Acerca del equívoco del placer de leer...Juan Domingo Argüelles



Independientemente de escribir, una buena parte de mi trabajo consiste en leer. Y lo hago con deleite, con gran placer. Pero hay quienes no entienden la frase el placer de leer, y de inmediato la rechazan. Afirman que quien lee no tiene que sentir placer, necesariamente.

Una afirmación así es declaración de frígidos. Expliquémonos: ¿alguien cree que se puede realizar, por voluntad propia, el acto sexual, sin placer alguno y con el único propósito de engendrar y concebir un hijo? Salvo excepciones clínicas (dignas de un estudio de Oliver W. Sacks), sería casi imposible.

Primero es el placer, y el hijo (si nace) será sólo la consecuencia. Leemos por placer y la consecuencia es que ampliamos nuestro conocimiento, moderamos ignorancias, obtenemos un poquito de saber, etcétera. No leemos para ser mejores; ésta es la consecuencia. No hacemos el amor para procrear; ésta es la consecuencia.

Quienes creen lo contrario están más cerca del dogma eclesiástico que de la libertad: la ablación del placer al servicio de la concepción aséptica y la progenie. Ello, en cuanto al sexo. En el caso de la lectura, ¿cómo leer voluntariamente un libro, de la materia que sea, sin un grado de placer?

El físico, el químico, el astrónomo, el matemático, etcétera, y no sólo el literato y el poeta, sienten placer por lo que hacen (investigar, experimentar, analizar, reflexionar, observar, buscar), independientemente de la utilidad de sus quehaceres. Saben que en lo que hacen hay una utilidad, pero no lo hacen nada más por eso, sino por el placer que obtienen al hacerlo y, si leen libros de su interés, algún placer obtienen de ello. ¿O acaso lo hacen, siempre enfurecidos, deseando sólo mandar al diablo todo eso?

Es triste que la gente no comprenda el significado del placer de leer. Los mismos profesionales del libro (investigadores, profesores, bibliotecarios, críticos) a veces no lo comprenden, como la insípida y orgullosa estudiante de Literatura Inglesa de la Universidad de Oxford que le respondió lo siguiente a Stephen Vizinczey cuando éste le preguntó si le había gustado cierto libro: “¡No leo para sacar gusto, leo para evaluar!”

Esta respuesta es típica del género de profesionistas que produce la enseñanza escolarizada concebida como un simple trámite: los estudiantes extraen el disfrute no de su presente, sino de la ilusión del futuro que imaginan alcanzar si se resignan a sufrir, entre otras cosas, la lectura de libros en aras del título, el diploma y el éxito.

Sin embargo, el psicoanálisis mostró que somos en gran medida hijos de la pulsión placentera, el sadomasoquista incluido, pues éste (llámese, en el caso de la lectura, profesor, estudiante o crítico literario) halla deleite en el dolor y en el asco. Y, mucho antes, Blaise Pascal enunció esta verdad básica: “Todos los hombres buscan la felicidad: hasta los que se ahorcan.” Lo que sucede es que no todos encuentran la felicidad en los libros.

En conclusión, es falso que haya lectores que no gozan lo que, voluntariamente, leen. Si no son burócratas de la lectura (que leen sólo por la paga), lanzarán lejos el libro que no les causa placer. Leer por obligación es mala cosa. En cambio, Ricardo Garibay, lujurioso lector, dijo: “Hay una época de la vida en que la lectura se convierte en obsesión”, y habla del gran deleite que experimenta al encontrar “la poesía incrustándose de modo natural en la prosa”. ¿Quién que haya leído con placer Pedro Páramo o Cien años de soledad no sintió en algún momento en esas páginas el febril aleteo de la poesía?

En el caso del verso, quizá el deleite es más que previsible, pero el placer de la lectura no tiene que ver nada más con literatura y lirismo. Hans Magnus Enzensberger ha escrito poemas sobre ciencia que son un deleite, incluso para los simples profanos que no entendemos mucho de eso, pero sí del placer de leer que es, también, el placer de saber, de conocer, de sentir, de añadir algo a nuestra vida: ese deleite.

Un lector autónomo (al que nadie obliga a leer) que llegase a declararse falto de placer en lo que lee, es alguien que está reconociendo alguna penosa anomalía: frigidez, anorexia. Lo que no se entiende es por qué no deja de hacerlo, lo cual, quizá, nos lleva a una conclusión no menos clínica: su trastorno bien puede ser un placer disfrazado de hastío. De otro modo, se arrojan los libros por la ventana y se busca el placer en otro lado.

LA JORNADA

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