Libros a la guillotina. Rose Mary Espinosa





Elías Canetti, es Blandung, de suyo un término ambiguo que puede significar deslumbramiento, enceguecimiento u ofuscación. Esa confusión de sentimientos embargó al autor mientras presenciaba el incendio del Palacio de Justicia en Viena en 1927 y tal vez sea la misma que invade a quien visualiza la destrucción fastuosa e iracunda de archivos y bibliotecas.No obstante, existe otro tipo de destrucción de libros que no es accidental ni tiene por propósito invalidar la memoria colectiva. Tampoco alcanza el escándalo —si acaso la indignación de unos cuantos—, sino que es una práctica sistemática y un tanto silenciosa que ejercen las editoriales.El “picado” de libros tiene lugar una o dos veces al año y es un proceso lento, de varios días. ¿De qué depende el paso a la “guillotina”? Teóricamente —como explica en entrevista Fernando Escalante Gonzalbo—, los ejemplares van a dar a la trituradora cuando el costo de mantenerlos en bodega no se compensa con la cantidad solicitada por los libreros. Igualmente, está asociado con “el tamaño de la bodega, el volumen de la edición y el cálculo de vida comercial del título de que se trate”. “Todo cuesta en el proceso: distribuir, dejar a consignación, recoger, recolocar… Se pagan impuestos por inventario ya que, aunque los libros estén en bodega, se consideran activos de la empresa”, explica Marcial Morfín, abogado de derechos de autor. La lista negra la encabezan los best-sellers por ser libros de interés inmediato y tirajes excesivos, mientras que los libros clásicos o de vida larga, al no estar atados a la coyuntura, pueden permanecer más tiempo en bodega, pues siempre tendrán alguna demanda. Desde la lógica del mercado, cada libro picado o devuelto es un fracaso, una equivocación, una pérdida atribuible a todos los implicados en el proceso, tal como escribió alguna vez Gabriel Zaid: “El autor que trabaja varios años en una obra fallida; el editor de un libro que, finalmente, hay que saldar; la librería que no puede venderlo; el lector decepcionado que no terminó de leerlo (o, peor aún, lo terminó), se equivocaron y perdieron.”La devolución por parte de las librerías se lleva a cabo cada tres o seis meses y representa entre 40 y 60 por ciento de los ejemplares puestos en circulación. Por una parte, las novedades no requieren de inversión alguna ni de compras en firme, puesto que las mismas editoriales las ofrecen en consignación y las reemplazan por otras en caso de que no se vendan. Por la otra, la venta de best-sellers depende de campañas publicitarias y exhibición cuantiosa, misma que se garantiza con la impresión de ejemplares de sobra: “Los libreros tienen entonces, en exhibición, más libros de los que se pueden vender”, explica Escalante. “Desde luego, destruir los libros es más barato que mantenerlos almacenados. Y es mejor, en términos mercantiles, destruirlos que regalarlos a bibliotecas, porque eso ocasionaría una devaluación de la mercancía.” El remate de libros es también una alternativa a la destrucción. Cada año, la Secretaría de Cultura de la ciudad de México realiza ventas especiales para poner a disposición de los lectores obras de varios sellos editoriales. Se trata de libros que ya han sido devueltos y enviados a bodegas. De esta manera, se evita su trituración, lo que además ayuda a los editores a evitar conflictos fiscales.En el caso de las editoriales más pequeñas, el almacenamiento es menos aparatoso: hasta cierto punto, casero. Tumbona Ediciones ha explorado la impresión digital, la cual, aunque presenta algunos defectos y no es del todo competitiva en costos, reduce el problema de almacenamiento, puesto que la reimpresión está en función de la demanda.Para el poeta Ernesto Lumbreras, la reducción de tirajes ayuda a las pequeñas editoriales a superar, poco a poco, el problema de rentar una bodega con libros que tienen pocas o nulas posibilidades de ser vendidos: “No obstante, en el corto plazo la oferta es menos visible y la competencia se reduce, al igual que el margen de negociación con distribuidores y libreros.”Cuando se manejan grandes volúmenes, no hay tiempo ni dinero para cuidar la edición a detalle: prácticamente no hay selección y la función del editor es mínima, toda vez que es relevado por especialistas en publicidad y dinámica de mercado. Tampoco se puede esperar que los libros que tiran 3 mil ejemplares sean promovidos del mismo modo que los que tiran 20 mil. En A la sombra de los libros, Escalante cita aquella frase que el fundador de Grupo Planeta hiciera famosa: “Saber de literatura es malo para un editor.” Libros ómnibus, libros pretexto, libros hermanos… Lo que circula normalmente en el mercado es una gran cantidad de títulos, todos parecidos: libros de divulgación, literatura industrial y de consejos prácticos, libros de texto y de autores ya famosos. El escritor y editor Hernán Lara Zavala considera que la sobreoferta de un libro no obedece tanto a la falta de lectores o a la escasez de público, sino al mal cálculo del editor para establecer el tiraje apropiado: su “mal gusto” literario, una distribución inapropiada: “Como en balística, una falla de cálculo en los números o en el tipo de lector o librería puede acarrear verdaderos desastres.”Las obras literarias tienen su propio tiempo: el periodo previo a su devolución puede oscilar entre tres y cinco años. Lumbreras, con experiencia editorial en Aldus y la uam, recuerda: “La Poesía completa de T. S. Eliot, en traducción de José Luis Rivas y en un tiro de mil ejemplares, tardó ocho años en agotarse.”La mayoría de los contratos advierte que, transcurrido un tiempo determinado desde que el libro es puesto en circulación, el editor dispone de los ejemplares restantes para destruirlos o venderlos como saldos, los cuales, aunque no devendrán en la remuneración establecida, podrán ser adquiridos de manera total o parcial por parte del autor a precio de saldo o rescate. Pero lo que dicen las clásulas y lo que ocurre en la realidad son cosas distintas. El manejo de tirajes exorbitantes y la imposibilidad de procurar atención individual a los autores generalmente resultan en que los libros se destruyen sin notificación previa al autor (a final de cuentas, está escrito en el contrato), a quien suele pagársele una cantidad que engloba el precio mínimo por unidad sobrante. Los libros, eso sí, se destruyen ante notario, con el fin de proteger a la editorial. Lumbreras relata: “A veces, cuando el autor estaba a la mano y nos quedaban 150 o 300 ejemplares, le hacíamos una propuesta para que comprara a precio de ganga sus propios libros. Por supuesto, la reiteración de este tipo de ‘estrategias’ nos revelaba que estábamos haciendo las cosas mal, que el momento editorial mexicano exigía otro tipo de políticas.”“El autor es desconfiado”, señala Morfín. “Si los libros desaparecieran así porque sí, la editorial tendría que pagarle regalías. Cuando la editorial le ofrece los libros y no puede comprarlos, lo que sigue es triturarlos y vender el papel por kilo a una empresa que pueda reciclarlo.” “A nadie le gusta destruir libros”, advierte por su parte Gerardo Gally, director de Editorial Pax, quien, no obstante, prefiere que los ejemplares de alta venta sean aniquilados, por encima del mercado secundario, donde los títulos originales se confunden con los pirateados.Y el resultado final es paradójico: la cantidad de ejemplares destruidos aumenta, a pesar del mayor refinamiento de las tácticas publicitarias y los esfuerzos que realizan los departamentos de mercadotecnia por que se contraten y publiquen libros que supuestamente se venderán mejor. “La decisión no tiene nada que ver con la calidad; depende del volumen del tiraje y la velocidad de rotación que espera la editorial. Si un libro se edita únicamente porque se espera que se venda bien, y se hace un gran tiraje por eso, no hay ningún motivo para conservar ejemplares en bodega”, explica Escalante.La forma en que opera el mercado editorial es antinatural: en lugar de esperar a que los ejemplares se vendan uno por uno, a lo largo de los años, se persigue que los tirajes se agoten en pocos meses. Los libros se aniquilan porque la lógica con que se producen contempla su destrucción como un hecho normal. Sin embargo, no está del todo claro que las razones económicas que avalan tal holocausto no tengan un sesgo fundamentalista: deslumbrado, enceguecido y ofuscado.
Rose Mary Espinosa es escritora y periodista
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