domingo, octubre 28, 2007

VISIONES DE FERIA..Feria Internacional del Libro de Santiago

EL COMELIBROS
Masa
Álvaro Bisama
Por Álvaro BisamaEl que vino por un libro de Coelho y para zafar de un par de regalos de Navidad anticipado. El humorista al que pifiaron en el Festival de Viña y que se cortó el pelo recién y se pasea por los stands con una chaqueta de cuero que le queda corta, esperando a la vez que lo reconozcan y no lo reconozcan. Las amigas de toda la vida que bajan de Vitacura para ver a Warnken entrevistar a un escritor italiano de novelas históricas; una suerte de Robert Graves con estética de peplum barato de Cinecittá. El arquitecto joven que comenta cómo han jodido a la Estación Mapocho: aborrece la versión loft de esta estructura centenaria, sueña con trenes espectrales, toma notas mentales para una novela que jamás escribirá mientras bebe una coca light y escucha a todo volumen una banda de versiones de bossa nova de los Stones. Los tipos que hablan en la escalera de una cinta llamada "Donnie Darko", donde un libro imposible explica cómo viajar en el tiempo; ninguno de los dos puede recordar qué versión de la cinta vio, pero a los dos les gustaría leerlo. Las tres docenas de poetas que esperan saludarse entre sí. Enrique Lafoucarde o su doble. Pablo Huneeus o su doble. Los que esperan a Nicanor Parra, quien nunca llega; esa masa ansiosa capaz de soportar el tedio guardando el asiento mientras hojean el programa o un libro del mismo Nicanor, en medio de un aire que se enrarece, de un tiempo que se congela porque todos suponen lo obvio, que el vate de Las Cruces no llegará, que dejará a todos plantados, que todo esto es la cámara oculta de especie de ritual religioso donde el dios de turno nunca se digna a aparecer. Los que vienen a robar libros. Algunos llevan anotado lo que quieren. Otros se dejan llevar por el azar. Los buscadores de ofertas. Las señoras que vienen por el último de Danielle Steel (una soñó con Fabio, el de las portadas, en su casa de Nuñoa: Fabio se aparecía en un barco pirata con ruedas en medio de una bruma rosa que dejaba entrever, entre destellos, un mar con el color cemento). Un tipo que se cree T.S. Eliot, pero que es famoso por sostener que Carlos Ibáñez del Campo fue un Presidente radical (eh, él también espera que algún alma lo salude). El artista visual al que se le pasaron las copas de pisco sour en el bar mientras hablaba (con un cronista adicto a la pasta base) de una performance con la bandera chilena que realizó en la universidad. Los fans que se le acercan a un escritor de moda en el stand de una multinacional. Él habla con todos, firma lo propio y lo ajeno. Los adolescentes de pelos de colores que compran kilos y kilos de manga en los stands de cómics. El lector de Pessoa que intenta recordar un aforismo que se le escapa. Una mujer hippie (empresaria pyme de souvenirs de Neruda para ferias artesanales) que piensa si no sería un buen negocio vender gorras tipo Ernesto Cardenal al lado de las capas tipo Harry Potter. Una legión de niños aburridos que hablan entre susurros de la posibilidad de organizar una revuelta y cortarle la luz al recinto. Uno de ellos ha leído o leerá La pieza oscura, de Lihn. Decenas de familias que no encuentran el evento o el lugar tan entretenido como Fantasilandia. La anciana que se mira en el espejo del baño subterráneo y cree estar desapareciendo. Todos los nostálgicos que hablan de las viejas ferias de libro de los ochenta, esas sí que eran pulentas, sí que eran grossas. Ah, y Nicanor Parra, que sí llega."

"...en la Feria Internacional del Libro de Santiago ésta está apareciendo. Por primera vez, el grueso de las editoriales nacionales se agrupó fuera de la Cámara del Libro y en confrontación con ella. "Nosotros creemos que la feria debe estar marcada por la calidad de la oferta cultural y no por el espectáculo", argumenta Marisol Vera, de Cuarto Propio. "La programación debiera estar centrada en debates, presentación de autores y nuevas líneas; en cultura, antes que en los aspectos básicamente comerciales".Hace ya 7 años las editoriales chilenas -las que no pertenecen a los grandes conglomerados extranjeros- formaron una asociación paralela a la Cámara a la que ellos pertenecían y de la que muchos eran directores.
Pero el año pasado se les pidió a esos directores que optaran por una u otra. Optaron ellos y otras 16 editoriales que se salieron de la Cámara para quedar bajo el alero de la Asociación de Editores de Chile (hoy integrada por 42 miembros). "El problema es que para participar en la feria nos cobran 77% más que a las editoriales y distribuidoras que son socias de la Cámara

. Nos pareció exagerado y negociamos en bloque", explica Paulo Slachevsky de LOM. Su socia, Silvia Aguilera, completa: "Juntos conseguimos un descuento, porque dijimos que si no, no vendríamos y montaríamos un escándalo".

Ahora ellos (con su descuento de 13,5% y sus stands de 10 metros cuadrados) están agrupados en el sector D, bajo esa carpa en la que se amplió el siempre insuficiente recinto ferial. Mandaron a hacer chapitas en las que se lee "D de diversidad" y unos afiches en los que anuncian que ése es territorio libre de IVA. "Es algo simbólico, porque no podemos dejar de cobrarlo, pero al menos podemos hacer descuentos de 19% en cada libro", explica Marisol Vera.Las críticas no acaban allí. Aguilera y Slachevsky despliegan sobre la mesa el programa del evento y hacen ver que las actividades de la Asociación de Editores casi nunca califican para ser destacadas. "Nosotros haremos un acto importante en la Sala de las Artes donde caben 1.000 personas, mandamos fotos e información. Pero no. Lo que publicitan ese día (hoy) son dos relanzamientos de libros, algo que se supone está prohibido hacer en la feria".

Eduardo Castro, "decano" de los editores chilenos, hoy a cargo de Universitaria y miembro de la asociación, propone: "Debiéramos trabajar juntos en organizar la feria.

La Cámara, probablemente por celos, no quiere. Aunque cada vez somos más y probablemente después esto cambie".Slachevsky va más allá. "Los stands de los más grandes son más baratos que los nuestros, muchísimo más baratos. Esto hace que para una editorial chica sea imposible lograr que sea rentable, pues debería vender más de cinco millones de libros".

En la Cámara cuesta conseguir explicaciones sobre las cifras. De partida, porque no entregan números. Eduardo Castillo dice que no sabe cuánto cuesta el stand más caro. Después dice que sabe, pero no se acuerda. Cuando se le pide que se aventure con un número para ir teniendo una idea, se encoge de hombros y larga: "Deben ser 3 millones de pesos o tres millones y medio". Y no. Son más de 7 millones (a la UF de anteayer, 7.138.000 pesos), al menos el doble de lo que cuesta el alquiler mensual de un local similar en un mall."Para nosotros lo importante es no perder plata", cuenta Marilén Wood, gerente de Ediciones B, una de las grandes que paga sobre los cinco millones de pesos por sus metros cuadrados.

"Pero la feria no es un negocio, porque son altos los costos. Nosotros vamos porque no podemos no ir, hay una presencia que marcar". La contabilidad en Alfaguara indica que allí hacen el 1% de las transacciones anuales de la empresa. Y es que Santiago no es Frankfurt, pero tampoco Buenos Aires, ni Bogotá. La feria es, cuando más, la fiesta popular; nunca la plataforma de negocios.La relación del libro con la industria nunca ha sido fácil y menos en el país de poetas.

El tamaño del mercado, la baja lectoría y la eterna esperanza en esa suerte de paraíso que supondría la excepción tributaria hacen que el diálogo tenga tono de queja. Más alta, cuando pareciera que la Cámara no está trabajando para todos y que siempre sale de ésta con cifras azules. Castillo argumenta que lo de ellos no es lucrar, pero que necesitan sacar dividendos para financiar la actividad de esta organización gremial que organiza ferias del libro a lo largo de todo Chile."
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