El hombre que comía libros

Conocí a M. a través de un amigo común, un bibliófilo empedernido para el que conseguía libros de vez en cuando, nada demasiado caro, todo del siglo veinte, que solía invitarme a comer cuando visitaba Barcelona. M. era un tipo grande, orondo, calvo y siempre sonriente. Pasaba ya de la cincuentena la primera vez que nos encontramos, y de eso hacía más de diez años.



Alo que iba. M. no era un aficionado más, como el resto de gente que había conocido en las comidas organizadas por mi amigo, no: él era un auténtico amante de los libros, un hombre de una extraordinaria cultura y con el que daba gusto hablar de ediciones, incunables, manuscritos y hasta, lo comprobé en más de una ocasión, de tipos de imprenta y composición del papel. Sí, era un verdadero experto. Lo único, devoraba libros. Quiero decir que se los comía físicamente, no es una figura retórica. Lo hacía de forma pausada, primero leía el índice y seleccionaba los capítulos más apetitosos. Cortaba las páginas con cuchillo y tenedor y luego, a veces mojando las hojas en alguna salsa, nunca supe si dulce o picante, las engullía con cara de gran satisfacción.


De vez en cuando le conseguía algún libro por encargo. Tampoco nada demasiado caro, pero siempre de la mayor calidad en cuanto al estado y conservación del volumen. No es que la idea de que un libro caro desapareciera del mercado me entusiasmara, pero M. era rico y pagaba bien, lo suficiente para que no tuviera demasiados escrúpulos. De todas formas, y para mi alivio, nunca pidió, ni le vi comer, códice alguno, nada de páginas miniadas o manuscritos medievales. Una vez me confesó que sentía cierta atracción morbosa por los originales de DaVinci, pero que por un lado no podía dejar al mundo sin aquella belleza, y por otro, que las tintas antiguas estaban llenas de plomo y otros metales que podían acabar por envenenarle.




Aprovechando un viaje relámpago a Barcelona, quedé con nuestro amigo común, el cual me invitó a visitar a M. en su casa. Accedí sin pensarlo; acababa de perder una venta y llevaba en la maleta dos ejemplares del Ulyses que podían servirle a M. como cena durante meses. Aparcamos cerca de Balmes y seguí a mi amigo hasta la puerta de la finca donde M. vivía en un ático de tres plantas.


Nos abrió la puerta el ayuda de cámara, un hombre mayor, contrapunto de M. en peso, estatura y carácter. Pasamos a una pequeña salita y desapareció en busca de su empleador.
No tardó en volver con el rostro congestionado y los ojos a punto de salírsele de las órbitas. Apenas pudo tartamudear el nombre de M., señalando las escaleras que daban al piso superior. Ni que decir tiene que subimos a toda prisa los escalones.

La puerta que daba al despacho estaba abierta. Entramos y nos encontramos con el peor de los escenarios. M. estaba sentado en un cómodo sillón orejero y vestido con un pijama de franela gris y una bata a cuadros rojos y negros. Su rostro estaba desencajado en una mueca de dolor y tenía una lividez digna del peor fantasma. Entre las manos todavía sujetaba un libro al que, como era usual, le faltaban varias páginas. Nos acercamos. M. había vomitado parte de la sobrecubierta del libro sobre la alfombra. No era la primera vez que el plástico le sentaba mal, pero aquello era demasiados. Mi amigo le tomó el pulso y negó con la cabeza. M. había muerto.
–¿Qué crees? –me preguntó mientras se dirigía hacia el teléfono– ¿Se habrá atragantado? ¿La tinta era venenosa?
–No –contesté. En el montón de papeles troceados del suelo pude ver la foto de un tipo gordezuelo y con gafas que miraba al objetivo del fotógrafo con gesto confiado–. Ha sido indigestión –dije, reconociendo por fin la cubierta del último libro de César Vidal.

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