Los libros no leídos


"Las razones que explican esta falta de avidez por los libros representan un rosario multivariado. En primer lugar, hoy los libros compiten poco y mal con un juego de video que tiene la propiedad de producir epilepsia fulminante en un niño de once años. Por otro lado, las escuelas mexicanas cuentan con un lastre impresionante; una especie endémica conocida genéricamente como “maestro” que ayuda poco. Quien haya presenciado las manifestaciones docentes en los últimos años tendrá que convenir conmigo en que si la esperanza de que nuestras criaturas lean está depositada en estos mentores, podemos esperar cómodamente sentados a que esto ocurra hasta el devenir de la noche de los tiempos. Un tercer elemento ya no se vincula con cuánto se lee, sino con lo que se lee, y ahí el panorama tampoco es muy esperanzador. Es claro que el milenarismo y la autoayuda han llegado para quedarse y que la producción literaria con algún destino comercial se basa en títulos como: “manual del seductor infalible”, “cómo bajar veinte kilos comiendo machitos” o “guía práctica para conectarse con el más allá.” Por supuesto no seré yo quien cuestione estas preferencias, ya que mucha bilis han invertido nues-tros analistas en demostrar que esta basura efectivamente lo es."

"Cualquier persona que no sea imbécil debería entender que, ante este panorama desolador, la industria editorial tendría que aplicar un principio de eficacia para tratar de atenuar los posibles daños. La sor-presa es que esto —que parece lógico— escapa de cualquier control en el preciso momento en que se inicia el proceso que, como se sabe, arranca con un señor viendo al cielo frente a una pantalla en blanco y buscando inspiración."

Quizás el momento más sencillo de esta maquinaria productiva es el de escribir un libro; para ello basta una idea, alguien medianamente lúcido que tenga algo que decir y una cierta disciplina para armarlo de manera legible. Acto seguido empieza un proceso muy parecido al Rosario de Amozoc. El escritor acude con su manuscrito a una casa editorial (que normalmente lo recibe como los aborígenes al capitán Cook) y entonces el editor dice, lacónico: “nosotros le avisamos.” En ese momento empieza la fase de dictamen (que puede durar una era geológica), por medio de la cual la casa editora le da a leer a un señor, que asumimos experto en las reacciones del público, el libro de marras. En el mayor número de los casos el dictamen es negativo, pero de cuando en cuando y para sorpresa del autor se le dice que sí. Éste se embriaga con sus amigos, festeja y si le va bien se gasta los cinco mil pesos de regalías anticipadas que recibió.

Acto seguido la editorial imprime el texto (normalmente tres mil ejemplares) e inicia una campaña de mercadotecnia que tiene la eficacia de un rifle de municiones; si hay recursos (nunca los hay) se invita a una presentación del libro donde cuates y gorrones se enteran de algo que ya sabían; se ha publicado un libro. Sin embargo, las fuentes culturales difícilmente abrevan de estos ágapes y la promoción se reduce a una notita invisible. Una segunda estrategia es hacer una gira de medios en la que de acuerdo con las posibilidades del editor se agendan entrevistas con el autor. Lo más probable es que se logre una charla en la radio a las tres de la mañana con un locutor que no sólo no leyó el libro, sino que difícilmente entiende cómo la vida lo puso en la circunstancia de entrevistar a alguien que no tiene el gusto de conocer.

El tercer paso de este desastre ocurre con un concepto elemental; la distribución. Uno pensaría que una prioridad del editor es poner rápidamente todos los libros a la venta en el menor tiempo posible ya que de eso se trata el negocio (pensar de otra manera supondría un talento comercial equivalente al de Capulina). Sin embargo, cuando se llega a buscar un libro (la estrategia más ignominiosa pero la más eficaz es buscar uno propio) invariablemente se encuentra con la respuesta del librero en el sentido de que a] “está agotado” o b] “no ha llegado.” La primera sería una noticia estupenda en el caso de que fuera cierta pero no lo es; esto es comprobable con el cobro de regalías que suelen ascender a cuatrocientos pesos gracias a los catorce volúmenes que se vendieron en los seis últimos meses. La segunda es altamente probable y se basa en una ecuación donde los libreros (poco informados y mal preparados) deciden qué adquirir en condiciones frecuentemente leoninas. Los editores en consecuen-cia se quejan de este trato y hacen poco por remediarlo. El resultado final puede ser de grand guignol, ya que en muchos casos los libros ya reseñados no se encuentran aún en las librerías o, peor aún, libros que llevan meses sin promoción alguna son anunciados por sus autores como una “novedad que ha sido muy bien recibida.” Es el caso reciente de un señor que reseñé en estas páginas y que lucía patético hablando de lo bien que le iba a un libro bastante malo.

Veamos: una industria comercial, cualquiera que ésta sea, tendría que promover el mayor éxito posible dentro de su gremio. De cuando en cuando escucho quejas por la falta de apoyos gubernamentales a las tareas editoriales que, si bien pueden ser acreditables, se disipan ante esta especie de harakiri en contra de que un libro llegue a un lector cerrando un círculo virtuoso. Las pistas para salir de este atolladero las podría entender cualquiera que no fuera idiota. Todo libro requiere cierta promoción, que no implica gastos descomunales. Asimismo, es menester que se encuentre en los puntos de venta una vez que ha sido promocionado. El tercer paso es que los libreros entiendan que el hecho de tener el sartén por el mango no debería otorgarles esa arrogancia de pulgares levantados, ya que en muchos casos su desconocimiento de una obra o un catálogo los afecta económicamente. Los reseñistas tendrían que salir de su tono críptico e insondable y decirnos llanamente si recomiendan o no un libro, ya que poco ayuda un comentario como: “la prosa de Fulanito se difunde como un aleluya espiritual en el que las letras forman parte de un carnaval caótico”, y entonces uno no sabe si el libro es notabilidad o bodrio. Finalmente, los lectores deberían estar claros que la compra de un libro supone el acto de leerlo y utilizar esta experiencia para compartirla con sus amigos (el “boca a boca” ha sido el secreto del éxito de libros como La sombra del viento, de Ruiz Zafón).

De otra manera los escritores (ese gremio añorante) desaparecerán como los dinosaurios o, peor aún: se dedicarán a escribir libros como Caldo de pollo para el alma, que es una forma indigna de morir literariamente hablando.


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