sábado, diciembre 13, 2008

La bloguera cubana Yoani Sánchez sus comentarios sobre el libro en Cuba


¿Quiénes les temen a los libros?

Noche de sábado y acumulo bostezos frente a un aburrido thriller de policías y delincuentes. Suena el teléfono y es Adolfo, todavía tras las rejas desde que una pataleta del poder lo condenara en la Primavera Negra del 2003. Se le oye agitado. Unos carceleros, cuasi-analfabetos, le impiden recibir los libros y revistas que le llevó su esposa en la última visita. La lista de los “peligrosos” textos retenidos incluye las publicaciones católicas Palabra Nueva, Espacio Laical y unas reflexiones espirituales de San Agustín. Sus compañeros de causa, Pedro Argüelles Morán y Antonio Ramón Díaz Sánchez, se le han unido para presionar de la única forma que pueden: rechazar el magro sustento que ponen sobre sus bandejas. Hasta que no les dejen pasar el alimento de las letras, evitarán la insípida ración que los mantiene vivos.

La desconfianza que provocan los libros entre los guardianes de la prisión de Canaleta me ha recordado al colombiano Jorge Zalamea y su poema-novelado “El Gran Burundún Burundá ha muerto”. Un dictador, temeroso del lenguaje articulado, condena a sus súbditos a un mundo sin comunicación y sin literatura. Para hacer que se cumpla su mandato de silencio, recluta a todos aquellos a quienes ofende la palabra. Convoca, para formar sus huestes de censores, a “los incapaces de fervor, a los que carecen de imaginación, a los que jamás se hablaron a sí mismos, (…) a los que pegan a las bestias y a los niños cuando no entienden sus miradas…”.

Los peones que hoy retienen los libros de Adolfo forman parte de esas mismas falanges de interventores iletrados. Carceleros de la expresión, intuyen –tal y como lo comprendiera el Gran Burundún- que la condición humana y “la rebeldía que la sigue, tienen su fundación en la palabra articulada”. Sospechan que cuando Adolfo, Pedro y Antonio se sumergen en un ensayo o en un cuento los barrotes se esfuman, la cárcel se aleja y logran sacudirse sus enormes condenas. La “instrucción” recibida por los guardianes de las cárceles cubanas les alcanza para saber que un libro es algo extremadamente peligroso.

La larga lista de los excluidos

Durante este fin de semana se desarrolló en la ciudad una feria de venta de libros. Una buena idea para salir del marasmo cultural que desde fines del verano cubre a La Habana. El Paseo del Prado y las áreas alrededor del Capitolio se llenaron de carpas, música y de un público deseoso de ver nuevos títulos y alarmado ante el elevado costo del “vicio de leer”.

Me paseé un par de horas por entre los kioscos y comprobé el gran por ciento de reediciones que adornaban los anaqueles. También volví a notar a los ausentes, a los que no se mencionan, a los escritores cubanos que han pasado, en más de cuarenta años, a engrosar la lista de los “prohibidos”. La selección entre quién puede ser leído en Cuba y quién no, forma parte de la política cultural y fue justamente el tema que nutrió la polémica intelectual ocurrida entre enero y febrero de este año.

En esta isla –tocada por el genio de la literatura- camino por una feria de libros y no veo el nombre de Cabrera Infante, ni el de Jesús Díaz, mucho menos el de Heberto Padilla o Lino Novás Calvo. Le pregunto a una joven vendedora si tiene algo de Eliseo Alberto Diego y me responde encogiéndose de hombros, sin saber qué decir. Tampoco percibo al genio inquieto de Reinaldo Arenas y poco, muy poco, al agudo criterio de Mañach.

Alguien ha mutilado lo que debí haber leído. Desde detrás de un buró me han vedado las páginas que me pertenecen por el mero hecho de haber nacido aquí. Libros y más libros que no he visto y que pesan -con su ausencia- sobre mí.

Vuelvo a mi casa y me alegra que mi biblioteca no conozca de exclusiones, no esté dividida por colores políticos ni por criterios extraliterarios como “traición” o “incondicionalidad”.

En la acción diaria de ordenar mis libros se ejercita mi tolerancia y sale burlada la censura.

Tarde de textos y disgustos

Ayer me fui a la Feria Internacional del Libro en la fortaleza de la Cabaña, al este de La Habana. Gracias a un lector de este Blog, que me regaló algunos títulos de su pequeña editorial española, pude salir con algo en las manos. Los precios en pesos convertibles me convencieron de no comprar nada, mientras creía reconocer -entre las ofertas en pesos cubanos- sextas o séptimas reediciones de Alejandro Dumas y Emilio Salgari.

Ciertos pabellones repletos de gente, mientras que otros, especialmente las editoriales con temática política y social, significativamente vacíos. La atracción principal eran los pequeños cuadernos para colorear o los libros infantiles con llamativos personajes a lo Disney; y los stands menos visitados aquellos de discursos, consignas y utopías de las que ya estamos saturados cada día.

Sin embargo, no fueron los libros los que me proveyeron de la experiencia más intensa de esa jornada, sino la escurridiza Internet o la “balsa virtual” como la llaman algunos. Resulta que ETECSA ha colocado muy cerca de la entrada principal un Telepunto para vender tarjetas, llamar por teléfono y acceder a la red de redes. El año pasado ya había hecho el intento de sentarme frente a uno de los teclados, pero me aclararon “enérgicamente” que era sólo para extranjeros. Con la ilusión de que esta vez el apartheid fuera cosa del pasado, volví a intentarlo. Una elegante vendedora, que parecía llevar sobre sí varios postgrados de marketing y gestión de ventas, me hizo bajar de mi nube al pedirme el pasaporte o la tarjeta de turista.

No puedo entender que en un espacio para la lectura y el conocimiento -como debe ser una feria de libros- exista una zona vedada para los que ostenta determinado “origen nacional”. Si encima de eso el “área restringida” es la puerta a esa gran biblioteca, hemeroteca y enciclopedia que es Internet, entonces todo se me vuelve más absurdo. Cómo se puede, en un mismo recinto, fomentar la lectura y evitar el acceso a la información; vender libros y censurar páginas web; potenciar las palabras y no dejarnos entrar a un chat; vender diccionarios y no permitir que consultemos Wikipedia.

El incidente me hizo evocar los enormes volúmenes -en la parte más alta del librero- que mi padre me prohibía hojear cuando era niña. Como uno de esos libros inaccesibles y por ende “irresistibles” me ha parecido ayer Internet y, nosotros los cubanos, como perennes infantes a los que no se les puede dejar leer sus páginas.

A propósito de la visita de Raúl Castro a Venezuela...

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