miércoles, septiembre 05, 2007

LA ERÓTICA DEL LIBRO.Gonzalo Fragui




“Quien no ha metido mano,no es humano”.
Graffiti en el barrio Campo de Oro.

Hay quienes creen, con San Agustín, que todo cambio es diabólico. Así conozco a algunos escritores amigos que no sólo no quieren nada con computadoras sino que, incluso, nunca dieron el paso de la pluma a la máquina de escribir.

Les parece que es como intentar un triple salto mortal, sin nada abajo. Lo anterior viene a cuento porque con la incursión del libro virtual en el mundo de la tecnología, hay quienes se niegan, so pena de muerte, a aceptar semejante cambio, y abogan por el libro de carne y beso, el libro de cuerpo presente.
Alegan que con el libro virtual se pierde el tacto del papel, el olor de la tinta y la voluptuosidad de la letra o la grafía dejada por el linotipo. En cambio, en la pantalla las letras son siempre las mismas, mayúsculas o minúsculas, un punto mayor o un punto menor, una terrible monotonía gráfica.
Arturo Uslar Pietri no podría haberlo dicho mejor.

Dice: “No sólo se ha creado la necesidad del libro, sino la voluptuosidad y el placer del libro. El tacto de la página, el aroma de la piel y del papel, la armonía de la composición tipográfica, la belleza de los caracteres y la presencia sólida del formato, son otros tantos regalos para la sensibilidad refinada. El buen bibliófilo es el pupilo de todas las musas”.
Porque, al contrario de lo que se cree, leemos no sólo con los ojos, o con la mente, sino también, y sobre todo, con nuestros cuerpos. Libro de verdad es todo aquello que se pueda tocar, que se puede intervenir, al que se le pueden hacer anotaciones, en fin, al que se le pueda meter mano. El libro ama desde su tachadura, decía Derrida.
Algunos creen que es perversión, pero no hay nada de qué temer. Hablamos del placer físico y de la fantasía que carga a los libros de olores y de sentidos. A cuántos no les ha pasado, cuando entran en una librería, como a aquel plomero que cuando entraba en una ferretería empezaba a salivar.
Es que ir a una biblioteca es, literalmente, como ir a una casa de citas. Claro, hay autores que citan más que otros. Y también los hay autosuficientes, los que se autosatisfacen ellos mismos, y no citan.
Como todo lugar para grandes iniciaciones, en el pórtico debe haber una inscripción en latín. En este caso dice: “Qui male leget, male finit”. Es decir: “Quien mal lee, mal acaba”. Uno llega medio nervioso, tratando de descubrir el libro que le gusta. La madama, es decir la bibliotecaria, nos anima. -Venga, no sea tímido, los libros no comenn a nadie -dice tratando de ayudar, mientras nos ofrece un catálogo ilustrado a todo color.
Aunque desde hace tiempo se tenga curiosidad por las novedades, pregunta, sin embargo y con embargo, por aquella enciclopedia, la grande que está en el rincón. Se supone que: “libro grande, ande o no ande”. Pero hay sorpresas. Aunque no se crea, en cuestión de libros, como en el amor, no hay nada escrito.
Lo más desprestigiado en estos lugares son los llamados “cursos para lectura rápida”, estos cursos que son del tipo “rácata pum chin chin el gallo sube” están hoy en franco desuso. Porque el mejor homenaje para un libro es, sin duda, el coitus interruptus.
Aunque Macedonio Fernández decía que a él no le gustaba llegar al final de sus libros, por eso los terminaba antes.

En una librería hay libros para todos los gustos


Hay libros que son “Mírame pero no me toques”. Sobre todo después que le vemos el precio. Sé de un amigo que cuando le pidieron un precio excesivo, dijo: “No, gracias, yo lo hago sólo por amor”.
Un libro deber ser hijo de un país y de una época, por eso en estos tiempos me inclino por los libros que más pesan (problemas de la columna). Libros donde se nota que no hay mayores pretensiones ni menores pretenciones. Libros sin erudición, sin prejuicios, e, incluso, sin conocimiento de lo que se está haciendo. En estos libros se muestra plenamente la mayor carencia del hombre contemporáneo: la carencia de carencias. Pongamos por ejemplo “El manual del levante” del desaparecido amigo Pedro Chacín, y “El manual del despecho”, de desconocido autor.
Hay libros que por donde pasan no vuelve a crecer la hierba. También escritores.
Libros como puñales, que sólo sirven para matar el tiempo.
Libros que vuelven en las noches de invierno.
Libros con solapas, como amores solapados.
Todo libro se escribe para la inmortalidad, pero a veces pasa sus últimos días (el libro, no la inmortalidad) en esa especie de geriátricos ambulantes llamados “remates”. Y uno va por la calle y de repente ve aquellos libros inalcanzables y uno suspira y le reza a santa Rita, Patrona de los Imposibles: “Tú que lo puedes todo, consígueme ese libro, aunque sea por un ratico”.



El otro asunto son los lectores
La más antigua noticia que se tiene de un lector es el caso de Eratóstenes, quien habiendo quedado ciego prefirió la muerte a privarse de la lectura.
Hay los que, viciados de cultura, creen que todo se encuentra en los libros, los que piensan que los libros reemplazan a la vida. Los pobres están tan equivocados como los que creen que el tiempo se puede encontrar dentro de los relojes o, lo que es peor, que la felicidad se halla dentro del matrimonio.
Hay quienes creen que las lecturas deben estar adecuadas a la edad. Será por eso que estos días sólo leo cuentos infantiles. San Agustín decía: “temo al hombre de un solo libro”. Sobre todo si el libro es de él mismo.
Hay muchos comentaristas de libros, que en realidad son lectores de contraportadas o de solapas, y a lo máximo que llegan es al prólogo o a la introducción. A esos “críticos” se les debería hacer como decía Ovidio: “El que besa y no toma lo demás, bien merece perder los besos dados”.

Lector pesimista es aquel que entre dos libros malos, escoge los dos
Borges dice que quizá no seamos ninguno lectores. “Quizá seamos parte de un gran libro que es el mundo. Quizá sólo seamos versículos o letras o palabras de un gran libro mágico que es el universo”. O para decirlo con una canción más cercana a nosotros: “Ese bolero es mío, porque su letra soy yo”.
Un lector abstemio decía: Amo a mis libros como los bebedores aman a sus vinos: mientras más leo, más me emborracho. Conclusión: Somos lo que bebemos.
Hay quienes no leen porque dicen que no tienen libros. Lo cual es una verdadera aberración. Carecer de libros propios es la más grande de las pobrezas. Carecer de libros ajenos es el colmo de la miseria.
Tampoco se debe obligar a nadie. Eduardo Galeano recuerda en que pleno centro de Medellín vio este letrero que nosotros, en parte, ya conocíamos: “La letra con sangre entra”, y más abajo otro firmaba: “Sicario alfabetizador”. Claro, no faltará el pesado, que después de leer esto, diga con razón: “Mientras más leo, más amo a mi perro”.




Finalmente están los escritores
Los escritores, decía alguien, somos como los animales, a unos les gusta producir miel y a otros pasarnos la vida volando. Unos quieren ser gusanos y otros mariposas.
Aunque, de todas maneras, como decía una viejita: “Tarde o temprano todos los escritores se hamburguesan”.

Vuelta a la página
“Virtual” o “real”, el libro no ha de ser ni una mina para saquear ni un depósito o vertedero donde vaciar nuestras miserias. El libro es un pontífice. Tiende puentes y es puente él mismo. Puente de luz y no hervidero de luciérnagas. Aunque algunas de ellas queden achicharradas por falta de humildad.
Los libros deben ser como las ramas de los árboles, ofrendan el aire y las alturas pero sin cortarnos las alas, ofrecen el cobijo y el reposo pero sin permitir el aburrimiento.
Para el sabio los libros no son libros, sino huéspedes. Todos llevan ropa de familia. Los libros son, como decía Pedro Laín Entralgo, pura fiesta para el espíritu y aun para el cuerpo de quien los lee, suave fiesta sin estruendo alguno.
Por eso José Martí decía algo como esto, cito de memoria: “...que nadie debe estar triste ni acobardarse mientras halla libros en las librerías, luz en el cielo, y madres, novias y amigos por todas partes.”.

Gonzalo Fragui
Poeta, periodista y editor venezolano (Mucutuy, Mérida, 1960). Cofundador del grupo literario Mucuglifo. Magíster en Filosofía por la Universidad de Los Andes (Mérida). Ha publicado los poemarios De otras advertencias, El poeta que escribía en menguante, De poetas y otras emergencias, La hora de Job, Viaje a Penélope y Dos minutos y medio, así como el libro de autoayuda El manual del despecho. En 1990 obtuvo el premio de poesía de la Dirección de Asuntos Estudiantiles de la Universidad de Los Andes, y en 2001 el premio de poesía de la III Bienal Nacional de Literatura Juan Beroes, San Cristóbal (Táchira).

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