Hacer los libros, cuesta. Almacenarlos, cuesta. Distribuirlos, cuesta


...la mayoría de quienes distribuyen suponen que su trabajo es mandar, mecánicamente, los libros a las librerías, sin ropaje ni reflexión algunos, en cantidades arbitrarias e infladas. Ante la pregunta, sobre cierto título del cual no tenemos ya existencias en la editorial, y del cual ellos disponen de un centenar, de cuántos de esos que tienen consignados se venderán responden, primero, con un espero que todos, para pasar, ante la insistencia, a un no lo sé y, después, al enojo ante la exigencia de alguna razón o algún plan y la explosión: eso nadie lo hace, y por nuestra respuesta, nosotros sí, y hemos mejorado mucho el desempeño de la editorial en todos sentidos, el ensayo de ofensa: pues a mí ningún pendejo me va a venir a enseñar... Y más allá de su cólera, resalta algo simple, no reflexionan sobre lo que hacen y, al no hacerlo, terminan por irse hundiendo más y más. Como un amigo editor quien me decía, muy seguro, no es rentable imprimir menos de 1000 ejemplares. ¿Y más sí lo es?, le preguntaba con una sonrisa... Hacer los libros, cuesta. Almacenarlos, cuesta. Distribuirlos, cuesta. Y si no se venden, pueden costar mucho, de salidas y entradas de almacén, de envíos y recolecciones, de limpieza y catalogación, de retractilado y etiquetado. Si no se vende un libro, cuesta el doble su logística, y si no se vende por varios años, cuesta varias veces esa logística. Lo rentable, pues, no es vender más de cierta cantidad de ejemplares, sino vender cierto porcentaje, digamos el 80%, de los que apostamos vender, da igual si son 100 000 ejemplares o 20o, pues si logro vender el 80% de 200 ejemplares, es decir, 160 y hago mis cuentas sobre la venta de esos 160 ejemplares y, entonces, intengo obtener ganancia de esos 160 ejemplares, la situación puede ser buena. Ahora es muy fácil hacer menos de 200 ejemplares, antes no, y de esa imposibilidad técnica proviene el mito del millar de ejemplares.


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