Hoy, ante el atasco por tanto correo basura....


"Una de las novedades del correo electrónico, a diferencia del correo llano, simple y de papel, es la sensación de intimidad, casi de susurro. La correspondencia que se atasca en el umbral de la puerta suele ser de tipo general, aunque no por ello menos indeseada y altamente contaminante, si nos atenemos a su carácter desechable: prospectos de bancos, catálogos de tiendas, ofertas de supermercado u ofrecimientos de plomeros a domicilio, con información más o menos visible para todo el vecindario. El correo electrónico, en cambio, tiene ese hálito de nota personal que cuando es de amigos resulta encantador, pero que se extiende incluso a aquel que uno ni solicita, ni acepta: ése que termina en el basurerito dibujado en la pantalla de la computadora o en la bandeja de spam de los correos públicos. Quizá su tono cachondón tiene la finalidad de que uno se sienta importante, deseado o curioso, y por ello los abra; en eso radica su seducción, seducción extraña, por demás, pues por lo general la de esos correos es más bien como un ligue errático y equivocado, dirigido a otras personas que no suelen ser quien lo padece, como si alguien nos dijera: me gustan los hombres bigotones como usted, señora. Debo confesar que acostumbro echarle un ojito a la bandeja de spam del correo, no se haya colado un mensaje que sí era para mí, o si no, para ver quién se han creído que soy esta vez. A fuerza de curiosear en la bandeja –con la debida precaución antiviral, claro está, y procurando no abrir los correos masivos que otros correos masivos aconsejan no abrir– me he podido dar cuenta de que ciertos correos masivos recurrentes revelan algunas ideas extrañas sobre el destinatario, ideas con las que se podrían construir unos monigotes curiosísimos. Las más aburridas de todas son las de panista o perredista irredenta, cosas las dos que ni soy, ni de las que quiero hablar ya, por la mezcla de hartazgo, decepción y depresión general que, me temo, aqueja también a muchos ciudadanos. Pero hay otras identidades más chistosas que se deducen del correo: hay quienes se empeñan en que una necesita alargarse el pene, cosa que, para ser sincera, nunca había considerado, y no entiendo por qué mi nombre forma parte de una lista de correo que propone semejante cosa. En todo caso, me gustaría responderles que en cuanto me lo encuentre, con mucho gusto veré la manera de convertirlo en misil atómico o varita de virtud, tal y como lo ofrecen los prospectos de imitación de Viagra. Me llegan también muchos correos en los que me proponen aumentar mi volumen de ventas –como se puede ver, aquí todo es un afán de aumentar y hacer crecer toda clase de cosas–, proposición que, dirigida a esta humilde escritora mexicana es, cuando menos, una broma de humor negro (es más, si alguien inaugurara el género del worst seller, muchísimos de nosotros seríamos un hitazo). He recibido también numerosas ofertas para adquirir Rolex falsos pero que se ven igualitos a los reales (sólo falta que, junto al Rolex, nos propongan un asalto de imitación). Otras de mis facetas en el terreno fantasmal de los correos masivos son la de inversionista en bienes raíces y la de aspirante peruano u hondureño a viajar a Estados Unidos y obtener el green card. Una vez hasta me emocioné y puse mis datos –caray, no todos los días se vuelve uno gringo por correo–, pero en cuanto escribí que era mexicana, la oferta se desvaneció igualito que todas nuestras ilusiones. Así que a veces pienso que, al igual que el fantoche que los surrealistas creaban con las metáforas de la poesía amorosa –labios de rubí, dientes de perlas, ojos de esmeraldas–, si uno armara una especie de monstruo con sus sucesivas encarnaciones como destinatario de correos masivos, en mi caso –que supongo se parece mucho a los de la clientela de yahoo– saldría una especie de bracera, fanática de un partido político y odiadora de otro (el que sea), ansiosa de vender y comprar terrenos en Salt Lake City y de invertir en la bolsa de valores, provista de un Rólex de imitación, pero eso sí, muy descontenta con el tamaño de su órgano reproductor masculino, como antes se le llamaba, y dispuesta a hacerlo crecer como sea. Y eso sin hablar de aquella que, presa de temores religiosos, ha reenviado quién sabe cuántas cadenas que le han prometido la riqueza y la felicidad –todavía recuerda cuando eran de papel y venían con un peso pegado con diúrex–, o bien las ha tirado al basurerito y todavía espera que le caigan unos chahuistles. Entre el pene y el Rolex, me cae que me vería muy extraña."
(Desde 1986 publica la columna quincenal Y ahora paso a retirarme, del suplemento La Jornada Semanal, y desde 2001 es miembro del Sistema Nacional de Creadores.)
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