lunes, febrero 04, 2008

Pocas novelas de amor.Verónica Murguía

El amor, la muerte, el dolor, el poder, la vejez, el tiempo: los temas sobre los que escribimos son apenas un puñado, y tal vez sobre ninguno aprendemos tanto en los libros como sobre el amor. En la poesía y en las novelas muchos aprendemos el alcance de los gestos y las palabras. Más que nuestros amigos o nuestros padres, más que el cine o las canciones, lo que nos educó es el vasto repertorio de imágenes literarias con las que contamos para describir la pasión amorosa.
Desde Penélope y Ulises hasta Fermina Daza y Florentino Ariza, la literatura ha modelado nuestros acercamientos y procesos: los pasos del cortejo, el delirio del comienzo y, cuando todo acaba, las estaciones del rompimiento y la fisonomía de la tristeza.

Es raro el lector que no atesora algún momento de revelación desplegado por un libro. ¿Quién no ha recabado de una página la frase exacta, esgrimida luego como argumento? ¿Un ardid para la seducción o la descripción de un encuentro erótico? ¿Quién no ha repetido los versos de un poema como si fueran una plegaria salvadora o una clave secreta?Pero, ay, en mi librero hay pocas novelas de amor. Libros de poesía amorosa, sí que los hay, y los atesoro. Novelas de amor, muy escasas.Sucede que en mi adolescencia leí y memoricé Los tres mosqueteros de Alejandro Dumas. Me enamoré obsesivamente de Athos, el flemático tutor de D’Artagnan. Lacónico, audaz, era, con la cara pálida, los ojos negros y ardientes, todo lo que yo deseaba. Con una precisión que me sorprende, me imaginaba las manos quemadas por el sol, los puños de encaje, raídos y sucios, la casaca gastada, el rechinar de las botas, el cinto, el sombrero de ala ancha y los rizos negros y largos. Olía, yo fantaseaba, a caballo, a sudor y a vino. Tenía los dientes blancos y los labios pálidos y finos bajo el bigote oscuro.No le importaban el dinero —gasta, sin preocuparse, las libras que le tocan por su participación en la aventura de los herretes de diamantes—, ni el poder. El amor, menos.“Mi joven amigo, todo eso son miserias”, le dice a D’Artagnan cuando éste le cuenta que Madame Bonacieux ha desaparecido.

Más tarde en la novela, nos enteramos: Athos estuvo casado nada menos que con Milady. Ella, claro, lo traicionó. Él, en venganza, la hizo ahorcar. Milady sobrevivió a su ejecución, aunque Athos no se entera hasta el desenlace.Los modales de Athos vienen de su origen: es el conde de la Fère y vistió la casaca mosqueteril para purgar su pecado y olvidar su pena, como otros en su época tomarían los hábitos.Los tres mosqueteros y la pasión por Athos frustraron mi posible afición por las novelas románticas. Prefiero Salambó a Madame Bovary o La guerra y la paz a Anna Karenina. En el Quijote, me inclino por las opiniones de Sancho, y El rey Lear me duele más que Romeo y Julieta.

Nada de esto me ha salvado de ser cursi, pero sí de leer libros escritos “para mujeres” y manuales sobre relaciones amorosas; me aburren las historias de divorciadas que encuentran galán cuando se encuentran a sí mismas, y detesto la literatura rosa. Así pues, tenga el lector por seguro que los libros que voy a recomendar son tan buenos, que traspasaron la barrera de mis prejuicios.

Pocas novelas me han conmovido tanto como El esclavo, del escritor Isaac Bashevis Singer. Apareció en 1962 y describe, con un lenguaje lleno de poesía, el amor de Jacob, un judío educado en la más estricta ortodoxia, y Wanda, una campesina gentil. Jacob, viudo, sin hijos y sin aldea, destruida su vida en un progromo, se convierte en esclavo de Jan Bzik, un pastor montañés, y se enamora de Wanda, la hija de éste. El contraste entre los católicos brutales e ignorantes y el judío sensible se convierte en una amenaza para la vida del esclavo.Wanda lo defiende. A Jacob lo atormenta un doble pecado: el de haber sobrevivido y el amor por una mujer que no es de su raza. Gracias a la alquimia de su unión, los dos han dejado de pertenecer a sus orígenes. Wanda ya no es una católica antisemita. Jacob ya no es un judío convencido de la superioridad moral de los hijos de Israel. Son ya, solamente, el uno del otro.El sombrío telón de fondo de esta historia de dolor y redención es la Polonia del siglo xvii. A lo largo de la novela, en contrapunto con las mudas promesas de los protagonistas, resuena el nombre de Sabbatai Zevi, el falso Mesías.Otra, muy distinta es El fin de la aventura, de Graham Greene, publicada en 1951. La relación del escritor Maurice Bendrix —nom-bre que trae a la memoria la afición de Greene por la benzedrina que tomaba para escribir sin cansarse— y Sarah Miles, una mujer casada, sucede mientras Londres es bombardeada por los alemanes en 1940. La existencia de estos londinenses, aprisionados por la guerra en una jaula hecha de miedo y aburrimiento, se transforma a medida que su aventura crece.

La escritura terrenal de Greene se aviene a describir, en la primera parte, un enamoramiento muy concreto —que Sarah coma cebollas atrae a Bendrix— que culmina en un triángulo místico, cortesía del estrafalario catolicismo del autor.

La tercera es El paciente inglés, (1992) de Michael Ondaatje. Ondaatje es capaz de describir con un lenguaje luminoso los paisajes más oscuros: en este caso, Italia, durante la segunda guerra mundial. En la versión cinematográfica de Anthony Minghella, la historia de amor es la del “paciente inglés” del título, el conde húngaro Laszlo de Álmasy, explorador del desierto y amante de Katherine Clifton. Son emboscados por el marido, por la guerra, por la política. Ella muere y él es reducido a cenizas, condenado a un infierno aliviado sólo por la morfina, los recuerdos y la lectura de Herodoto.En la novela la relación entre Hana, la enfermera, y Kip, el localizador de minas hindú, es, quizá, la más importante. El lenguaje vuelve una y otra vez sobre la luz: el sol, el amanecer, los relámpagos, las linternas que iluminan los frescos de una iglesia italiana, las velas, los quinqués, la artillería, los focos. Y apenas bastan para alumbrar la oscuridad de la guerra, hasta que Hana y Kip se enamoran.La cuarta es mi novela favorita, de todas cuantas he leído en la vida: El amor en los tiempos del cólera (1985), de Gabriel García Márquez. Hemos convivido con esta novela ya más de 20 años, tal vez por eso nos hemos acostumbrado al desafío que plantea: el amor entre viejos; el amor que resiste al tiempo y a la decrepitud; el amor invicto en medio de la realidad, aunque esté plagada por el cólera. No es sólo el empeño quijotesco de Florentino Ariza, el contradictorio Don Juan; es el matrimonio, sí, amoroso y largo —50 años— entre Juvenal Urbino y Fermina Daza; es el río, el tópico heracliteano en su forma más tangible, todo retratado con una de las prosas más bellas que se han escrito en castellano.Gracias a novelas como ésta se dan otros amores, vívidos, esenciales: el amor ferviente y delicioso que se da entre el lector y el texto.


En el cine, las historias de amor suelen cambiar de suerte: en la lista de las mejores historias románticas del American Film Institute, El paciente inglés ocupa el lugar 56, mientras que King Kong tiene el lugar 24. ¿Cómo es posible que la relación platónica entre un gorila gigante y una actriz le parezca más conmovedora al público estadounidense que la pasión entre dos personas? Quizás es asunto de locaciones: no es lo mismo el Empire State Building, tan de ellos, que Europa, distante y extranjera.


Parece que el cine no ha sido justo con El amor en los tiempos del cólera tampoco, pero según la crítica, se ha debido a la falta de precisión y al miscast del director Mike Newell. No quiero ir a verla. Mi imagen de Florentino Ariza no se parece en nada a Javier Bardem. Florentino es, según Gabriel García Márquez, flaco, feo e inquietante, no fuerte, guapo y amenazante. Además, dudo que la voz de Shakira, por más que me guste, pueda añadir algo a la voz entrañable que el autor dio a sus personajes.
Verónica Murguía, escritora y ensayista, es autora de Ladridos y conjuros (México, Ediciones sm, 2005)
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