viernes, noviembre 24, 2006

Miriam Marinoni y su novela Vade Retro



En medio del vertiginoso aluvión de hojarasca que las editoriales de Hispanoamérica lanzan al mercado del libro, pocos libros cautivan la atención de un modo tan obsecuente como la magistral novela de Miriam Marinoni. Después de leer esta estupenda aventura intelectual nacida de la portentosa imaginación de la escritora, se puede estar plenamente seguro de una cosa: jamás el lector podría seguir siendo el mismo al cabo de su gratificante y no pocas veces sorprendente propuesta narrativa. De sus casi trescientas páginas impecablemente escritas emergen “huellas” o “marcas indelebles” que se graban en la sensibilidad del lector como se pudiera grabar con hierro candente una ígnea moldura en la memoria de quien tiene la dicha de internarse por entre los mágicos laberintos de ese “bosque de la palabra encantada” que bien resulta esta novela de Marinoni.

Esta montaña rusa de la narrativa latinoamericana actual está dedicada a la única patria realmente existente para la autora y para muchos de sus ávidos y fieles lectores: los amigos. A propósito de los amigos, de las patrias y del lenguaje; Cioran decía que la única patria que verdaderamente valía la pena habitar era la lengua y la escritora hace honor de esta premisa fundamental e inhipotecable que debe regir los hábitos intelectuales de todo escritor.

Debo celebrar, con jubiloso entusiasmo, la certera elección de la bellísima portada que ilustra esta magnífica novela: un luciferino linóleo, S/t, del deltano universal Alirio Palacios. La portada de esta joya narrativa, de tan excepcional belleza, no merece la pena que se comente por temor a dejar por fuera uno de sus definitivos y fulminantes detalles que la convierten en una inobjetable Obra de Arte.

Marinoni se estrena como novelista ante el amplio universo de lectores en lengua castellana con la consistente madurez con que lo hizo, en su momento, nuestro Denzil Romero. Sólo Dios sabe cuánto tiempo tienen ciertos textos narrativos salidos de la fértil y sólida imaginación literaria de esta autora y que, por razones tal vez atribuibles a los vaivenes de la industria editorial, permanecen en su rescoldo escritural a la espera de su publicación. A juzgar por la calidad de su prosa narrativa, por el sereno reposo expositivo de su discurso narrativo, por las evidentes muestras de destrezas léxicas que exhibe la escritora a lo largo de este río de historias entretejidas que se destejen y se vuelven a tejer con inmejorable maestría ficcional, debo suponer que la autora de Vade Retro es una obsesiva de la corrección.

Un magistral fragmento de la lectura de El Quijote sirve a la narradora para dar inicio a una experiencia literaria única en su estilo. El lector agradece a la escritora que lo agarre por los testículos y no lo suelte sino al cabo de 14 delirantes capítulos con su insustituible epílogo. Creo que así como esta novela deben ser los libros que valen la pena ser comentados con los lectores de la buena literatura; te agarran por las bolas y no te sueltan hasta que se termina la última página de ese maravilloso “sueño despierto” que es su lectura.

Wolfrang Volguer, Martín Volguer, Irene de Volguer, las fértiles praderas de Dunhau sirven de pre-texto para inaugurar un ambiente signado por profundas resonancias psicológicas, ansias y deseos recónditos que mueven, cuales resortes nuevos, la displicente voluntad de unos personajes que se tornan evanescentes por expresa disposición de su creadora para reaparecer de nuevo metamorfoseados en idealizadas figuras con destinos rotos y aspiraciones truncas. Berlín, Perú, España, Caracas (Venezuela) pero sobre todo un espacio geográfico mental que bien puede ser nuestra natal aldea o nuestro nicho urbemático, son referentes que proporcionan al lector una geosemiótica ineludible que lo orienta y lo extravía con inusitado goce espiritual. Personajes irreverentes y parricidas como el alumno que osó decirle al profesor de filosofía que le agradaba más su olor a pino que a Heidegger nos reconcilian con el temperamento ácrata e iconoclasta que nos caracteriza como lectores. La autora de esta novela no sabe cuánta felicidad nos obsequia con su osadía y atrevimiento literario. Esta novela debería ser de obligada lectura en las Escuelas de Letras de nuestras aburridas universidades venezolanas, a ver si despierta del amodorrante bostezo acrítico en que se encuentran subsumidas las cátedras de literatura de ficción y de creación en general. Hay en esta novela de Marinoni una terrible requisitoria contra la institucionalización de la ignorancia y se postula en ella el imperativo categórico de leer como única forma de emancipación de los sentidos; casi se diría que la lectura es en esta propuesta estética de la escritora la última casamata del espíritu contra la canalización de lo real-dado-constituido. Podemos inteligir en sus páginas un exhorto a la especie humana a insurgir contra el “estupidizaos” que denunciaba Pascal. El preciso manejo de la sinonimia en muchos párrafos es un acicate, o mejor, un refuerzo de la idea-fuerza que quiere dejar la autora en la conciencia del lector.

Heráclito de Efeso está presente en estas iluminadoras páginas más que como una simple referencia didáctica, ciertamente sí como un insoslayable peldaño de la deriva humana hacia su definitiva hominización socio-antropológica por medio del arte; de la intuición del instante por la belleza. Es verdaderamente envidiable el uso de estos recursos retóricos de la escritora para armar su tinglado narrativo donde coexiste lo fascinante –por formidable- con lo profundo. Y no olvidemos que no suelen ir muy juntos ambos en la narrativa del nuevo milenio en este recodo de nuestro planeta ni en la lengua de Cervantes.

Rafael Rattia
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