El libro y la lectura. Diez puntos a favor de una política de Estado I


Un niño puede aprender a oralizar casi cualquier texto en unos meses. Pero comprenderlo requiere aprendizajes que llevan más tiempo y no son lineales. Se inician antes de la educación formal y dependen de la riqueza de los contextos afectivos y sociales. Un niño que vive en un ambiente en el que se lee y escribe cotidianamente puede comprender el sentido social e incluso la organización textual de diversos géneros antes de aprender a decodificar el alfabeto. En el momento de hacerlo, su desarrollo lector será más rápido y no le será difícil ser un lector solvente.

Pero ser capaz de comprender diversos textos no supone ser lector. Pasar de la potencia al acto y hacer de la lectura un instrumento multifuncional y cotidiano requiere de la confluencia de más factores –disponibilidad de diversos materiales de lectura o de tiempo libre, escolar o laboral, reconocido institucionalmente, y entornos físico, social y afectivo adecuados, etc. Si el contexto es propicio para tener experiencias propias, es muy factible que se catalicen los aprendizajes y que el niño haga suyos conocimientos y experiencias ajenas.

Lo mismo podría decirse de cualquiera de los otros eslabones de la cadena del autor al lector. Vender libros, clasificarlos e incluso publicarlos es relativamente sencillo. Pero ser librero, bibliotecario o editor es otra cosa. Para llegar a serlo se necesita entornos favorables para ejercitarse y agenciarse experiencias y conocimientos de otros. En la incorporación de una persona a cada eslabón de la cadena del libro están presentes sucesivas generaciones de difuntos e infinidad de coetáneos ...


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