A propósito de María Moliner (1900-1981).



Francisco Segovia es poeta e investigador en El Colegio de México

"El equipo que ha redactado la última edición del Diccionario de uso del español (el due) declara haber echado mano de una ventaja que no tuvo María Moliner, su autora original; a saber, los poderosos recursos informáticos modernos. Sin embargo, no parece haber sacado de ellos todo el jugo que podría esperarse. Pongo por caso el corpus. Aunque la nota sobre esta edición usa el término en párrafos seguidos para referirse tanto al conjunto de los textos en que documenta las palabras que define como al conjunto de los vocablos efectivamente definidos, queda claro que tales recursos le sirven sobre todo para manejar los datos de su acervo, pero no para descubrir relaciones nuevas entre sus partes ni para explicitar las increíbles conexiones que María Moliner establecía entre los vocablos de su diccionario. Sé que esto representaría una tarea casi metafísica, pues en el fondo implicaría desenredar la complicada trama que tejían la lengua, la lógica y el mundo en la cabeza de Moliner, pero es algo que hoy al menos podría intentarse."




"Los cambios entre la primera y la segunda ediciones no se dieron sin una airada protesta de los hijos de María Moliner, que vieron en ellos una traición al espíritu original del diccionario y exigieron que Gredos retirara su diccionario del comercio. Entablaron para ello una demanda judicial, que perdieron (si entiendo bien el fondo de un asunto expresado en jerga abogadil) porque los jueces españoles no hallaron jurisprudencia suficiente para decidir entre los dos argumentos que se les ofrecían. Por un lado, los derechos que protegen al escritor de un libro e impiden a la editorial modificar lo que él ha escrito; por el otro, el reconocimiento de que los diccionarios son libros especiales, que deben renovarse de tiempo en tiempo. Aunque el asunto no dejaba en firme sino la “incompetencia” de los jueces, en los hechos la familia perdió el caso, pues se permitió a la editorial conservar no sólo el título del diccionario sino también el ya para entonces prestigiosísimo nombre de su autora. Y digo para entonces porque, en su momento, la Academia negó a María Moliner una silla en la institución —a propuesta de Rafael Lapesa y Dámaso Alonso—. De haber tenido éxito esta candidatura, María Moliner se habría convertido en la primera mujer que entrara a la Academia de la Lengua. ¿Venganza lexicográfica, represalia franquista, simple misoginia? Los hijos de doña María nunca dejaron de restregarle este desaire a la Academia. "
“Hace tres semanas, de paso por Madrid, quise visitar a María Moliner. Encontrarla no fue tan fácil como yo suponía: algunas personas que debían saberlo ignoraban quién era, y no faltó quien la confundiera con una célebre estrella de cine. Por fin logré un contacto con su hijo menor, que es ingeniero industrial en Barcelona, y él me hizo saber que no era posible visitar a su madre por sus quebrantos de salud. Pensé que era una crisis momentánea y que tal vez pudiera verla en un viaje futuro a Madrid. Pero la semana pasada, cuando ya me encontraba en Bogotá, me llamaron por teléfono para darme la mala noticia de que María Moliner había muerto. Yo me sentí como si hubiera perdido a alguien que sin saberlo había trabajado para mí durante muchos años.María Moliner -para decirlo del modo más corto- hizo una proeza con muy pocos precedentes: escribió sola, en su casa, con su propia mano, el diccionario más completo, más útil, más acucioso y más divertido de la lengua castellana. Se llama Diccionario de uso del español, tiene dos tomos de casi 3.000 páginas en total, que pesan tres kilos, y viene a ser, en consecuencia, más de dos veces más largo que el de la Real Academia de la Lengua, y -a mi juicio- más de dos veces mejor. María Moliner lo escribió en las horas que le dejaba libre su empleo de bibliotecaria, y el que ella consideraba su verdadero oficio: remendar calcetines. Uno de sus hijos, a quien le preguntaron hace poco cuántos hermanos tenía, contestó: «Dos varones, una hembra y el diccionario». Hay que saber cómo fue escrita la obra para entender cuánta verdad implica esa respuesta.”
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Pasó sus últimos años en un apartamento del norte de Madrid, con una terraza grande, donde tenía muchos tiestos de flores, que regaba con tanto amor como si fueran palabras cautivas. Le complacían las noticias de que su diccionario había vendido más de 10.000 copias, en dos ediciones, que cumplía el propósito que ella se había impuesto y que algunos académicos de la lengua lo consultaban en público sin ruborizarse. A veces le llegaba un periodista desperdigado. A uno que Ie preguntó por qué no contestaba las numerosas cartas que recibía le contestó con más frescura que la de sus flores: «Porque soy muy perezosa». En 1972 fue la primera mujer cuya candidatura se presentó en la Academia de la Lengua, pero los muy señores académicos no se atrevieron a romper su venerable tradición machista. Sólo se atrevieron hace dos años, y aceptaron entonces la primera mujer, pero no fue María Moliner. Ella se alegró cuando lo supo, porque le aterrorizaba la idea de pronunciar el discurso de admisión. «¿Qué podía decir yo », dijo entonces, «si en toda mi vida no he hecho más que coser calcetines?».”.
Gabriel García Márquez.
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