Bibliotecas y bibliomanías

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En la sátira La batalla de los libros, de Jonathan Swift, se escenificaba una lucha entre los libros viejos y los nuevos, pues su autor tomaba partido en la querella de antiguos y modernos, defendiendo la preeminencia de los clásicos. Pero la ocurrencia de Swift bien podría servir para dar cuenta del extraño mundo libresco. Los campos de maniobras siguen siendo las bibliotecas, pero en las facciones se cuentan lectores, bibliófilos y bibliómanos, categorías que no siempre coinciden y que pueden llegar a ser adversarias.Son muchos los libros que han abordado temas como las bibliotecas y las pasiones que despiertan los libros. Varios recientes vuelven a ellos: se complementan y se superponen, unos analizan en detalle lo que otros en forma panorámica. Muchos coinciden en que, entre las pasiones más constantes respecto de los libros, está no sólo la de coleccionarlos sino la de destruirlos.

"ManíasSi el bibliófilo no es necesariamente un lector -dedicado a coleccionar libros antiguos, raros o curiosos, eventualmente es alguien que prefiere la ostentación a la lectura-, el bibliómano puede estar cerca de la enfermedad. En su libro de 1844, La medicina de las pasiones, el doctor Descuret refiere el caso del notario Antoine Marie Henry Boulard (1754-1825), quien llegó a poseer entre 600 y 800 mil libros. En cierto momento se comprometió con su esposa a no comprar más y emplear su tiempo en leer y clasificar los que ya poseía. Pero a medida que cumplía su palabra, iba enfermando y volviéndose cada día más triste, hasta caer en lo que ahora se diría una depresión profunda que lo tumbó en cama. Su doctor y su mujer idearon instalar un mercado de libros bajo su ventana, al sonido de cuyos pregones se recuperó. Pero, al morir, sus hijos vendieron la colección, saturando el mercado anticuario. Aunque Holbrook Jackson escribió en su Anatomía de la bibliomanía (1930) que ésta era "una manía afable, menos dañina que la salud de los sanos", parece tener más razón John Carter cuando en su ABC for Book Collectors (1952) define al bibliómano como "un coleccionista de libros con un cariz levemente salvaje en la mirada"."

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