domingo, diciembre 02, 2007

Literatura y Kamasutra.....

"Las polémicas literarias suelen ser sangrantes y personales, porque la literatura, tanto para los lectores como para los escritores, es siempre algo personal. Si juzgo al arquitecto por las casas que construye, si juzgo a un Presidente por las medidas que toma, incluso si juzgo a un pintor por los cuadros que pinta, juzgo ante todo habilidades, capacidades, técnicas y estrategias, no personas. Cuando leo un libro, también juzgo habilidades, capacidades, técnicas, pero cuando el libro es bueno, o cuando es muy malo, lo que sobresale no son esas capacidades, esas habilidades, o esa técnica, sino la voz profunda y completa de un ser desnudo ante mí. O quizás no desnudo sino vestido, como ese psicópata de "El silencio de los inocentes", de un traje tejido con su propia piel."

"Cuando las mujeres hablan de las performances sexuales de sus amantes, no se limitan a enumerar el tamaño de sus órganos, o la variedad de las posiciones a los que estos las invitan. Todo eso, por cierto, importa, pero sólo dentro de un todo que incluye la hora en que se produjo el acto, la luz de una ventana y los tropiezos y temblores del amante. Buscan las mujeres en la cama el verdadero ser que habita el señor que habla de acciones en el banco. Miden las mujeres los goznes entre el ser civil en traje, y el niño desnudo. Huele la mujer en el acto sexual el uso, el abuso, el olvido de los instintos, los puentes cortados o gloriosos con que el amante se relaciona con su animalidad.

Algo parecido le sucede a un lector. Entre líneas y párrafos, es el instinto, la desnudez de una mente, su necesidad, sus mentiras, lo que juzgamos. Los profesores universitarios, y algunos críticos -como algunas mujeres- miden tamaños, clasifican posiciones, ponen notas, y descubren que el aburridísimo Severo Sarduy es un potente semental de intertextualidades. Algunos lectores, como algunas mujeres, aman a sus amantes por la ropa que usan (o la editorial en que publican), por las referencias que trae, por las amistades que frecuenta, por el prestigio que su lectura, o su amor, les proporciona. Ese tipo de lectura, como ese tipo de sexualidad, desplegada en toda sus crudezas (listas de top ten y top five, chismes editoriales, entrevistas con escritores famosos) dejan la misma desoladora impresión que la pornografía. Quienes aman el tamaño y la técnica y no la esencia terminan por ensalzar bodrios con cara de clásico como Las benévolas, de Jonathan Littell.

Otros lectores, y otras mujeres, aman justamente los modales principescos de un mendigo, la tontera de los inteligentes, la belleza que una cara fea esconde. Otros lectores, como algunas mujeres, ante el verdadero placer, ante la inconmensurable sorpresa de un estilo propio, no saben explicar qué les importa o les interesa, sólo saben, con una mezcla de rabia y reverencia, que ese libro, que ese amante, que no tiene nada en su lugar, que le falta dinero o amigos famosos, que ése y no otro -por quién sabe qué motivo- es de verdad."



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