domingo, marzo 16, 2008

Librerías y libródromos.Andrea Palet

"Tengo amigas que todo el tiempo están comprando libros. No son coleccionistas, esa incomprensible especie humana, sino gente que compra libros y además los lee. Suelen ir a librerías "chicas", y gastan equitativamente en todas ellas para contribuir a la causa. Cuando se ven, comentan con el entusiasmo del proscrito asuntos tan pavos como el modo en que cada una ordena su biblioteca (por género, por el color del lomo, por países, leídos y no leídos, regalados, basura), o si es pecado mortal o sólo venial subrayar los libros, dejarlos abiertos como abanico o prestarlos. (No se ría; hay gente que colecciona barbies o chapitas, y nadie les dice nada.)A mis amigas las desesperan las librerías de mall, las de grandes superficies, los "libródromos", como las llamó Mario Vargas Llosa. Si van a la famosa Ateneo Grand Splendid en Buenos Aires, salen enfurruñadas, porque muy bonita será, sí, muy bonita, todo café y balcones y lucecitas, pero les pides diez títulos, y no tienen ninguno. Es el problema con los "libródromos", donde todo está pensado para vender los libros que más se venden, estrategia que sólo parece tautológica si uno no tiene idea de economía. (Yo no tengo idea de economía.) Es el problema con mis amigas: que son muy pocas.Me acordé de ellas por la propuesta francesa de instituir un sello de calidad para las librerías "independientes". (Uso esta denominación a contrapelo, y sólo porque aquí me parece ajustada. Pero "independiente" es de esos triunfos comunicacionales estratégicos que se imponen principalmente vía periodistas con resbalines en vez de masa encefálica, como "desvinculación" por despido, "ajusticiamiento" por asesinato, "pro vida" por antiabortistas, o "pedir un crédito", cuando lo que hacemos es comprarlo.)El sello LIR (Librería Independiente de Referencia) distinguiría a aquellas que "mantengan un fondo de calidad y no se dejen arrasar por los best-sellers", en palabras de un veterano editor argentino afincado en España, para quien esta división despejaría el mercado. Dice Mario Muchnik, viejo lobo de mar: "Estoy refiriéndome... a una separación clara de géneros, que no existe hoy. Es difícil que en un concierto rock intercalen la sonata Claro de luna de Beethoven. Sin embargo, eso es precisamente lo que sucede en las librerías".Complejo asunto. Complicadísimo. Lindo sería que hubiera librerías con los títulos que a uno le gustan, y nada más. Pero, il popolo, ¿cómo queda? ¿Librerías para tontos y librerías para inteligentes? Uh. El ejemplo del propio Muchnik (rock vs. sonata) revela una concepción anticuada y miope de la cultura que puede hacer mucho daño en países de esnobismo rampante como el nuestro. Chile no es Francia; ellos (es la lata de tener tanto pasado) se dedican a proteger, proteger, proteger. Nosotros deberíamos ampliar. La democratización de la cultura le lleva en el paquete una cuota de vulgaridad, qué le vamos a hacer, pero si ya aquí la gente se siente intimidada en una librería corriente, ¿cómo sería ante una con certificado de aristocracia cultural?Quedan muchas aristas pendientes; troncos en realidad. Por ahora me interesa la incursión de la Feria del Disco en el sacro terreno del libro. Pareciera favorecer una relación más natural del público con esa cosa empastada tan rara, sin cables. Entro a comprar un devedé, un disco, y mira tú: me llevo un libro. Y además lo leo.Por cierto, si se implantara el sello LIR, ¿a Vargas Llosa dónde lo venderían?"


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