A mi las que me dan más miedo "son las que no leen".


Insinúa Tusquets, o más bien afirma, qué peligrosa mujer es la que lee literatura que la libera; no cualquier libro. Y es verdad. Pero hay más, como Esther reconoce, y esa adicción no es sino la estrecha e íntima relación que una mujer y una novela –oh, sí, la ficción: la posibilidad de ser otra sin moverse del pueblo, que tanto daño hizo a la pobre Bovary– entablan. Esa deliciosa sensación, ese estremecimiento que nos proporcionan la ventana que se abre, el aire que nos penetra, el tiempo al detenerse, el dolor aplazado por la magia de alguien en cuyas palabras creemos a pies juntillas.
No me atrevo a afirmar que los hombres lean diferente
"porque la lectura podía minar en ellas una de las cualidades que ellos mismos más valoraban: la sumisión. Todavía cuando yo era niña, en la España de los años 40, algunas de las amigas de mi madre me advertían escandalizadas que el exceso de lectura y de saber me llevaría a tener mayores problemas con los hombres"
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