domingo, febrero 10, 2008

Las dos literaturas . Rafael Gumucio

Joan Brady, escritora americana residente en Londres, acaba de demandar a una fábrica de zapatos cercana a su hogar. Según alega, el olor a pegamento le ha hecho perder su concentración impidiéndole escribir novelas serias, y obligándola a reducirse a escribir thrillers que, por lo demás, se venden mucho más que todas sus novelas serias juntas. De alguna forma, la escritora quiere que la fábrica de zapatos la compense por haberla hecho rica.
La demanda, que finalmente la escritora ganó, sugiere la idea de que los thrillers son más fáciles de escribir que las novelas serias. El thriller, o la novela de romance, de suspenso o de ciencia ficción, obedecería así a un esquema previo al que sólo habría que añadir la carne de una prosa. Una prosa que no tiene por qué ser demasiado cuidada o precisa para funcionar. Todo eso es, en la mayoría de los casos, cierto. Los best sellers se hacen así, pero también las novelas de vanguardia y la mayor parte de lo que llamamos "novelas de calidad".
El prejuicio contra los thrillers no se basa, entonces, en su modo de fabricación, sólo un poco más descarado y vistoso que el tradicional, sino en su público, que imaginamos complaciente y poco preocupado de la fineza de la prosa o del refinamiento en la descripción. El público de best seller, anota Chesterton en su biografía de Dickens, aprecia la buena literatura, pero ante todo busca en los libros ciertos elementos imperdibles, emociones, muertes, resurrecciones inesperadas no por falta de gusto o por falta de cultura, sino porque necesita ver en los libros reflejados su gusto y su cultura. Prefiere que Dickens sea el que le entregue su cuota de milagros, pero a falta de Dickens bien pueden perfectamente satisfacerse con John Grisham o Dan Browne.
Si se piensa bien, algo parecido pasa con la alta literatura. Diferentes autores, de muy diferentes libros, nos informan una y otra vez de una visión similar del mundo.
La soledad del hombre medio, el extrañamiento ante el mundo, que los lectores sofisticados buscan en grandes libros cuando estos se publican, lo disfrutan también en toda suerte de bodrios con muchos espacios en blanco e hijos que odian a sus padres. Los lectores sofisticados no buscan en la literatura la sofisticación o la exploración en el lenguaje, sino la confirmación de su visión del mundo, de un mundo sin dioses, donde los hombres hablan solos con sus propias sombras.
Fabricar un best seller no es ni más ni menos difícil hoy que fabricar un Goncourt, o un Booker, sin hablar de los prostituidos premios españoles.Lo que hace irreconciliable la literatura de best seller con la otra no es la calidad. Stephen King, si se piensa bien, no es peor escritor que Paul Auster. Lo que diferencia a ambos no es la calidad, sino la visión del mundo. Un mundo, el de Stephen King, donde muchas cosas raras ocurren continuamente.
El lector de best seller no prefiere esos libros, como cree la crítica sofisticada, para distraerse de una vida banal en que nada raro ocurre, sino porque en sus vidas siguen ocurriendo cosas raras continuamente.
La muerte, que para la clase media y alta es una excepción y una tragedia, para los pobres es algo de todos los días, que bien puede devenir en una fiesta.
El amor es en ellos una aventura inesperada.
No leen los lectores de Danielle Steel historias imposibles, sino sólo la transposición de lo que creen ser sus historias. No sacamos nada con decirles que esos libros están repletos de exageraciones y mentiras. Los otros, los finos, los serios, mienten también.
No exageran, pero suelen justamente minimizar la parte de milagro que la realidad cotidiana no puede dejar de tener.
La grandeza de Shakespeare nace de la perfecta combinación de estas dos visiones del mundo, representado por distintos personajes en cada obra. La pequeña historia y la enorme, siempre unidas, tan estrechamente, que no sabemos al leer Enrique IV si ésta es la historia de un reino en permanente guerra civil, un enorme poema satírico, o la historia de un joven que aprende de un ladrón borracho a cómo ser un buen hombre.Una nota final: corren los dos mundos literarios en perfectas paralelas.
Los dos reflejan, a su manera, los cambios de los tiempos. En el best seller que se cree a sí mismo atemporal, que desconoce el progreso, esos cambios se pueden detectar con mayor certeza aún.
En la época de Dickens, el humor y la farsa eran la forma favorita de la literatura popular.
uando Cervantes quiso ganar plata escribió un libro divertido.
Quien quiere ser popular hoy en día escribe historias de espías teológicos, conspiraciones mundiales o thrillers de horror. En la novela de best seller, como en la otra, la sangre ha reemplazado a la risa, a la sospecha, a la borrachera. El mundo que los lectores aman leer es un planeta lleno de sospechas y enemigos. Un mundo sin piedad ni cariño, donde la risa se ha convertido en un lujo que nadie se siente dispuesto a pagar.
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