SUBRAYAR

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Leer con un lápiz en la mano, atento a esas frases que cristalizan un pensamiento o una emoción, se ha vuelto una costumbre imprescindible para el autor de esta crónica, que ve en esa acción privada, secreta, una manera de homenajear al autor y de recordar el trayecto que él mismo hizo a través del libro.


Una de las tantas anécdotas que circulan por mi familia es la de un tío mío que, cuando tenía tres o cuatro años, se encontró con un montón de pollitos recién nacidos. Estaba, al parecer, fascinado ante tan amarillo y cacareante espectáculo. Mi tío quería verlos más de cerca, no le bastaba verlo con los ojos. Sus padres, sabiendo que un pollito recién nacido en los puños de un chico podía degenerar en un espectáculo un tanto gore para no decir sanguinolento, trataron de persuadirlo que bastaba con mirarlo, que el placer de verlos moverse de ahí para allá era suficiente. Mi tío, frustrado, dejó claro que no le bastaba con mirarlos. Lo que él quería era "mirarlo con los dedos".

Siempre se me ha quedado grabada esa frase.

Mirar con los dedos.

Acceder a algo ajeno y participar de ello de una manera activa. De un tiempo a esta parte, capto que, con los libros, ya no me basta leerlos, necesito algo de interactividad. No puedo enfrentarme a un libro sin un lápiz de tinta (mi opción uno) o, en el peor de los casos, con un lápiz a mina. También he usado (más de lo que quisiera) esos marcadores de colores fluorescentes que, con el tiempo, dejan de ser tan brillantes y chillones y terminan siendo absorbidos por el papel. Subrayar con destacadores es ideal para toda lectura móvil: metro, tren, bus y avión o, incluso, cama (un destacador funciona mejor que un lápiz a la hora de subrayar cuando el libro está arriba de uno y, por lo tanto, la fuerza de la gravedad juega en tu contra).

Pero todo esto es externo. ¿Por qué prefiero no leer un libro prestado? Quizás por un trauma: me prestaron una biografía de Woody Allen y la devolví supurando tinta. ¿Pero por qué uno subraya? ¿Es subrayar lo mismo que destacar? Creo que no. Los destacadores fueron inventados para estudiar, para memorizar. Uno no desea estudiar o memorizar una novela. El subrayado en cuestión no tiene una razón en sí. Sobre todo si uno no es un crítico y luego de terminar la novela no necesita citar un par de frases para demostrar cuán mal o bien está el libro que te pidieron diseccionar.

Intuyo por qué subrayo. Quizás la razón más útil del asunto es la de acumular posibles epígrafes, pero creo que es mucho más que eso. Es algo más profundo y personal.
Subrayo porque necesito subrayar, porque no puedo enfrentarme a un libro sin un lapiz cerca. No subrayo la frase grandiosa o la perfecta (aunque por cierto he subrayado tanto el inicio como el final de El gran Gastsby) sino la frase que dijo lo que quería decir y no dije.

Subrayo para hacer el libro mío, para darle mi sello, para apropiarme de él. Gozo y me emociono y siento que la vida es mejor, o al menos, más calmada, cuando me enfrento a un autor que piensa como yo o siente como yo o, si bien es muy distinto a mí, somos capaces de estar de acuerdo en un par de cosas. Deduzco que subrayo aquellas frases que resumen, perfectamente, cosas que estoy pensado o he pensado. Subrayo como homenaje y celebración al autor del libro, pero también subrayo para recordar el trayecto que yo hice a través de él. Quizás ésa es una de las mayores diferencias con el cine: con un DVD, uno puede acceder a mil cosas, desde comentarios del director a escenas desechadas, pero no hay escena o diálogo que se puede subrayar.

A veces sueño con ser más ordenado y fichar todos mis subrayados. Algo imposible, por cierto. Aunque reconozco que, cada tanto, tipeo y coloco dentro de mi computador alguna frase por ahí. Hay mil maneras de juzgar un libro, pero ahora que esta manía se ha vuelto algo más que una compulsión, el tiempo juega en mi contra. Aún así: me gusta abrir mis libros y encontrarme con mis subrayados. Dicen que a distintas edades y en distintos momentos de tu vida uno lee un libro distinto. Quizás el que cambia es uno, no el libro. Pues lo mismo sucede con los subrayados. Uno subraya desde su propia herida, desde sus carencias y entusiasmos, desde el lugar donde, en ese momento, está parado. Hace poco leí una novela que me la devoré casi entera en un viaje, pero no subrayé una sola línea. ¿Me gustó? No lo sé. Sospecho que el hecho de que no la subrayé transforma al libro en un librillo. Me hizo avanzar, me hizo seguir, me atrapó, pero no pude
subrayar ni una línea.

Si no subrayas, no vale.

No todo el mundo está de acuerdo conmigo. Me he enfrentado a otros lectores que consideran que subrayar un libro equivale a un ataque vandálico, algo que roza el nivel de quemar una novela en la plaza pública. No estoy de acuerdo. Me gustan los libros leídos, carreteados, ajados, con manchas de palta o de sangre, llenos de subrayados. Cuando me toca firmar uno mío, lo primero que me fijo es si están subrayados. A veces encuentro algunos y siento que no todo ha sido tan inútil.

Siento que, con el tiempo, he logrado convencer a alguna gente de la importancia de subrayar, de lo absolutamente compulsivo que resulta leer un libro con un lápiz cerca (sea de grafito o no). Con aquellos con que he logrado eso, reconozco que siento que he esparcido el evangelio de los subrayados y que he logrado que exista un fiel más en el rebaño de los excéntricos. Yo, por lo general, trato de leer el libro en el idioma original. Sólo soy capaz de leer dos idiomas, inglés y castellano. Me he encontrado comprando libros que he subrayado mucho para ver como suenan esas frases en español y, quizás, para poder compartir esas mismas con otros que no leen inglés.

Subrayar es quizás la manera de hacer que ese viejo invento llamado libro se actualice y se vuelva interactivo. Eso es lo bueno. Donde el asunto se vuelve más complicado es que esta interactividad es sumamente particular. Queda una huella. Una huella en extremo particular y personal. Me ha tocado enfrentarme las dos experiencias y creo que es más bochornoso y develador leer un libro que fue subrayado por un amigo o una persona muy cercana a que alguien lea un libro que ha sido
subrayado por ti. Es impresionante lo que uno puede enterarse e intuir por los subrayados ajenos. Por lo general, soy de aquellos que intento no prestar libros, no por el tema de los subrayados, sino porque luego es muy difícil recuperarlos. Pero a veces sí los presto. Y capto que el receptor tiene que ser alguien de confianza. Mal que mal, el libro que estoy prestando no es ni de tal o cual autor. Ese libro que estoy prestando es, en el fondo, un libro mío. Cada subrayado de ese lenguaje ajeno no está develando otra cosa que algo muy personal y cercano.

Alberto Fuguet
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