La biblioteca de Fuensanta.Adriana Villanueva

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Puedo leer tres o cuatro libros a la semana, lo que ya no encuentro es el sentido de conservarlos, para qué, para quién, por eso a menos que esté segura de que algún día regresaré a un libro en particular, y eso sólo pasa con mis autores favoritos ( Virginia Woolf, Stendal), cuando termino un libro o bien se lo regalo a un amigo que lo pueda disfrutar, o lo dono a un biblioteca, o lo vendo a una librería de ocasión.


De todas las extravagancias de Fuensanta, a mí, joven ratona de libros ya con una venerada biblioteca, la decisión de no conservar su historial de lectura me parecía la extravagancia reina. A mis tiernos veinticinco años me constaba que cualquier bibliófilo habría preferido perder un diente, o un dedo, antes que cualquiera de sus libros, inclusive los más decepcionantes.


Hoy, diecisiete años después de esa visita a la prima en Basilea, aunque sigo con la indisposición de desprenderme hasta del peor de mis libros, puedo entender a Fuensanta. Busco la historia de Apollinaire y ahí está, donde la dejé en mi última mudanza, en la sección biografías en la que ya no cabe una vida más, pero siguen entrando libros. La leí apenas la compré y recuerdo haberla disfrutado mucho, me gustaría regresar a ella, pero con tantos libros por leer, quién sabe si algún día lo haré. El hecho es que este libro maravilloso, hoy de páginas amarillentas, tenía diecisiete años sin ser abierto, y no sé si mis hijos, que hasta ahora no han mostrado gran afición a la lectura, algún día lo harán. Tiemblo al pensar que mis libros, tan queridos, tan manoseados, puedan sufrir el destino de la que debió ser la magnífica colección de libros del industrial Hans Neumann, cuyos herederos al no saber qué hacer con ella, se la vendieron al primer postor y terminó siendo rematada bajo el puente de la Fuerzas Armadas.

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