jueves, febrero 22, 2007

Michelena


Alguien que tenga tiempo y discreción, uno de esos seres solitarios que deambulan a ciertas horas por las calles del centro sin destino, sin dinero y sin madre, debería ir a la libería Michelena de Pontevedra las tardes de tormenta gorda a pasar revista a los lectores de páginas sueltas, los estudiantes que buscan el libro de Civil y el universo, en fin, que despliega sus alas en los fondos de esa enorme, apabullante librería. Lo pensaba uno despacio, como tragando bolas de pan duro, esta semana de regreso a las estanterías de Michelena con los bolsillos llenos del dinero de otro, entorpeciendo alegremente un pasillo, porque estar en Michelena sin entorpecer un pasillo es como no estar, como no ser nadie. En la última adolescencia, la más lejana de todas, fui adquiriendo la costumbre de visitar periódicamente la librería para irme haciendo un paria, un molestapasillos: el mueble del fondo, pegado a las obras completas de Hemingway, que era el autor que yo había decidido ser antes de comprender que me hacían vomitar los toros y las guerras: que me hacía vomitar la sangre. Descubrí que no era leer lo que me gustaba, sino el ejercicio intelectual de contemplar libros y, cuando había posibles, comprarlos para abultar la habitación y dármelas de no se sabe qué. Los tocaba, me leía las contraportadas y auscultaba el rostro sereno y redondo del escritor de turno, cazaba la página trece o veintinueve, y luego me leía rápidamente el final, mirando por encima de las solapas que nadie se acercase, como un delincuente. Ese pasatiempo duró años y sólo la vergüenza me alejó temporadas de Michelena. Brotó de la adolescencia la inmadurez, y a la furia contemplativa le sucedió la anestesia moral de un escritor de columnas aficionado a opinar de todo para no comprometerse con nada: un impostor, un falsario. Pero el delicioso placer de contemplar libros no mermó: se mantuvo intacto, poderoso, cautivador. La liturgia hervía en público: contemplaba las novedades en el primer montón e iba llegando hasta los clásicos para acabar en la poesía. Además de contemplarlos, los libros de poemas a veces los abría y leía versos sueltos con los que salía masticando a la calle, como saliendo de una frutería con una uva prestada. Una vez leí de Dylan Thomas: “Veo a los muchachos del verano en su ruina / convertir en eriales los dorados rastrojos” y lo fui cantando hasta la Peregrina para adentro, inspirándolo, como llenándome de aquel aire vibrante y cegador. En Michelena está la vida de los aspirantes a lectores y de los escritores anónimos: entre el gentío silencioso y soñador de los probadores de libros, de los lectores accidentales, van pasando las estaciones. En aquel Sonatas de Pontevedra que hizo Xabier Fortes se asomaba su hermana, Susana Fortes, a la ventana de Michelena que da a Curros Enríquez y saludaba a César Portela con un “¡César!” de corte almodovariano. Antes de entrar por la tarde, a la hora del café, los propietarios / empleados juegan una partida de cartas en el Carabela cuando escampan las calles lluviosas de mi Pontevedra. Dos años consecutivos me senté con uno de ellos como jurado de un concurso de tortilla de patata en el instituto Carlos Oroza y cuando lo veo me da un resabio a cebolla. La librería Michelena es por momentos la capital del mundo: el centro de gravedad, la sacristía intemporal del misterioso pecado de la lectura. Volví esta semana después de mucho tiempo y me paré, ya digo, a contemplar a Primo Levi y un poquito a Philip Roth. Me llevé para leer tranquilo en casa a Savater, Celso Emilio y Fitzgerald. Cuando ya salía, abrigado por la nostalgia ardiente y devorando los finales de los libros que se cruzaban por el camino, atrapé con la mirada un par de portadas de Lucía Etxebarría, la última de ellas sobre una cosa de ser madre: más orgulloso de los libros que leo, que dijo Borges, yo lo estoy de los que no leo.
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