¿Y cómo fue que empezaste a leer?


–Fue cuando volví a Tandil, ya de grande. Yo era jugador de fútbol, en las ligas locales. Era lo que me interesaba. Un día el novio de una prima, un tipo que se llamaba Juan Campagnole, me cuestionó el hecho de que yo era un ignorante. Me dijo que había encontrado un libro en su biblioteca, y que le parecía que a mí me iba a gustar. Era una novela de ciencia ficción: Soy leyenda, de Richard Mathieson. Fue el primer libro que leí en mi vida. Me encantó, y cuando lo volví a ver, le dije: “Dame más”. Y entonces me trajo Los hermanos Karamazov. Mirá que bestia. Recuerdo que fue algo dramático para mí, porque andaba por la calle pero quería volver a casa para seguir leyendo. Quería saber qué pasaba. Todo lo demás era accesorio; lo que yo sentía era una ansiedad tremenda por saber cómo carajos iba a resolverse la historia. Y así vinieron, después, Flaubert, Quiroga, Maupassant... Juan me daba libros que él escogía al azar, al azar mío, quiero decir, y yo descubría el mundo de la ficción. Con Quiroga tuve el primer gran metejón, me volvió loco y fue mi modelo indiscutible en un momento de mi vida. Maupassant fue otra aventura, y para que tengas una idea de mi relación con el cuento –y decir cuento es decir Maupassant– su retrato preside aún hoy mi lugar de trabajo... Y cuando viene alguien a mi casa, si no lo conoce, le digo que es el abuelo de cualquiera de nosotros. Obviamente, cuando viví en Francia tuve el placer de releerlo en su lengua, que es algo maravilloso, aunque también comprobé con dolor que allá se lo consideraba un escritor de segunda. A mí eso me dolió mucho. Porque ojo: yo conservo la emoción, todavía. Soy alguien que puede llorar leyendo. Igual que cuando veo cine, hay ciertas cosas que me hacen llorar. Y que no tienen que ver con la impresión melodramática, sino con la belleza. De pronto, algo que es demasiado bello, me hace saltar un lagrimón. Dicho como suena, Mempo: sin pudor. Eso me pasó con Madame Bovary. No por lo que le pasaba a Emma, sino por la manera de contar, tan hermosa. Y luego, ya más sereno, trataba de averiguar cómo lo hacía, a ver dónde arrancaba una escena, cómo resolvía tal situación. Y por supuesto, como en toda obra maestra, eso es indescifrable.




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