Guía de libros fabulosos


Todo autor sueña con escribir un libro memorable, uno que resulte incólume al paso de las generaciones y los avatares literarios. Muy pocos son, empero, los que lo han logrado –quizás aquéllos que no se atrevieron ni siquiera a soñarlo. Muchos más son los lectores ávidos de leer un libro inolvidable, un libro que los libere de una búsqueda, acaso inconsciente, en pos del libro definitivo, después del cual toda palabra escrita resulte prescindible. Para regozo de los últimos y escarnio de los primeros, propongo aquí una lista de los únicos libros que, por resultar prototípicos, satisfacen ambos anhelos.


El libro vacío
Existen numerosos ejemplos de libros publicados con todas las páginas en blanco. Entre ellos, vale la pena mencionar Los ensayos sobre el silencio, de Elbert Hubbard y Serpientes de Hawai: Guía completa, ilustrada y documentada de las especies exóticas originarias del quincuagésimo estado de la Unión, de V. Ralph Knight Jr., reimpreso en The Nothing Book (1974). El panfleto protestante de Robert Filliuo ¿Qué se precisa para perderse? y el célebre Todo lo que sé de las mujeres, de autor cobardemente anónimo y traducido a más de siete lenguas, merecen una mención aparte. Quizás resultara conveniente añadir a esta lista los tres libros más delgados del mundo, según Johannes Gross, a saber: el de la cocina israelí, el de las leyendas heroicas italianas y el del humor suizo. Todos ellos, sin embargo, fallan en el intento de alcanzar la perfección del vacío absoluto, pues no sólo llevan el título en la portada, sino que, en una de sus páginas, se encuentra asentado el pie de imprenta, que canónicamente prohibe la reproducción total de la obra y, ¡ay, lo ilimitado de la vanidad humana!, también la parcial.

El libro asesino
En El nombre de la rosa, primera novela policiaca de carácter metafísico, ubicada en la Italia oscurantista, Umberto Eco engendra un libro que mata a quien lo lee. Las páginas de ese libro se encuentran impregnadas con un veneno letal y están tan resecas que el infortunado lector no tiene más remedio que humedecerse con la lengua la punta del dedo para poder ojearlo. De ese modo, cuantas más páginas lee, más rápida y atroz es su muerte. El libro en cuestión es el imaginario libro perdido de Aristóteles sobre la comedia, en el que, fabula Eco, la risa sería elevada al rango de don divino, un atributo que le permitiría al hombre trascender su bestialidad y acercarse a Dios. Jorge de Burgos, el monje responsable del envenenamiento de las páginas, contraargumenta, con irreprochable celo escolástico, que la risa es una de las expresiones más patéticas de la debilidad de la carne, más propia de un demonio que de Dios, y sostiene la lúgubre opinión de que la melancolía es el estado natural de las criaturas nacidas con el estigma congénito del pecado original. La vida humana, confabula, no sería otra cosa que un mero calvario destinado a expiar en abonos de sufrimiento esa culpa primordial y, por lo tanto, despoblada de gozos. Para respaldar su posición nos recuerda algo que los Evangelios no dejan de subrayar, aunque sea por omisión: que Jesús de Nazareth nunca rió.

El libro ilegible
En la contraportada del primer volumen de sus Escritos, Jacques Lacan, el trágico psicoanalista francés, advierte al incauto lector que los textos que componen esa obra fueron escritos para no ser leídos. De esta obra extraemos algunos ejemplos al azar. A propósito de “La carta robada”, de Edgar Allan Poe, Lacan dice, en la titánica traducción del maestro Tomás Segovia: “Y por eso, sin haber tenido la necesidad, como tampoco, comprensiblemente, la ocasión de escuchar en las puertas del profesor Freud, irá derecho allí donde yace y se aloja lo que ese cuerpo está hecho para esconder, en alguna hermosa mitad por la que la mirada se desliza, o incluso en ese lugar llamado por los seductores del castillo de Santangelo en la inocente ilusión con que se aseguran de que con él tienen en su mano a la Ciudad” (Escritos i, p. 29). En otro pasaje leemos: “Interroguemos a ese gozo precario por estar suspendido en el Otro de un eco que sólo suscita a condición de abolirlo a medida que lo suscita, para alcanzar lo intolerable. ¿No nos parece finalmente exaltarse únicamente ante sí mismos a la manera de otra, horrible verdad? (Escritos ii, p. 751). Sabemos que Nora Joyce solía decir con tierna impaciencia a su marido: “Pero James, ¿por qué no escribes libros que la gente pueda leer?”, sólo que en el caso de Lacan, la inextricabilidad no es una mera cuestión de estilo, sino que deriva, con axiómatico rigor, de postular que el inconsciente está estructurado como un lenguaje puro, de perfección matemática, razón por la cual el sentido del que solemos dotar a nuestras construcciones lingüísticas, aunque a veces fallemos (como, por ejemplo, en esta oración), sólo pueden corromperlo. Por esa razón, convoca Lacan, es necesario dirigirse a él en su propio lenguaje, libre de sentido. Los arduos textos lacanianos, diríamos, no es que no puedan leerse, sino que, muy por el contrario, sólo pueden leerse.

El libro perpetuo
En su narración “El libro de arena”, Borges concibe un libro cuya ubicua página central se desdobla en inacabables páginas, independientemente del sentido en que se lo lea. Esa imaginación tiene la virtud de servir de puente, infinito si se quiere, entre la física y la metafísica, ya que ese libro interminable es a la vez una ilustración palpable de la definición que da Einstein del universo, a saber, infinito pero no ilimitado y, además, una variante etérea de la célebre paradoja de Zenón sobre Aquiles y la tortuga, con la singularidad de que en este caso no se trata de un atleta corriendo desaforadamente detrás del ecuánime reptil, sino de un lector condenado a ojear las inagotables páginas sin alcanzar jamás a pasar de la mitad, y ni siquiera llegar a ella. Pero quizás el mayor mérito del libro perpetuo de Borges sea que nos ayuda a dar una respuesta definitiva al cuestionario de Proust en lo que respecta al libro que llevaríamos a una isla desierta.

El libro absoluto
Cuenta la leyenda que cuando las huestes del califa Omar i llegaron a la Biblioteca de Alejandría, ya dos veces incendiada anteriormente, éste, antes de ordenar prenderle el fuego definitivo, profirió: “Si en los libros que están aquí consta algo diferente a lo que dice el Corán, entonces son heréticos y merecen ser destruidos; mas si dicen lo mismo, son superfluos y merecen asimismo ser quemados”. La misma lógica inquisidora fue seguida por aquellos que se dejaron inspirar por la Biblia, también conocida como Libro de los Libros, y, de hecho, nada hay de perverso en tal proceder, pues tanto los sacrificios como los crímenes cometidos en nombre de una Verdad irreprochable se encuentran ya contenidos en el axioma de un libro absoluto, y son, por así decirlo, un imperativo irresistible.

El libro imposible
Cuando, en 1903, Bertrand Russell escribió a Frege para comunicarle que su noción de conjunto de todos los conjuntos que no son elementos de sí mismos, de la cual su catálogo de todos los catálogos que no se incluyen a sí mismos era una ilustración, resultaba contradictoria, desencadenó una crisis filosófica de la que la lógica, y con ella el pensamiento todo, todavía no ha logrado recuperarse (hay quienes, poco a poco, van perdiendo la esperanza de que algún día lo haga). El razonamiento de Russell partía de considerar que, antaño, cuando los volúmenes de una biblioteca todavía obraban en un catálogo, había dos clases de catálogo, en los que, de acuerdo al prurito del bibliotecario, a) sólo constaban los libros de la biblioteca, y b) constaba además el catálogo mismo. A la sazón, Russell propone inventariar los catálogos de todas las bibliotecas del mundo en los que sólo se encuentran los libros pero no los catálogos que los compendian. Se trata de un grupo de catálogos elaborados por bibliotecarios poco concienzudos, a los que les falta uno de los volúmenes que reposan en los anaqueles de la biblioteca –el catálogo mismo. Russell se deleita preguntando si ese catálogo de todos los catálogos incompletos también obraría en su listado. Si se lo incluye, colige, entonces deja de ser incompleto porque se contiene a sí mismo y, por lo tanto, no debe ser inventariado. Pero si no lo incluimos, entonces es uno de esos catálogos deficitarios que, de acuerdo a la definición, debe ser incluido. Ahora, si se lo incluye... etc. Ese círculo vicioso, típico de las paradojas autorreferenciales, da por resultado que ese catálogo de catálogos que no se incluyen a sí mismos sea un libro imposible en sentido formal, ya que la definición lógica de la imposibilidad reza: A^ ~ A, es decir, A es y no es. Con la formulación del teorema de Gödel, por la que su autor debió pagar el caro precio de la locura, quedó para siempre demostrado que la contradicción, es decir, lo imposible, es íntima parte de la verdad (Wittgenstein, en sus Observaciones filosóficas, intuye que una afirmación imposible, por ejemplo: “llueve y no llueve”, contiene el mayor grado de verdad y es, por lo tanto, todopoderosa). Hay otros libros que podrían considerarse asimismo imposibles, como The mind´s I, de Douglas Richard Hofstadter y Daniel Dennett, cuyo subtítulo reza O por qué usted no podrá seguir siendo el mismo si no lee este libro, o Márgenes de la filosofía, de Jacques Derrida, cuyas notas a pie de página afirman lo contrario de lo que se afirma en el cuerpo del texto, y, a veces, malévolamente, también lo mismo. A esa serie podría añadirse también Tres pruebas de la existencia de Dios, seguidas de dos refutaciones y un empate, así como el Manual del perfecto autodidacta, que aún quedan por escribir.
Existen otros libros paradigmáticos, como, por ejemplo, el libro agujereado de la película Lucía y el sexo, el libro relativista, que Lawrence Durrell nos brinda en El cuarteto de Alejandría, o el libro de Möbius, que Michael Ende perpetrara al escribir, a dos tintas, La historia interminable. Y, por supuesto el libro definitivo, a saber, la Guía de libros fabulosos, de próxima aparición. ~






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