Lectores, espectadores e internautas



Me seduce la extrema calma del silencio y la lectura de los buenos libros. Pero disfruto igualmente los conciertos de rock y el cine en DVD. Me paseo y consulto diariamente en Internet decenas de diarios, semanarios, revistas, blogs, enciclopedias, exposiciones de fotografía o pintura. Descargo y escucho música. Elimino a lo largo del día más de 30 correos “basura”. Compro libros en tiendas virtuales. Edito un blog cuya administración es tan adictiva como una droga; allí coloco textos e imágenes, me convierto en un empírico diseñador e interactúo con otros colegas.
¿Qué significa ser lector, espectador e internauta? ¿Cuáles son los hábitos culturales de una persona en la que concurren estas tres actividades? ¿Está peleada la lectura, como nos han hecho creer, con la televisión? ¿Qué significa leer en la era digital? ¿Un espectador o televidente que prefiere ver cine en la comodidad de su casa, es necesariamente un individuo banal? Estas son algunas de las muchas preguntas que se plantea el antropólogo Néstor García Canclini (Argentina, 1939) en este libro, armado a la manera de un diccionario: de la “A” de Apertura hasta la “Z” de Zapping. Temas sobre los que ha venido reflexionando desde hace años en otros textos, sobre todo en Diferentes, desiguales y desconectados: mapas de la interculturalidad (2004).
Cada vez más los editores de los diarios piden a sus reseñistas de libros, cine, música o espectáculos que hagan sus comentarios en una cuartilla o cuartilla y media. Que dejen descansar al “lector”. Pero, ¿de qué lector hablan? Sin duda de uno muy diferente al del siglo 19 o principios del 20, que leía reseñas literarias de 10 páginas en los diarios y conocía tanto de libros como de autores. De uno diferente al que han pensado autores como Roger Chartier, Umberto Eco, Macedonio Fernández, Ricardo Piglia o Alberto Manguel, o que han novelado otros como Miguel de Cervantes y Flaubert.
Se trata del lector-espectador-internauta del siglo 21. “Un actor multimodal que lee, ve, escucha y combina materiales diversos, procedentes de la lectura y de los espectáculos”. Que lee más en Internet que en papel. Que pasa mucho más tiempo conectado a la red (muchas veces leyendo) que frente a un gran libro.
Nunca antes, comenta García Canclini, se habían visto tantas películas y leído tantos libros o revistas como en la era digital. El problema es que la llave de acceso a las artes o al consumo de los bienes culturales ya no depende de los que saben y conocen de arte, sino que ahora está en manos de las grandes empresas que se fusionan para vender, simultáneamente, libros, juguetes, espectáculos, diarios, perfumes, comida, café, música, películas, etcétera; y a quienes no les interesa la calidad sino los números.
En un contexto internacional en el que el Estado retrocede frente al avance incontrolado del mercado, “las políticas culturales se repliegan en una escena predigital”. Sólo buscan formar lectores tradicionales y espectadores de artes visuales. “Mientras que la industria está uniendo los lenguajes y combinando los espacios: se hacen libros y también audiolibros, se hace cine para las salas y para el sofá y el móvil”. Se montan espectáculos en el teatro pero se vende el Cascanueces en DVD. Podríamos apagar el televisor para no perjudicar nuestra monacal y obsoleta tradición de aristócratas intelectuales; pero podríamos dejarlo encendido y disfrutar del gran cine, de exquisitos conciertos o de memorables documentales sobre la vida de un artista.
Claro, también está la inmensa basura de cierto “entretenimiento”, sobre todo en la web y la televisión. Y aquí García Canclini, como lo hace Zygmunt Bauman en Los retos de la educación en la modernidad líquida (2007), subraya el riesgo de la saturación informativa y la falta (muy democrática, eso sí) de juicios críticos de calidad que regulen ese diálogo interactivo entre la imagen, el texto y el sonido. Este es el riesgo. Pero cada vez es más difícil vivir desconectado


"Para que no sean unas pocas empresas las que controlen lo que leemos, vemos y escuchamos ¿No sería mejor abolir el copyright?”

“La organización en redes hace posible ejercer la ciudadanía más allá de lo que la modernidad ilustrada y audiovisual fomentó para los votantes, los lectores y los espectadores. Se está difundiendo diariamente información electrónica alternativa que trasciende los territorios nacionales y se desmienten en miles de webs, blogs y correos electrónicos los argumentos falsos con los que los gobernantes “justifican” las guerras hasta el punto de que la radio y la televisión , que repetían el engaño, se ven obligadas, a veces, a reconocerlo. Comprendemos un poco mejor las conexiones entre lo próximo y lo lejano. Mientras, los nuevos medios generan retos para los cuales la mayoría de los ciudadanos no está entrenado: como usar el software libre o proteger la privacidad en el mundo digital. ¿Qué hay que hacer para que las brechas en el acceso no agraven las desigualdades históricas entre naciones o etnias, campo y ciudad, niveles económicos y educativos?”
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