domingo, octubre 14, 2007

“¿Qué es lo que hay de deseo en la lectura”.

Roland Barthes se pregunta -y pregunta con profundidad, claro-: “¿Qué es lo que hay de deseo en la lectura”. Para él, hay un erotismo en la lectura, un erotismo vinculado con la soledad. Para ejemplificarlo cita a Proust en “En Busca del Tiempo Perdido”. Allí, el narrador, agobiado por un clima familiar intolerable, cuenta y describe: “Me subía a llorar a lo más alto de la casa, junto al tejado, a una habitacioncita que estaba al lado de la sala de estudio, que olía a lirio, y que estaba aromada, además, por el perfume de un grosellero que crecía afuera, entre las piedras del muro, y que introducía una rama de flores por la entreabierta ventana. Este cuarto… me sirvió de refugio mucho tiempo, sin duda por ser el único donde podía encerrarme con llave para aquellas de mis ocupaciones que exigían una soledad inviolable: la lectura, el ensueño, el llanto y la voluptuosidad”. La lectura, considera Barthes, la lectura deseada, requiere de un estado de apartamiento, en el que “resulta abolido el mundo entero”. Leer es una fuga deseada hacia la clausura. Descansa uno de los demás, gracias al encierro. Se trata de ingresar así en otro mundo, más personal e íntimo, en el que es preciso suspender “la realidad”, para navegar con delectación por una novela o por un cuento, o por un poema. Leer es, desde ese punto de vista, leer en soledad, sólo acompañado por los personajes que transitan por las páginas escritas. Si esto es leer, cabe preguntar: ¿Los medios, los medios escritos, son medios para leer? ¿O lo que se realiza con ellos es otra cosa, otra operación intelectual? A la vez, hay otra subdivisión. La de los medios impresos y la de los medios digitales. ¿Difiere la lectura en el caso de unos y otros? Tal vez, pensando en voz baja en éste caso, (o mejor dicho, pensando en silencio, pero pensando, es decir, escribiendo sin afirmar nada sino potencialmente), podría decirse que en los medios impresos hay espacios destinados a la lectura, artículos de fondo, breves ensayos a veces sobre la situación política o social, o brevísimas piezas de análisis, que no por breves, o por brevísimas, resultan marginales al hecho de leer. ¿Para leerlas es necesaria la soledad invocada por el personaje de Proust? Tal vez los diarios requieran de introspecciones breves también, pero de introspecciones al fin, o de diferentes grados de introspeccción. Hay una diferencia con el lector proustiano, de todas maneras. Una o muchas diferencias. El lector de medios no ha abolido al mundo para leer, sino que lee incorporando al mundo, incorporando al mundo mediatizado a la vez por los medios que se leen. En todo caso, pienso, aún es factible leer los diarios. De hecho, hay lectores de diarios. Pero claro, aunque introspectivos a veces –es común ver a personas concentradas, tomando un café solas y leyendo el diario- también los hay extravertidos que comparten lo leído, leyendo en voz alta a un interlocutor lo que ¿leen? pero ya no en soledad. ¿Qué ocurre con los medios digitales? Aquí la lectura es de un orden análogo en un punto, pero a la vez diferente. Por lo pronto, el lector no se inclina ante el texto, como ante un libro, o incluso ante un diario impreso, sino que se instala de manera horizontal frente a la pantalla. Hay una perspectiva tal vez menos ceremonial ante la lectura. Por lo demás, las manos operan de otra manera que ante un libro o ante un diario. No se trata de dar vuelta las páginas, sino de transitar la pantalla a través de la mediación del mouse y del teclado eventualmente (excursus: me resulta muy profano –cuanto menos- utilizar el término “mouse” en una columna en la que se comienza citando a Proust, pero no encuentro otro remedio). En fin, en Internet se lee con las manos muy activas. Como si se leyera escribiendo. De hecho, el lector de medios en Internet se define porque interactúa, porque responde a través de los foros o de los blogs. ¿Es una lectura introspectiva y apartada como la definida por Barthes a través de Proust? Podría decirse lo que se dijo. Es una lectura horizontal, donde el emisor está en un mismo plano que el receptor, en la que el receptor (el lector) se convierte de pronto en emisor y redactor, en autor. Hay una coincidencia sugerente, entre el lector y el internauta. La soledad para leer que reclama el lector de Proust es la misma que reclama para desplegar su voluptuosidad. Y en Internet la voluptuosidad existe y la soledad también. En Internet la sexualidad se despliega ante el voyeur solitario, o para el solitario que busca, en realidad, comunicarse voluptuosamente. Y si la lectura es también erotismo, Internet ofrece esa posibilidad. Y millones la transitan. Millones navegan por Internet “En busca de la voluptuosidad perdida”.
Por Miguel Wiñazki
Mwinazki@clarin.com
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