conformes con el mundo que nos ha tocado vivir y, por ello, tratamos de encontrar las respuestas en nuestra soledad en medio de los libros, adentro de las páginas.

Leemos, en realidad, para leernos, para encontrarnos, para saber de qué va la cosa y para poder entender nuestras debilidades e insatisfacciones. Dice Baricco, y dice bien: “Leer es siempre la revancha de alguien que en la vida fue ofendido, herido.” Y añade: “No sé si esto tiene alguna relación con la ‘humanidad ofendida', de la cual escribía Adorno. Sé que la gente de libros es, por lo general, gente que sufre.” De ahí que concluya que “leer libros es una forma inteligentísima de perder”.

LEER COMPLETO EN LA JORNADA :Juan Domingo Argüelles

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