Gustavo Valle gana Bienal de Novela Adriano González León


Hay mucha gente buscando a otra gente y eso se siente, de verdad que se siente", son las primeras palabras de Bajo Tierra, novela del escritor venezolano radicado en Buenos Aires, Gustavo Valle, que resultó ganadora de la III Edición de la Bienal de Novela Adriano González León, según lo dio a conocer el jurado del certamen, durante una rueda de prensa que se llevó a cabo en la mañana de hoy en la sede del Grupo de Empresas Econoinvest. En dicha rueda de prensa estuvieron presentes los miembros del jurado: Oscar Collazos (Colombia), Ariel Magnus (Argentina) y los venezolanos Rafael Castillo Zapata, Michaelle Ascencio y Alberto Barrera Tyzska, acompañados de representantes de los entes organizadores: Herman Sifontes (Econoinvest), Edda Armas (Pen de Venezuela) y César García (Norma de Venezuela), y en la misma dieron lectura al veredicto, procediendo a abrir la plica ganadora, resultando ser el ensayista, cronista y poeta Gustavo Valle.
Según palabras de los miembros del jurado, Bajo tierra es una especie de alegoría de una Caracas infernal en la que sus habitantes viven en las entrañas de la tierra y la misma, "comienza con una catástrofe y termina con otra. En el principio está el terremoto de Caracas en 1967 y en el final el deslave de La Guaira en 1999. Dos catástrofes telúricas que limitan los extremos de una historia en la que la ciudad de Caracas es a la vez un pretexto y un elemento fundamental de la trama". Bajo este marco, un Telémaco posmoderno comienza la aventura de la búsqueda de su padre por el laberinto de unas inesperadas catacumbas caraqueñas.
Gustavo Valle nació en Caracas en 1967. Es licenciado en Letras por la Universidad Central de Venezuela, donde fue profesor del Departamento de Literatura Venezolana y Latinoamericana. Cursó el Doctorado de Literatura Hispanoamericana en la Universidad Complutense de Madrid. Colabora habitualmente para la edición española de la revista Letras Libres y para diversos medios internacionales, así como para diversos sitios digitales como Ficción Breve Venezolana y Los Hermanos Chang. Ha publicado los poemarios: Materia de otro mundo (2003) y Ciudad imaginaria (2006). Asímismo, compiló sus crónicas urbanas y de viajes en La paradoja de Itaca (2005) y es autor de un guión de largometraje que permanece inédito: Hotel Residencia Blues. Es autor del blog The Cuatreros ( http://thecuatreros.blogspot.com ). Bajo tierra es su primera novela.
Tomamos de su blog.
"Para escribir no hacen falta muchos libros, ¿o sí?

El otro día estuvo un amigo por casa y al entrar a mi estudio me dijo:

-¡Ah, pero no tienes tantos libros!

Estaba sorprendido de que mis libros apenas llenasen la biblioteca que ocupa la esquina al lado de la ventana. Es una biblioteca bastante modesta pero alta, hecha con ménsulas metálicas y anaqueles de madera aglomerada que me tomó dos días instalar. Al escuchar a mi amigo, volví la mirada hacia mi stock libresco y dije:
-Todavía tengo libros en Madrid, en cajas, y en Caracas hay un montón.
Lo cual es cierto, pero me di cuenta que estaba tratando de justificar el hecho de que no tuviese muchos libros conmigo. Me avergoncé, ahora veo, de ser un escritor con pocos libros en su biblioteca.
Antes tenía muchos más, y creo que el dramático descenso de inventario responde a:
1) Los viajes, las mudanzas, los desplazamientos que atentan contra la acumulación de libros y de cualquier otra cosa. 2) Me he vuelto más selectivo a la hora de comprar libros. 3) Voy con bastante frecuencia a la biblioteca. 4) Cometo el delito de prestar libros, y para colmo soy reincidente. 5) Cada vez leo más en pantalla. 6) Suelo repetir aquellaboutade del gran Samuel Johnson -¿o fue Pope, o fue Schopenhauer?-- “si mucho lees poco escribes”.
Antes de los treinta años yo soñaba con un hogar repleto de libros. Cuando me imaginaba una casa propia, sólo podía ver en sus paredes libros por todas partes, libros del suelo el techo. Pero los treinta me sorprendieron con sucesivos traslados, cambios de domicilio y trashumancia frenética, de modo que ni hubo casa propia por aquella época ni compré muchos libros (la plata me la gasté en pasajes aéreos).

A parte de esto, me he dado cuenta de otra cosa: he ido perdiendo el fetichismo por el libro. Quiero decir, antes los trataba como si fuesen piezas de museo y me horrorizaba verlos subrayados, con las páginas dobladas, o con un taza de café encima. Y cuando los subrayaba lo hacía con trazo fino, preferiblemente de lápiz, con la esperanza de que no quedaran huellas, de que llegaran, nuevamente limpios, al más allá.
Pero ahora los trato sin ninguna clemencia, los rayo con trazo grueso de bolígrafo, de creyón, de marcador, de lo que tenga a mano. A veces utilizo sus páginas como libreta improvisada y anoto estupideces, teléfonos, direcciones, listas de compra o efectúo temblorosas cuentas matemáticas. Suelo dejarlos abiertos boca abajo, con las páginas aplastadas, y muchos han sufrido las consecuencias de algún derramamiento doméstico. Cuando los tengo en mis manos, sobre todo mientras los leo, me invade la manía de probar su flexibilidad, entonces los abro en espagat, interrogo sus tendones brutalmente, quizás con la esperanza de que, si son fuertes, puedan acompañarme para toda la vida."
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