"Eva, los libros y la manzana"Clara Obligado


Una curiosa operación matemática nos hace ver que a lo largo de nuestra vida, si comenzamos a leer a los diez años y dejamos de hacerlo a los ochenta, con un ritmo de un libro a la semana, sólo lograremos leer unos 3.600 volúmenes. Esto parece saberlo una Eva que lee con avidez en el metro mientras los Adanes del vagón hojean una revista de deportes. Según todas las encuestas, las mujeres leen más y, en los últimos tiempos, se agrupan en esos sorprendentes “clubes de lectura” que germinan por toda la geografía de la Península y que, casi en su totalidad, están compuestos por mujeres. No deja de ser curioso, ya que históricamente el acceso de ellas a los libros fue más tardío y nada parece explicar la causa de tal asimetría.
Podría suponerse que amamos lo que nos cuesta conseguir, que valoramos más lo que logramos con dificultad, y éste es el caso de las Evas y los libros. El simple hecho de acceder a la lectura hizo que ellas hicieran gala de una tenaz inventiva. Así, en la época en la que se construían las catedrales, Hildegarda de Bingen, una monja renana, se escondió en un convento para acceder a los libros y así se la retrató, bajo una ducha de lenguas de fuego de las que emanaba su sabiduría. Ada Byron, precursora del lenguaje informático, tenía un marido que se colaba en las bibliotecas para conseguirle los textos a los que ella, por ser hija de Eva, no podía acceder. Gertrude Bell, amiga de Lawrence de Arabia, la mujer que trazó el mapa de la turbulenta Irak, debía asistir a las clases en la universidad sentada de espaldas para no alterar a los catedráticos con su afán de conocimiento. Para todas ellas pedía Virginia Woolf “una habitación propia”, un espacio reservado al ejercicio intelectual. Así, la historia de las mujeres que leen está llena de aventuras, algunas de ellas heroicas. Son una cadena de “co-legas”, –un vocablo que esconde en su etimología la idea de leer en común– y atraviesan la historia con un libro en la mano. A ellas se suma ahora esta mujer que lee con ansia en el metro o en el autobús, que se reúne en un club de lectura sin otra intención que la de compartir un libro, que con su actitud teje, no la tela de Penélope, sino las sutiles urdimbres de un intercambio basado en la cultura. Ajena a lo que sucede a su alrededor, en esa tierra de nadie que son los transportes públicos, en ese espacio de libertad situado tan lejos de casa como del trabajo, Eva ha encontrado un paraíso a su medida, una habitación propia: la del tiempo libre siempre tan escaso, el paréntesis que se abre como un abanico para que entre un libro. Eva, mientras viaja, en esa gozosa tierra media que está entre el hogar y el trabajo, en el Edén traqueteante, sin pomposidad alguna, se deja ir hacia el apacible laberinto de las páginas y se sumerge en el goloso placer de la lectura.
Como bien decía E. M. Forster, los libros, para comprenderlos, no se pueden devorar, hay que leerlos, y ellas, nutricias la mayor parte del día, aprovechan estos cortos viajes para alimentar su espíritu. Tal vez Eva, al entregarle la manzana a Adán no buscara tentarlo, atraerlo hacia sí, sino más bien alejarlo, distraerlo, darle algo qué hacer y, mientras él masticaba el fruto bajo el árbol, Eva se dedicaba, subrepticiamente, a la lectura.
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