domingo, marzo 25, 2007

no sabemos con qué grado de esfuerzo fue escrito un libro que nos deslumbra

Muchas veces no sabemos con qué grado de esfuerzo fue escrito un libro que nos deslumbra. No hay indicios que nos hagan visible si el autor calibró conscientemente cada una de sus palabras o si éstas fueron fluyendo sobre el papel a velocidad de crucero. Al menos en Madame Bovary, un narrador de trabajosa escritura como Flaubert puede haber logrado la técnica suficiente para que los parches, las vueltas atrás y las "penosas interpolaciones" de su proceso creativo no sean advertidos por el lector.El método de Flaubert era estrictamente personal. Puede ser reproducido por otros escritores de sensibilidad parecida a la suya, pero en sí mismo no asegura nada. Que haya mucho trabajo tras una obra literaria no le agrega ningún valor específico, sobre todo si nos resulta aburrida.Adolfo Couve quiso asignarle a la dificultad de escribir el plus de una categoría estética. De hecho, le interesaba escribir en la medida en que no le era fácil hacerlo, según decía. Detestaba la anécdota, tanto en el arte como en la literatura. Ponía como ejemplo dos esculturas santiaguinas: la del general Baquedano y la Fuente Alemana. La primera la consideraba aburrida pero buena; es decir, económica, sintética, realista. La otra, en su concepto, era una plasta barroca, cuentera, entretenida.Alguna vez Marcelo Matthey - autor de Sobre cosas que me han pasado- fue a ver a Couve a Cartagena. Este le dijo que su libro le había gustado porque en él no pasaba nada. Puso otro ejemplo: cuando uno ve en la televisión una película con explosiones y choques, puede predecir aproximadamente la secuencia de las imágenes y la experiencia se hace burda y consabida. Cuando muestran, en cambio, a una mujer pelando papas o colgando la ropa, no se sabe lo que va a pasar: la escena se basta a sí misma.No es raro que Stevenson y Henry James hayan sido amigos distantes durante años, a pesar de que adscribieron a modelos literarios tan distintos. Stevenson, tras su muerte, quedó un poco desacreditado a la luz de las modas culturales. La novela de aventuras no tenía nada que ofrecer, salvo al mercado editorial dirigido a los preadolescentes. James estimaba que ya había suficiente acción - suficiente aventura- en la imagen de una mujer parada junto a una ventana. Si bien puso una pica en el Flandes de la representación narrativa, no fue un autor popular, como sí lo fue Stevenson.Cualquier aficionado a la lectura sabe bien cuánto pesa y oprime el aburrimiento. Yo me he aburrido hasta el tuétano con muchos textos teóricos redactados a medias por Pero Grullo y Cantinflas, pero también con Guzmán de Alfarache, de Mateo Alemán, e incluso - generosamente- con El loco Estero, de Blest Gana. Y qué decir de Luis Durand, de Fernando Santiván, de Lastarria, de Güiraldes, del Conde de Lautreamont, de George Perec. Unos aburren por empalagosos, otros por ciegos, por pretenciosos, por ególatras, por "lúdicos". El aburrimiento es parte del aprendizaje y del paisaje. Debe ser por eso que me he acostumbrado a escribir notas como ésta, breves y a la pasada: por el miedo a aburrir y a aburrirme.
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