sábado, septiembre 01, 2007

Abrir un libro. Andrés Neuman


"No hay lector que no adore el ejercicio indiscreto y fascinante de abrir un libro al azar y comenzar a leer intensamente, como si en ese pasaje casual aguardase una clave, una señal, alguna explicación acerca de su destino. Esta costumbre parcialmente mágica, similar al método instantáneo del I–Ching o a las decisiones que se fían al vuelo de una moneda, puede decirnos más del carácter de un lector que todo un comentario filológico. Hay dos maneras opuestas de acercarse a un libro, por ejemplo una novela, y abrirlo por cualquier parte. Al posar la vista en la página, ¿qué le pedimos al personaje? Algunos lectores esperan sorprenderlo haciendo más o menos lo mismo que ellos hacían en ese momento: que la ficción les siga el paso, como si el personaje les brindara una secreta aprobación. Otros lectores en cambio se sienten tentados de imitarlo, como si la narración pudiese convertirse en una guía accidental de sus acciones. Algunos lectores buscan un espejo y otros buscan un modelo. Sospecho que esta clase de actitudes, que no son del todo voluntarias ni exactamente teóricas, son las que mejor revelan nuestra idea de la literatura. Algún estudioso podrá argumentar que la idea del personaje como modelo de comportamiento es de raíz ilustrada, mientras que la tendencia a buscar la identificación íntima con lo leído es de origen romántico. Es posible, pero la disyuntiva no se agota en las corrientes históricas. Recuerdo un extenso poema de Nicolás de Moratín (ilustrado de primera hora y padre del neoclásico Leandro) titulado ‘Arte de las putas’, cuyos versos se burlan de la intención ejemplarizante y buscan la identificación cómplice del lector macho y putañero, que por entonces debía de ser el lector español medio. A la inversa, fueron numerosísimos los suicidios inspirados en Werther, quizás el personaje más emblemático del Romanticismo, al que imitaron tristemente jóvenes lectores de toda Europa. Así que, como siempre, estamos a oscuras. Un libro que se abre puede ser un naipe profético, un arroyo de agua clara, una foto en sepia, una máscara, un material opaco, un espejo cóncavo o convexo. En esto el paso de las páginas y el transcurso del tiempo son iguales: nadie sabe qué cara le espera al otro lado."
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