Las bibliotecas,ALBERTO MANGUEL


Las bibliotecas son los lugares donde se concentran mayor cantidad de saberes, historias y reflexiones por centímetro cuadrado. Algunas de ellas se han convertido a lo largo del tiempo en lugares míticos.

Alguna comunidad decidió muchos siglos antes de Cristo atesorar decenas de ladrillos con inscripciones. Una manía coleccionista de la que el ser humano no se ha desprendido jamás y que -afortunadamente, y alentada por una ambición de sabiduría- provocó el nacimiento de las grandes bibliotecas de la historia. Este es un repaso a esas bibliotecas, las que forman ya parte de la leyenda, las que reúnen hoy los mayores y mejores fondos del mundo, las del futuro, las que alguien alguna vez imaginó... Algunas de ellas existen también en La biblioteca de noche, el nuevo libro de Alberto Manguel, un declarado amante de los libros y de las bibliotecas, que ahora hace un recorrido por la historia física y emocional de estas.



"Estas obras no pasan al lector de lengua inglesa porque sus editores no las compran, no las traducen. Los ingleses aunque sea publican autores de sus ex colonias, africanos, caribeños, y algunos escritores internacionales. Pero sólo a través de dos editoriales, Harville, que publica regularmente traducciones, y Faber & Faber, que tomó clásicos contemporáneos como Vargas Llosa y los traduce con algún sentido de responsabilidad. Justamente, eso falta, responsabilidad. Esos editores maravillosos de antes, esos españoles que teníamos aquí, tenían un sentido de responsabilidad: “Esto se publica porque es importante”. Ahora, esos conceptos vergonzosos que se introdujeron en la industria editorial, como “la vida de estante del libro”, el tiempo que un libro debe durar en un estante, como si fuera un huevo que se vence... Lo hacen hasta con los bibliotecas. Paso al libro que estoy escribiendo, que se llama La biblioteca de noche, que parte de esa idea optimista que tenemos que el universo puede organizarse sobre una estantería. Mirando eso me encuentro con historias espantosas, sobre todo en Estados Unidos, donde el impulso comercial de la industria electrónica, que necesita vender, trata de convencer al lector de que el libro es algo que se pierde y hay que convertir todo en una biblioteca virtual. Esto ni científicamente es cierto, porque un diskette tiene una vida mucho más corta que un libro. Una historia que me conmovió mucho: estaba yo en el museo arqueológico de Nápoles, y entre dos placas de vidrio veo las cenizas de un papiro rescatado de Pompeya. Y el texto se podía leer. Me tocó ver un texto que tenía dos mil años.–Difícil imaginar un disquete entre dos vidrios...–No, si todos los días nos pasa que algo se pierde, la computadora se rompe, el diskette se moja, el CD se raya. Para peor, las bibliotecas tienen otros problemas. Por ejemplo, hace seis años, se dieron cuenta en San Francisco de que la biblioteca local no alcanzaba y decidieron hacerle otro edificio. Lo construyó como de costumbre un arquitecto que no sabe leer, con lo que cuando la terminan descubren que tiene menos capacidad que el edificio antiguo. ¿Y qué decide el director de la biblioteca? Que hay que eliminar libros. Para seleccionarlos, decide que todo libro que no haya sido retirado en diez años, será eliminado. Empiezan a sacar los libros que, como son de una biblioteca pública, no se pueden vender y entonces los usan como relleno sanitario. Horrorizados, los bibliotecarios se iban de noche a la biblioteca y sellaban los libros con fechas recientes falsas para salvarlos, como si salvaran chicos refugiados. Luego se hizo público, se paró, pero ya se habían perdido cientos de libros. Estamos construyendo nuestras propias Alejandrías, como si no bastaran los terremotos y los incendios, los saqueos y las guerras. Parece que tuviéramos miedo de las lecciones del pasado y nos negamos a aprenderlas. Esa educación que tuve yo en la Argentina no vino sólo de los editores que teníamos, de los profesores de mi colegio, sino de una sociedad que creía que la cultura era importante, donde el acto intelectual tenía prestigio. Pienso que ahora en la mayor parte de nuestras culturas, el acto intelectual no tiene ningún prestigio. Se publica como un acto comercial, se lee como una distracción o una forma de aprender algo. Pero no por el prestigio del acto intelectual mismo. Espero que podamos recuperarlo."
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