domingo, septiembre 21, 2008

El libro es el milagro de la comunión: Rogelio Guedea



"Según Gabriel Zaid, son demasiados. Pero, según yo, siempre serán necesarios y nunca bastantes. Las nuevas realidades nos exigirán siempre nuevos libros que nos las interpre-ten, nos las muestren, no las hagan sentir. Caballero Bonald, el escritor y poeta español, decía que las nuevas realidades siempre buscarán nuevas maneras de manifestarse. Y yo estoy convencido de ello. Por eso, mientras haya mundo, y mientras sea el movimiento, el cambio, una de las características del ser mismo del hombre, habrá libros."

:¿Qué opinión le merece la afirmación de Augusto Monterroso: «Poeta: no regales tu li-bro, quémalo tú mismo»

RG:Como decía García Márquez, hay que tener mucho cuidado con la ironía monterroseana, porque si tomamos en cuenta el significado real del término ironía, nos daremos cuenta de que con la ironía se nos quiere decir totalmente lo opuesto a lo que realmente se nos está diciendo. Sabemos que Monterroso tenía pudor por publicar. Sólo recordemos su fá-bula del Zorro aparecida en La oveja negra y otras fábulas. No me queda duda de que el Zorro es el alter ego de Monterroso. Ahora bien, la frase podría tener muchas lecturas. La más evidente, y la que asocio con la lectura, que es el tema de mi libro Oficio: leer, es la que nos habla del desdén por la lectura. Y más tratándose de poesía. ¿Quién lee libros de poesía? ¿Quién compra libros de poesía? Monterroso parece decirnos que ni aunque nos los regalen somos capaces de leer un libro de poesía. Me temo, por cierto, que en muchas ocasiones es así.

CL: ¿Cuál fue el libro crucial que lo marcó en su camino de lector?, ¿cuál para ser escritor?RG:No fue un libro sino una enciclopedia: El tesoro de la juventud, que contenía muchos te-mas que a mí me interesaban, desde poemas hasta experimentos científicos. El primer libro que me marcó como escritor fue, sin duda, Versos y oraciones de caminante, de León Felipe. Pero específicamente un poema: «Qué lástima!», que aprendí de memoria y que declamé en muchos concursos de declamación, obteniendo, afortunadamente, siem-pre el primer lugar. Y eso que fui, como muchos, un declamador sin maestro.

CL:¿Por qué otra actividad cambiaría su oficio de lector?RG: No sé si cambiaría mi oficio de lector. Pero sí sé, por lo menos, que me gustaría agregar una actividad que siempre he querido hacer en mi vida y que hice y disfruté cuando me fui de la casa, hace ya más de 18 años. Esta actividad es conducir un tráiler. Me gustaría, aunque sea alguna vez en mi vida, ser un chofer de tráiler y recorrer gran parte de Lati-noamérica. Carreteras y moteles de paso. Moteles de paso y carreteras. Poblados peque-ños. Ciudades. Paraderos. Mujeres diferentes con diferentes destinos. Siempre el movi-miento, el cambio. Siempre ser otro sin dejar de ser el mismo. Todo esto con una buena pila de libros por compañía, por supuesto.

CL: ¿Cuál es su libro de cabecera?RG: No tengo libro de cabecera. O más bien: mi biblioteca es mi libro de cabecera. Siempre estoy leyéndola, abriéndola en cualquier parte, como si fuera, en realidad, un gran y único libro, hecho por mí. Porque una biblioteca es una especie de antología que nosotros hacemos al capricho de nuestro gusto y que se convierte, pronto, en nosotros mismos. Por eso no hay dos bibliotecas iguales, como no hay dos lectores iguales. La mía la he estado haciendo y rehaciendo desde hace 17 años, que fue cuando empecé a comprar libros de forma sistemática. Ni un libro me sobra y sí me faltan todos, porque para un lector de la especie que soy yo creo que no hay biblioteca en el mundo que alcance. Una de las cosas que más disfruto es precisamente abrir mi biblioteca en cualquier parte (libros de poesía, de crónica, de historia, de filosofía, de narrativa) y leer un fragmento por ahí, otro por allá, y luego irme a la cama llevándome el último pensamiento, la última palabra del úl-timo libro que leí.

CL: ¿Qué libros leería de pie, cuáles sentado y cuáles se llevaría a la cama para dormir?RG:Bueno, nadie olvida a don José Vasconcelos. Curiosamente, yo leo mucha poesía de pie. Como vengo de una tradición declamatoria, casi siempre leo la poesía de pie, andando de un lado a otro, y en voz alta. Los poetas que siempre releo son, obviamente, César Valle-jo, Propercio (en la traducción de Rubén Bonifaz Nuño), el mismo Rubén Bonifaz Nuño, Jaime Sabines, Pablo Neruda (aunque ya un poco menos), Juan Gelman... Los libros que leo sentado son, yo creo, y ahora que lo pienso, los de ensayo. Los de ensayo sobre poe-sía, sobre todo. Ocupan mucho mi concentración, así que siempre estoy como aguzando la inteligencia, en una postura más bien alerta. Al lado de mi cama siempre tengo libros de narrativa. Algo más suave, a saber. Ahora mismo estoy leyendo una novela de Coetzee titulada Desgracia. Hasta ahorita va bien, me entretiene, el escritor sabe dar lo propio en cada capítulo, y no es nada evidente. Pero también leo los Notebooks, de Samuel Butler, que, por cierto, estoy traduciendo al español, y que son exquisitos, bellísimos. Ojalá en-cuentren en México un excelente editor (como tú mismo) que quiera publicarlos. Ya no hay que pagar nada de derechos de autor, lo cual nos evita esa a veces resistencia que se convierte en un suplicio para quien desea ver un autor extranjero editado a su propia lengua.

CL: Después de leer un libro, ¿usted siente temblor en el cuerpo, regocijo, dolor, risa, ganas de morir, de hincarse y entablar comunión con el cosmos, de nacer de nuevo?RG: Yo creo que eso depende, obviamente, del libro que uno lea. De si ese libro conecta en determinado momento con alguna de nuestras fibras más íntimas. Hay palabras, frases, escenas, versos, que nos dan la posibilidad de, efectivamente, regocijarnos, o nacer de nuevo, como tú dices. Pero, sinceramente, cada vez son más pocos los libros en los que encuentro ese placer que refieres. No sé qué sucede. Es una cuestión química. Una quí-mica del lenguaje y la sensibilidad. Para que se dé la comunicación real entre un autor y un lector, a través de un libro, tienen que haber ambos vivido en una fecha precisa y a una hora exacta una experiencia extrema similar. Y entonces se da el encuentro. Entonces se produce el milagro. Y todo cambia. Todo se transforma. El autor, el que escribió ese li-bro, es otro, se convierte en otro en la medida en que lo modifica su lector, y el lector, asimismo, es otro, se convierte en otro en la medida en que es modificado por el autor. El libro es el encuentro, el puente, el paradero. El libro es la cita donde dos, que antes estaban solos, encuentran compañía. No hay soledad, no hay distancia infranqueable. Es el milagro de la comunión.

CL: «Que otros se jacten de las páginas que han escrito, a mí me enorgullecen las que he leí-do», sentenció Borges. ¿Por qué muchos hacen caso omiso de estas sabias palabras? RG: Bueno, es un acto de humildad. Y sin humildad no hay obra de arte verdadera. Difícil de entender, pero así es. La humildad es como el temor de Dios. Es el respeto al Sr. Lengua-je. Sólo de esta manera recibimos el verdadero don de la palabra, su beatitud. Sin duda, todo empieza por la lectura. Cuando nacemos, lo primero que hacemos es abrir los ojos, espantados. Lo primero que hacemos es ver, leer el mundo. Ya después se nos da el don de la palabra, que nos viene llegando poco a poco. Y ya después viene la escritura, que llega también a su paso y momento. Pero leer, el acto mismo de leer, nos remite al acto mismo de abrir los ojos, de ver y de leer el mundo. Por eso en mi libro Oficio:leer hago esa referencia del mundo como el gran y único libro que vale la pena leer.

CL:¿Cómo se ve el poeta de Los dolores de la carne con el de Oficio: leer?RG: Siguiendo a Borges, diría que soy esencialmente el mismo. Con más lecturas, sí, con más pericia a la hora de escribir, también. Pero humanamente el mismo. Tal vez ahora soy más consciente del valor de la amistad (tú mismo, Carlos, sabes que eres de mis amigos más entrañables), el valor de la humildad, el valor de la solidaridad, el valor de la hones-tidad. En fin, el valor de la virtud. Yo siempre asocio —quizá es una deformidad intelec-tual que tengo— lo ético a lo estético. Por eso no concibo que alguien pueda ser misera-ble después de haber leído a, digamos, Homero, a Cervantes, a Montaigne. Si los libros, de la clase que sea, no nos sirven para ser mejores personas, ¿entonces para qué han de servirnos? Porque para hacer dinero lo mejor es atracar un banco o tener un pariente po-deroso que trabaje en el gobierno, pero no leyendo libros ni vendiendo libros (aunque ya sabemos que hay sus grandes excepciones). Quiero decir que soy el mismo, y que con más o menos libros escritos, y con más o menos libros leídos, siempre trato de conservar una, digamos, inocencia, una ingenuidad, una generosidad y un profundo agradecimiento por todo lo que la vida me ha dado.

CL:¿Imagina un mundo sin nada nuevo que leer? ¿Imagina otro donde se lea sólo a los clá-sicos? ¿Quién determina a éstos?RG:En realidad me es sumamente difícil imaginar un mundo sin nada nuevo que leer. No puedo. ¿Cómo poder levantarme un día sabiendo que no podré ir en la tarde, después del trabajo diario, a meterme a una librería a ver las novedades del día? ¿Cómo borrarme el deseo de hurgar en los cerros de libros de las librerías de viejo y perder el resto del día hojeando aquí y allá? Lo de los clásicos me parece todavía un libro más habitable. Yo soy lector, por ejemplo, de muchos clásicos, de los Diálogos, de Platón, de la Ética a Nicó-maco, de Aristóteles, de las Confesiones, de San Agustín, a quien mucho les sorprenderá la vida tan desordenada que tuvo. Y también de Séneca y de Cicerón, de Montaigne y de Baltasar Gracián. Y también de clásicos actuales, vivos, como los que ya todos conoce-mos. Mencionaste a Monterroso y vuelvo a él porque en él encuentro precisamente esta fusión de lo clásico y lo moderno. Por eso en alguna parte escribí que no recuerdo si fue gracias a Monterroso por lo que llegué a los clásicos o gracias a los clásicos por lo que llegué a Monterroso. Vasos comunicantes siempre. La literatura nueva renueva a la vieja porque ofrece nuevas herramientas para leerla y la literatura vieja renueva a la nueva por-que ofrece a su vez nuevas herramientas para hacerla evolucionar. Como en la vida del hombre, el pasado nos sirve para corregir nuestro porvenir. Y, muchas veces, se vuelve nuestro porvenir mismo.

Periódico Ecos de la Costa, 18 de mayo de 2008, http://www.ecosdelacosta.com/.
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