martes, enero 22, 2008

El amor en tres platos, Héctor Torres


Fragmento de Las tardes de los sábados

Tiempo después descubrí dos cosas: ya no podía verla desnuda con la misma naturalidad e indiferencia de antes, pero tampoco podía evitar la placentera curiosidad de observar de nuevo sus cada vez más acentuadas proporciones, mientras se vestía después de ducharse; por lo que resolví satisfacer ambos asuntos ocultándome debajo de la cama cuando la escuchaba salir del baño, y allí me quedaba, casi sin respirar, para que ella no notara mi presencia, con un inexplicable pero fascinante sofoco trasquilándome el pecho.
Desde entonces nuestras vidas cambiaron. Mi preocupación cuando ella se demoraba en la calle pasó a ser de una naturaleza distinta, la cual no podría explicar con exactitud. Cuando la veía llegar, visiblemente agitada por las nuevas emociones deparadas por la vida nocturna, lejos de sentir la alegría de otros tiempos, sentía por ella un desprecio infinito. A tal punto llegó ese desprecio que, como sus llegadas al amanecer comenzaron a hacerse frecuentes, cuando Negra la esperaba despierta para decirle y lanzarle cosas apenas traspasaba la puerta de la casa, yo sentía una innegable satisfacción al presenciar la escena.
Entonces ella se iba a la cama, y luego de un rato de batir con rabia lo que estuviese a su alcance y de hablar amargamente consigo misma, apagaba la luz y duraba un tiempo llorando con quejidos bajitos, como presa de un ataque de hipo.
Yo, acurrucado bajo la cama, exactamente debajo de ella, la escuchaba confundido en mi interior, porque aunque lo hacía deliberadamente para no darle consuelo, no podía negar que me entristecía mucho escucharla sufrir de esa manera.
¡Pobre Mariela! Tan sola en ese cuerpo nuevo tan vistoso.


Su única oportunidad (cuento completo)

Por las cornetas salía la voz de Phil Collins. Una lluvia menuda empapaba los más íntimos recodos de la vía. El resultado era sugestivo. Fuera de eso, todo permanecía en aparente calma.
Tendría media hora de haber comenzado la lluvia cuando, en una curva repentina, se encontraron del lado contrario de la vía, esquivando los vehículos que se aproximaban hacia ellos, como atraídos por un imán.
La sacudida acompañó a un estruendo, y luego a otro. Y a otro.

Un silencio insólito y corto siguió a los impactos. Tras la bruma buscó su rostro y se espantó con ese monstruo rojo que lo veía asustado desde el otro lado del vidrio roto. Desde una herida en la frente brotaba una raya gruesa y viscosa.
Se limpió con un brazo hinchado y torpe, y se acordó de ella. La buscó con la vista y la encontró dormida sobre el asiento, quejándose con gemidos bajitos y una expresión casi plácida. Se alarmó al no ver sangre en su rostro quieto. Alrededor, todo era humo y vidrios rotos.
De pronto vio mucha gente. Algunos hablaban, otros se movían con prisa. Unas mujeres observaban con rostros contraídos por la compasión o el asco. Estaba consciente de todo cuanto veía, pero no atinaba a moverse. Algunos forcejeaban con la chatarra de la puerta y él, sin comprender la magnitud de lo ocurrido, se preguntaba por qué estarían rompiendo su carro.
Dos o tres brazos se introdujeron en el amasijo de hierros y la sacaron con rudeza. Alguien le dijo que saliera; también creyó escuchar algo sobre el carro. Puede estallar, recordó haber oído. Salió temblando por el mismo sitio del que la sacaron a ella, dormida, descalza en brazos de un hombre. Otros, vestidos de verde, dispersaban a los vehículos que disminuían la marcha para curiosear. Uno de ellos, aparentemente de rango superior, detuvo un carro y haciendo caso omiso de las protestas del conductor, abrió la puerta y ordenó que la introdujeran allí. Con él hizo lo mismo.
—Usted también está lesionado —le dijo, indiferente a su tragedia.
Una vez adentro, limpiándose por tercera o cuarta vez la sangre, advirtió que ella estaba consciente. Miraba a su alrededor desconcertada, como quien se acuesta en su cama y despierta en un sitio extraño. No se atrevió a hablarle y esperó a que ella lo hiciera. Cuando al fin lo vio, toda la confusión se tradujo en preguntas:
—¿Esto... es verdad? ¿Esto... esto está pasando?
Un destello iluminó su mente. Con la certeza del que nada puede perder, comprendió que su única oportunidad era creer en lo imposible y, aprovechando la pregunta, le dijo convencido:
—No, amor, esto es una pesadilla. Vuelve a dormir.
Ella se refugió en su abrazo y se volvió a quedar dormida de inmediato, en medio de agitaciones intermitentes.

Despertó con un sobresalto. Se acurrucó junto a él, abrazándolo con fuerza.
—Tuve una pesadilla horrible —le dijo sollozando.
En la penumbra de la habitación, los ojos de él brillaban aterrorizados. Su cuerpo estaba bañado en un sudor pegajoso. Sin comprender lo ocurrido, deslizó tiernamente una mano por el cabello desordenado de ella y, tratando de dominar un temblor, le dijo con calma:
—Sí, amor, ya lo sé. Ahora duérmete.
En los oídos de él aún zumbaba el estrépito de voces y cornetas, mientras la ventana rota persistía en su recuerdo con inusual nitidez.

Las leyes del sueño (cuento completo)

Cuando vimos la figura caer desde la platabanda, corrimos con la intención de comprobar nuestras sospechas. Al llegar junto al cuerpo supimos, en efecto, que se trataba de ella.
Recobró parcialmente su forma original para decirnos unas palabras extrañas y maravillosas, mientras nos advertía que se trataba de un sueño. Aunque lo más sensato hubiese sido socorrerla, comencé a escribir en una pared cercana lo que ella decía, porque la experiencia siempre me ha indicado que suelo olvidar los sueños y las cosas que en ellos se dicen.
Al día siguiente traté de recordar lo que dijo, pero resultó inútil. Fui entonces al edificio desde donde se había lanzado (en mi sueño, claro) y, en efecto, leí los garabatos escritos con prisa en la pared, sólo que no pude repetirlos hasta esa noche que me soñé en la misma escena.
Cuando desperté, nuevamente los había olvidado.


Fragmento de El amor en tres platos

Pero ya se dijo, la vida tiene una calculadora de abasto en la que nunca cuadran las cuentas. Tiene su propia clave, y lo único seguro en ella es la sorpresa. Y la vida de ellos, dentro de eso que llaman cotidianidad, fue pasando cada vez con más lentitud, perdiendo ritmo como un radio al que se le acaban las pilas. Tanto, que con el tiempo fue pesando. Y después pisando. Y duro. Y ya no había música para bailarla.
Y eso que había prometido ser una fiesta de vida comenzó a dar golpe tras golpe, a uno y otro costado, de esos certeros, de los que casi no se sienten, de los que no aporrean de inmediato aunque van desmoralizando las entrañas (como esos que saben dar los policías), de los que ponen las piernas a temblar, de los que la gente no sabe cómo fue lanzada al piso, ya sin ánimos de levantarse, mientras escucha, allá a lo lejos, al réferi yendo como por quince, y el público abucheándolo, y al second viéndolo con lástima, y a los mafiosos con cara de estás muerto. Y a la novia de Rocky, la que esperaba abrazarlo triunfante; decepcionada, o más bien desconcertada. Y a las ilusiones yéndose por el albañal, peso fracaso. Peso fragilidad. Peso fractura. ¡Fuera, fuera, fuera! Ruge el público, aburrido de su fracaso.

Y una noche de esas en que no podía dormir, se preguntó, con una inesperada aunque no desconocida amargura en la boca, cuándo fue que esa gorda altanera y malhumorada, cada vez más parecida a la mamá (cuándo fue que ese negro panzón, malasangre y borracho), había sido la pavita que se levantó (había sido el negrito de ojos tristones que la sacó a bailar) en la miniteca aquella de San Mateo, en aquel lejano siglo en que la visitaba para ver la novela cuando ella vivía, arrimada y feliz, en la casa de Meche, en Puerta Caracas, a donde las mandó el deslave sin llegar a enterarse cómo quedó el consultivo...

Héctor Torres / EditorFICCIÓN BREVE VENEZOLANAhttp://www.ficcionbreve.org/


Me doy el gusto de subir de mi amigo Héctor Torres, fragmentos de su libro EL amor en tres platos…. Música para los ojos, en una tarde de cansancio, me obliga de nuevo a reconciliarme con nuestra literatura
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